Llegó la caravana de la muerte

  •    Noviembre 10 de 2017
  •    Gustavo Jiménez Cadena, S.J.

El P. Gustavo Jiménez Cadena, S.J., en su artículo de opinión, dice que la caravana de la muerte ha llegado al Pacífico nariñense y amenaza con extenderse a la cordillera. La tentación del pequeño campesino de buscar una salida económica a través del cultivo de la coca es cada vez más apremiante. Y hace un llamado al agricultor: “Si siembras coca puedes tener plena seguridad de que, además de unos millones pesos, cosecharás asesinatos y esclavitud”.


Es una solemne tontería tratar de buscarle una respuesta a la vieja pregunta de qué es primero: ¿el huevo o la gallina?

Así mismo, poca o ninguna utilidad tiene el esforzarse por averiguar quién es el primero en llegar a cultivar coca en los claros de la selva del occidente nariñense: ¿Van adelante los campesinos e indígenas que buscan un modo de sobrevivir, seguidos luego por los grandes capos narcotraficantes que con su chusma armada los defiende? ¿O son los primeros en llegar los prepotentes señores de las mafias que obligan a los pequeños cocaleros, bajo pena de muerte, a cultivar para su beneficio la yerba maldita?

Poco importa el precisar quién llega primero. Todos, tanto el gran traficante como el pequeño cultivador, hacen parte de la cadena criminal. El grado de responsabilidad podrá ser distinto, pero la conducta criminal mancha a todos.

El Papa Francisco, en Cartagena, habló de la droga como de un drama lacerante: “un mal que atenta directamente contra la dignidad de la persona humana y va rompiendo progresivamente la imagen que el Creador ha plasmado en nosotros”.

Consciente de los males que la droga produce en los consumidores, y de la ola de crímenes que desata entre los participantes de la cadena productiva, Francisco nos dijo: “Condeno con firmeza esta lacra que ha puesto fin a tantas vidas y que es mantenida y sostenida por hombres sin escrúpulos. No se puede jugar con la vida de nuestro hermano ni manipular su dignidad”.

El llamado del Papa afecta por igual al gobierno, a los adictos consumidores y a los pequeños y grandes traficantes: “Hago un llamado para que se busquen los modos para terminar con el narcotráfico, que lo único que hace es sembrar muerte por doquier truncando tantas esperanzas y destruyendo tantas familias”.

El jesuita, padre Francisco de Roux, pinta en su columna de El Tiempo, con rudos trazos, la tragedia humana del pequeño cultivador: “El drama es humano. El campesinado excluido, expropiado y expulsado del mercado formal, sin crédito, ni tierra, ni títulos, ni vías ni tecnología, se amarró a la coca para salvarse, y la guerra y la mafia lo clavaron. Hace lo moralmente malo. Veneno para enloquecer gente. Análogo a que prostituyeran sus hijas para sobrevivir. Y disparan la violencia contra ellos mismos y contra el país”.

La caravana de la muerte ha llegado al Pacífico nariñense y amenaza con extenderse a la cordillera. La ambición de los grandes capos no se detiene ante la necesidad de asesinar a un hermano.

La tentación del pequeño campesino de buscar una salida económica a través del cultivo de la coca es cada vez más apremiante. Vale la pena preguntarse honestamente sobre las consecuencias personales, familiares y sociales de la decisión de dedicarse al cultivo o procesamiento de la coca e insistir en la resiembra.

Amigo campesino: si siembras coca puedes tener plena seguridad de que, además de unos millones pesos, cosecharás asesinatos y esclavitud. ¡Sin falla: tarde o temprano!