Revolución Femenina en la Iglesia

  •    Octubre 04 de 2017
  •    Gustavo Jiménez Cadena, S.J.

En su artículo de opinión, el P. Gustavo Jiménez Cadena, S.J. nos cuenta cuándo y cómo inició la revolución femenina en la Iglesia. Explica que las Vicentinas o Hijas de la Caridad -religiosas consagradas a Dios y metidas en el mundo hasta el fondo, sin miedo y en contacto con todas sus miserias físicas- están presentes en Pasto desde 1887 y realizan hoy “su extraordinaria labor apostólica en multitud de obras sociales, desde la Casa de la Divina Providencia y el Hospital San Pedro”.


La revolución se inició en Francia, hace 400 años. Sus inspiradores fueron un sacerdote, antiguo pastor de ovejas, llamado Vicente de Paúl y una viuda, de raíces nobiliarias, Luisa de Marillac.

“No podemos asegurar mejor nuestra felicidad que viviendo y muriendo en el servicio de los pobres”. Este lema los llevó a romper los estrechos moldes en que se había encerrado la vida consagrada femenina y abrir caminos increíbles de libertad a las mujeres que se sentían llamadas al servicio de Dios en el mundo de los pobres.

Para la mujer deseosa de consagrarse a Dios, la Iglesia ofrecía a principios del siglo XVII una sola forma institucional: el convento o monasterio en el que las religiosas se dedicaban al servicio de Dios en una vida de oración, estudio y trabajo. Una rígida clausura las defendía del mundo: no se permitía la entrada de gentes extrañas, mucho menos hombres; ni las monjas podían salir de las cuatro paredes del monasterio.

Luisa y Vicente soñaban con algo distinto: una falange de mujeres valientes, consagradas a Dios y metidas en el mundo hasta el fondo, sin miedo, en contacto con todas sus miserias físicas y su podredumbre moral.

De ahí nacieron las Vicentinas o Hijas de la Caridad. A las arriesgadas que formaron esa primera comunidad, Vicente de Paúl les decía: “A quienes pregunten si son religiosas díganles que no, por la gracia de Dios; y esto no porque ustedes no estimen a las religiosas sino porque si fueran religiosas tendrían que encerrarse y decir adiós a los pobres”. Y añadía: “Por monasterio ustedes tendrán las casas de los enfermos, por clausura las calles de la ciudad donde los pobres, por rejas el temor de Dios y por velo protector la santa modestia”.

Con estas consignas las Hijas de la Caridad, precedidas por su fundadora, se lanzaron a aliviar las miserias de la sociedad francesa destrozada por 70 años de guerras religiosas.

Se lanzaron a aliviar a los enfermos en los hospitales y fuera de ellos, a los ancianos abandonados, a los ladrones y criminales encerrados en las prisiones de París, a humanizar la vida de los mendigos que pululaban en las ciudades y pueblos, a evangelizar a los campesinos.

Inventaron novedosos programas de equipos de madres sustitutas que a sus pechos criaran a los niños expósitos y a los miles que habían dejado huérfanos las guerras. “A esa pobres creaturas –contaba Vicente de Paúl- se los vendía por ocho monedas a los mendigos, que les rompían los brazos y piernas para mover a la gente a compasión y así les dieran limosnas. Los dejaban morir de hambre”.

La nueva forma de vida consagrada activa de las Vicentinas, sin la protección de los muros y rejas del monasterio, constituyó una verdadera revolución en la Iglesia del siglo XVII. Vicente y Luisa roturaron el camino para abrir paso al nacimiento del inmenso número y variedad de institutos religiosos femeninos de vida activa que enriquecen hoy a la Iglesia y al mundo.

Las Vicentinas pasan de 25.000 en todo el mundo - la comunidad religiosa más numerosa de la Iglesia Católica. Están presentes en Pasto desde 1887, llamadas por el obispo jesuita Ignacio León Velasco. Realizan hoy su extraordinaria labor apostólica en multitud de obras sociales, desde la Casa de la Divina Providencia y el Hospital San Pedro.