¿Dónde están nuestros miedos? ¿Dónde se revela Dios?

  •    Agosto 11 de 2017
  •    Enrique Gutiérrez, S.J.

A la luz del Evangelio para este domingo 13 de agosto, Enrique Gutiérrez Tovar, S.J., nos invita a preguntarnos dónde queremos encontrar al Señor, es decir, dónde esperamos ver sus manifestaciones para que lo sintamos cercano a nosotros. Estamos llamados a hacernos sensibles a ese paso discreto y silencioso del Señor por nuestras vidas y a reconocerlo presente en los diversos acontecimientos de la vida.


Las lecturas de este domingo nos presentan elementos valiosos de reflexión para nuestra vida y, especialmente, para las circunstancias que estamos viviendo tanto a nivel mundial como nacional. Las preguntas que nos agobian pueden encontrar su respuesta en esta interiorización. Comienzo por la primera pregunta que parte de la experiencia de Pedro al caminar sobre las aguas, de acuerdo a la petición que le hizo al Señor. Comienza a caminar, confiado en el Señor, pero duda, la fuerza del viento lo atemoriza, siente que se va a hundir y dice “sálvame, Señor”. El reproche del Señor no se hace esperar “¿por qué has dudado, hombre de poca fe?”.

La escena anterior tiene que ver con los discípulos que van en la barca. El viento la sacude. Jesús camina sobre las aguas, ellos creen ver un fantasma, pero Jesús los tranquiliza diciéndoles “tranquilícense y no teman. Soy yo”. ¿Cuáles son los fantasmas que tenemos en nuestro interior? ¿Cómo nos asustan y nos impiden seguir adelante, nos frenan y nos acobardan? Debemos reconocer que todos llevamos fantasmas interiores, que hemos creado partiendo de nuestros miedos y temores. Tanto Pedro como los discípulos tienen miedos, temores, fantasmas interiores. Todo eso nos impide lograr lo que nos hemos propuesto, los ideales se nos convierten en algo inalcanzable. Consideramos que es demasiado para nosotros.

Surge entonces la segunda pregunta ¿dónde se revela Dios? Para eso, debemos acudir a la primera lectura. El profeta Elías ha recibido esta orden del Señor “quédate en el monte para ver al Señor, porque el Señor va a pasar”. Continúa el relato diciéndonos “vino un viento huracanado, pero no estaba el Señor. Se produjo un terremoto, pero allí no estaba el Señor. Luego vino un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego”. No son las cosas espectaculares, ni el poder, los medios por los cuales se manifiesta el Señor. Lo hace cuando “se escuchó el murmullo de una brisa suave”. De una manera apacible, humilde, silenciosa, se manifiesta el Señor al profeta Elías, por eso, “se cubrió el rostro con el manto y salió de la cueva”.

Vale la pena preguntarnos dónde queremos encontrar al Señor, dónde esperamos ver sus manifestaciones, cómo deseamos que se nos revele, para que sintamos a ese Dios cercano a nosotros, como dice el profeta Isaías, el Emmanuel –Dios con nosotros-. Escuchamos lo que sucede al final del relato evangélico “en cuanto subieron a la barca, el viento se calmó”. De ahí la confesión de los discípulos “verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”. Se conecta con el final de la primera lectura cuando Elías reconoce el paso del Señor en la suave brisa, por lo cual debe cubrirse el rostro.

Estamos llamados a hacernos sensibles a ese paso discreto y silencioso del Señor por nuestras vidas, a reconocerlo presente en los diversos acontecimientos de la vida, especialmente cuando sentimos que el piso se hunde bajo nuestros pies, como Pedro al caminar sobre las aguas, o como el profeta Elías que se esconde en una cueva por temor a la reina Jezabel después de lo sucedido en el Monte Carmelo. Muchas veces nos sentimos agobiados y angustiados, el desaliento se apodera de nuestro espíritu. Aprendamos a reconocer a ese Dios que se nos revela de una manera sencilla y humilde para que disipemos los miedos y acabemos los fantasmas que se apoderan de nosotros. Nos dice una vez más “soy yo”.