Agolpados a la Puerta: abramos las puertas de nuestra existencia a Dios

  •    Octubre 06 de 2017
  •    José Raúl Arbeláez, S.J.

El P. José Raúl Arbeláez, S.J., párroco de la parroquia Sagrado Corazón, en Barrancabermeja, S.J., reflexiona en torno a las lecturas del domingo 8 de octubre del presente y nos dice que Dios - tal como lo experimenta Jesús- se da inevitablemente a cada hombre y mujer para que, entrando unos y otros en relación, se constituyan en una manifestación suya: de amor, de misericordia, de armonía, de bondad, de verdad. Nos invita para que «abramos las puertas de nuestra existencia a Dios, que seamos “su viña fértil”; que remueva la tierra que somos; y pueda plantar vides selectas, que den buenas uvas.»


Sin duda, es excepcional el modo que tiene Pablo de predicar el Evangelio. No pide a las comunidades que imiten a Cristo. En cambio pide que le imiten a él. No lo dicen otros; lo dice él de sí mismo. “Les ruego, pues, que sean mis imitadores” (1 Corintios 4,16). La segunda lectura insiste en dicha estrategia paulina: “Pongan por obra cuanto han aprendido y recibido de mí, todo lo que yo he dicho y me han visto hacer; y el Dios de la paz estará con ustedes” (Filipenses 4,9). Y lo repite algunas veces más a lo largo de sus cartas.

Pablo lo dice porque tiene la firme convicción de que es Cristo quien vive en él (Gálatas 2,20). Así, se presenta como un testigo osado de Jesús, que no tiene temor de parecer pretencioso ante aquellos que le escuchan. Podríamos decir, de acuerdo con la primera lectura, que también Pablo fue como un “viñedo plantado” por Dios; alguien a quien Dios le “removió la tierra, quitó las piedras y plantó en ella vides selectas”. Y esa viña, que fue Pablo, produjo buenas uvas.

Ateniéndonos, por una parte, a esta actitud de apertura que tuvo Pablo a la acción de Dios y, por otra, a la conclusión que se desprende de la parábola propuesta por Jesús, según la cual al pueblo de Israel les será quitado el Reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca frutos, comprendemos que existen dos posibles espacios “receptores” del Reino de Dios: los hombres y mujeres, en tanto que individuos, y los pueblos o comunidades.

El pasaje del Evangelio propone un contexto sumamente preciso. Tanto que algunos exegetas prefieren hablar de “alegoría”, en lugar de parábola, pues cada rasgo tiene una significación precisa: el propietario es Dios; la viña, el pueblo elegido, Israel; los siervos, los profetas; el Hijo, Jesús, muerto fuera de las murallas de Jerusalén; los viñadores homicidas, los judíos infieles; el otro pueblo al que se le confiará la viña, los gentiles y los judíos creyentes. El Evangelio, sin duda, hace referencia al pueblo de Israel como destinatario del Reino de Dios. Un destinatario que a los ojos de Jesús no parece digno.

Dado que la parábola hace referencia a un contexto tan preciso, ¿cómo podríamos extraer de ésta una enseñanza que toque nuestras realidades personales y comunitarias? Considero necesario dejar de lado el factor histórico y centrarnos en el hecho de que Dios - tal como lo experimenta Jesús- se da inevitablemente a cada hombre y mujer para que, entrando unos y otros en relación, se constituyan en una manifestación suya: de amor, de misericordia, de armonía, de bondad, de verdad.

Hay una dinámica lógica en la instauración del Reino de Dios: comienza en las personas (Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, Isaías, Jeremías, Juan el Bautista, María, Jesús, María Magdalena, Francisco de Asís, Ignacio de Loyola, Teresa de Calcuta, Jorge Bergoglio… tan sólo por mencionar unos pocos nombres representativos); y continúa en las comunidades, al ponerse en relación unos y otros.

El cristiano, entonces, requiere estar atento, vigilante: también a él le puede ser “quitado” el Reino de Dios y dársele a otro que produzca sus frutos. Aquí, cabe resaltar el criterio aportado por Jesús para reconocer si “tenemos” el Reino de Dios o no: los frutos que lo caracterizan. Misericordia, amor, paz, bondad. Podríamos hacer una lista más larga, pero es suficiente.

¿Tengo reino de Dios? A la pregunta le debe seguir una respuesta que se refiere al modo como trato a los que me rodean, los que hacen parte de mis actividades cotidianas, los que encuentro casualmente en mi camino. Y el trato tendrá que ser misericordioso, amoroso, apacible, benévolo para poder responder afirmativamente. Tal vez podrá alguien tener un “respeto profundo” por la Iglesia Católica, un “aprecio enorme” por el templo que frecuenta, o un “cariño inmenso” a los sacerdotes de su parroquia; tal vez podrá alguien sentirse un creyente católico porque “santifica” todas las fiestas y “oye” misa todos los domingos, pero nada de eso garantiza que no le quiten el Reino de Dios.

Pero el Reino de Dios también puede ser dado a una comunidad. Tú y yo, que conformamos una “comunidad” de esposos, ¿tenemos Reino de Dios? Y mi familia, ¿tiene Reino de Dios? La empresa de la que hago parte en tanto que propietario, directivo, empleado u obrero, ¿tiene Reino de Dios? Colombia, un país que cuenta con más de un 80% de población católica, ¿tiene Reino de Dios?

Lo inquietante de la parábola es saber que el Reino de Dios nos lo pueden quitar. No lo quita Dios, quien sigue apostando cada segundo por su Reino, en cada ser humano y en toda comunidad. Pero nos lo quita la ambición de poder, de dinero, de consumo, de placer, de fama, la pretensión de obtener todo lo que me propongo a toda costa pasando por encima de no importa quién.

No hace falta poner ejemplos. Porque no se trata de juzgar a otros sino de mirarnos a nosotros mismos. Tenemos naturalmente esta tendencia de mirar alrededor cuando se busca un culpable o cuando se requiere de alguien para realizar un trabajo esforzado. Así somos la gran mayoría. Sólo algunos tienen el coraje de comprender que la solución de los problemas de la pareja, de la familia, del país, de la sociedad, de la Iglesia comienza en la decisión personal de cambiar las actitudes propias, contraproducentes, por actitudes que generen una clara apertura a la misericordia, al amor, a la paz y la bondad. Actitudes que manifiesten nuestra decisión de abrir la puerta a un Reino de Dios que aspira instalarse en nosotros.

Un texto celebre ha estado rondando por las redes sociales desde hace algún tiempo. Habla de la corrupción de nuestros gobernantes y de los efectos sociales y culturales nefastos que generan a todo nivel. Al final se concluye que la culpa es del pueblo, que es materia prima de la sociedad. Pero el texto termina afirmando que el único culpable lo tiene cada uno al frente cuando se mira al espejo. No cabe duda.

Al Sagrado Corazón de Jesús lo sacaron de la Constitución Colombiana. Pero eso no es lo realmente grave. Lo grave es que, al parecer, a muchos colombianos nos han quitado el Reino de Dios. Y como van las cosas, lo realmente grave sería que lo poquito de Reino de Dios que todavía le queda a un país tan católico como Colombia, se lo quiten para dárselo a otro pueblo que produzca sus frutos.

Abramos las puertas de nuestra existencia a Dios, que seamos “su viña fértil”; que remueva la tierra que somos; y pueda plantar vides selectas, que den buenas uvas. Que podamos decirle a nuestros hermanos colombianos, lo mismo que decía Pablo: “Pongan por obra cuanto han aprendido y recibido de mí, todo lo que yo he dicho y me han visto hacer; y el Dios de la paz estará con ustedes”