Agolpados a la puerta: “Al encuentro de Jesús”

  •    Noviembre 10 de 2017
  •    José Raúl Arbeláez, S.J.

El P. José Raúl Arbeláez, S.J., reflexiona en torno a la lectura del domingo 12 de noviembre del presente año y señala que todo cristiano debe asumir consciente y responsablemente el hecho de que todo encuentro con otra persona es un encuentro con el esposo, con Jesús, con Dios. Dice que no sabemos lo que podría generar en nosotros un auténtico encuentro con Jesús que está presente en el otro. Y advierte que por eso mismo “debemos estar atentos porque cada encuentro encierra la posibilidad de vivir una auténtica conversión que nos lleve a celebrar con alegría desbordante el banquete de bodas entre nosotros y Jesús.”


Si me pidieran una definición de lo que es la espiritualidad cristiana, diría que es la experiencia real, concreta, objetiva de salir al encuentro de Jesús… en el otro. En realidad, al definirla de esta manera, no hago otra cosa que describir el Reino de Dios. Ahora bien, definir unívocamente el Reino de Dios no parece adecuado. Jesús mismo nunca se atrevió a definirlo. Nunca dijo: el Reino de Dios es esto, aquello o lo de más allá. No. Lo que estableció fue comparaciones, semejanzas: el Reino de Dios es semejante a un hombre que tomó una semilla de mostaza y la sembró en su campo…; el Reino de Dios es semejante a una mujer que puso una cierta cantidad de levadura en la masa…; el Reino de Dios es semejante a un Rey que preparó un banquete…; el Reino de Dios es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo…; el Reino de Dios es semejante a un tesoro escondido en un campo…; el Reino de Dios es semejante a un mercader que anda buscando perlas finas…; el Reino de Dios es semejante a una red que se echa en el mar y captura peces de todas clases…

En fin, son muchas y diversas las semejanzas que Jesús propone para describir el Reino de Dios. Por eso mismo, preferiría cambiar el modo como di inicio a esta reflexión y decir: el Reino de Dios es semejante a un hombre que salió a encontrarse con Jesús… y lo encontró en su prójimo. Creo que todavía puede decirse de otra manera: el Reino de Dios es semejante a un hombre que se encontró con otro… y en él encontró a Jesús.

Hago énfasis en el verbo “encontrar” porque, sin lugar a dudas, es el evento que destaca la parábola propuesta por la liturgia de este domingo, es decir, el encuentro de las jóvenes con el esposo (Mateo 25, 1-13). No sabría decir si Jesús, en la parábola, intentaba proponerse a sus oyentes como personificación del esposo y, por tanto, protagonista central en el relato. Probablemente no. Tal vez los protagonistas fundamentales de la parábola no sean ni el esposo ni las jóvenes. Más bien, me atrevo a decir, el protagonista es un intangible: el encuentro. Todo aquello que se suscita en torno a la aproximación física, mental y espiritual de dos o más personas y que da sentido a lo que denominamos “encuentro”. Es el ambiente, la atmosfera, el ámbito, el espacio, el campo de actividad que brota como resultado de la cercanía de dos o más seres humanos.

Frecuentemente, al tratar de interpretar la parábola de las jóvenes que salen al encuentro del esposo, se afirma que es una advertencia para aquellos que descuidan sus deberes religiosos, poniendo en peligro el encuentro definitivo que tendrán con Dios a la hora de la muerte. Pienso que no es ahí donde nosotros, cristianos, deberíamos encontrar la motivación fundamental. En realidad, si Dios es amor y misericordia, como abiertamente creemos y afirmamos los cristianos, a la hora de la muerte lo que puede esperarle a todo ser humano, sea cristiano o no, es entrar definitiva, íntima y radicalmente en una compenetración total con Aquel que es amor, que es misericordia. Y el modo como Dios, que es amor y misericordia, logre integrar en sí mismo a aquellos que fueron más o menos leales a su voluntad, sólo le corresponderá a Él establecerlo. En cualquier caso, la lógica del Evangelio indica que será un modo amoroso y misericordioso. Así las cosas, creo que al final todos aquellos que nosotros, con gusto, hemos destinado a lo profundo de los infiernos, serán también beneficiarios de ese amor infinito, de esa misericordia infinita que, decimos, caracteriza fundamentalmente a Dios.

Para nosotros, pues, la preocupación no debería ser la hora de la muerte. El “cómo” uno se encuentre delante de Dios a la hora de la muerte no debería preocuparnos; ya no queda nada por hacer, sólo confiar en Dios. En cambio, el “cómo” viviremos este día, este sólo día, que es un misterioso regalo, eso sí debería preocupar a los cristianos. Porque este día, justo este día -el que ahora mismo disfrutamos-, estará sin duda marcado por encuentros. Me estoy refiriendo a los encuentros interpersonales, ineludibles, que unos y otros llevamos a cabo en cada jornada de nuestras vidas. Porque cada encuentro con otra persona, en lo cotidiano de nuestras vidas -aunque difícilmente tomemos conciencia de ello- es un encuentro con el esposo, un encuentro con el misterio que, sin lugar a dudas, habita en cada persona. Sin duda, nos cuesta tenerlo presente siempre.

Tal vez a la pregunta qué es lo específico del cristianismo se pueda responder de diversas maneras; sin embargo, la respuesta más acertada es Jesucristo: su vida, muerte y resurrección constituyen lo específico del cristianismo. Pero luego, en un sentido más amplio, podemos hablar de los aspectos característicos de ese “especifico”. Uno de esos aspectos lo constituye el encuentro con el esposo. Me explico. Jesús ha percibido -con toda la fuerza y la claridad que puede aportarle su conciencia y su experiencia vital acerca del misterio de Dios-, que en cada hombre y mujer habita, del mismo modo que en él, la divinidad, Dios mismo. Un versículo del Evangelio de San Juan (13, 20) nos coloca claramente en esta perspectiva: “En verdad les digo, que el que recibe al que Yo envíe me recibe a Mí; y el que me recibe a Mí, recibe a Aquél que me envió.” Propongo una variación libre: “El que se encuentre con el que Yo he enviado, se ha encontrado conmigo”.

Por lo tanto, todo encuentro entre dos personas debería asumirse como un encuentro con el esposo, es decir, con Jesús, que habita resucitado en el otro. No quedarnos dormidos, no perder la conciencia de ello, no desestimar el valor de lo que acontece, no menospreciar la condición de aquel que encuentro, no quedarnos sin aceite para iluminar todo encuentro, es lo que –considero- nos invita a tener en cuenta la parábola. Para ponerlo de una forma retadora: todo cristiano debe asumir consciente y responsablemente el hecho de que todo encuentro con otra persona es un encuentro con el esposo, con Jesús, con Dios. Todo cristiano debería asumir con radicalidad que son esos momentos cotidianos de encuentro, a veces permanentes -como es el caso de la vida en pareja, de la vida familiar, de la vida laboral o comunitaria- a veces pasajeros o fortuitos -el encuentro con un mendigo, un habitante de calle, un taxista, un tendero- los que determinan una auténtica practica cristiana, y son los que cualifican el carácter salvífico de la misma.

Varias condiciones debe cumplir un encuentro auténtico. En primer lugar, requiere una superación efectiva del afán poseedor y dominador del “yo” pues, cuando se encuentra con “otro” está al frente de lo inaccesible, del misterio como tal. En segundo lugar, debe propiciar la reciprocidad pues se trata de dos libertades en ejercicio y cada una crea con su iniciativa el campo de posibilidad para la puesta en ejercicio de la otra. En tercer lugar, supone un claro nivel de intimidad, pues nos referimos al encuentro que tiene como sujeto a dos o más personas y que va más allá de las funciones o propiedades externas que las acompañan.

Ahora bien, es posible que todas estas condiciones se cumplan sin que descubramos que el otro es verdaderamente Jesús. Probablemente esto se logra solamente por gracia de Dios. San Alberto Hurtado, era ya sacerdote, sabía bien que en el otro se encuentra Jesús. Sin embargo, fue solamente en 1944 cuando vivió una verdadera experiencia de encuentro con Jesús, en el pobre. En una noche fría y lluviosa de octubre del año 1944, el Padre Hurtado es interceptado por un pobre que le solicita ayuda porque no tiene un lugar en donde dormir. Al verlo, desamparado y enfermo, sintió que ese pobre era el mismo Cristo desolado. El encuentro con ese pobre marcó al Padre Hurtado fuertemente. El Hogar de Cristo surgió a partir de la necesidad espiritual que se acrecienta en él, cuando ve el rostro de Cristo en un hombre abandonado.

No sabemos lo que podría generar en nosotros un auténtico encuentro con Jesús que está presente en el otro. Por eso mismo debemos estar atentos porque cada encuentro encierra la posibilidad de vivir una auténtica conversión que nos lleve a celebrar con alegría desbordante el banquete de bodas entre nosotros y Jesús.