Esclavos del celular

  •    Noviembre 10 de 2017
  •    José Leonardo Rincón, S.J.

En su artículo de opinión, el P. José Leonardo Rincón, S.J., señala que el celular es una tentación irresistible ante la que se sucumbe casi que inconscientemente. Indica que este aparato se volvió imprescindible en nuestro kit cotidiano y amenaza con convertirnos en sus esclavos más sumisos. Y dice que confiesa públicamente su pecado de haber caído en esta adicción moviloide y se va a proponer, "como nos invita San Ignacio en los Ejercicios Espirituales, a no confundir fines con medios, es decir, a colocar las cosas en el justo lugar que les corresponde, pues son medios y no fines en sí mismos.”


Según cifras recientes de las compañías que proveen el servicio de telefonía celular, en Colombia hay 55 millones de líneas, es decir, más de uno de estos aparatos por persona, un dato realmente sorprendente. No es exageración: todo el mundo tiene su móvil. Podrá no tener casa, ni carro, ni beca, podrá estar trabajando o desempleado, podrá ser niño o adulto mayor, pobre o rico, lo que sea, pero hay que tener celular. Este adminículo se volvió imprescindible en nuestro kit cotidiano y amenaza con convertirnos en sus esclavos más sumisos.

Doquier uno vaya se encuentra con alguien mirando su celular. No sé si es gracioso o dramático, pero nos hemos vuelto “movildependientes”. Un simpático video que circula en las redes, y que pude ver desde mi celular, cof, cof, cof, muestra el empleo del futuro: personas con camisetas amarillas que tienen palmas de manos pintadas como logo, auxilian para cruzar la calle, dar de comer, manejar un vehículo e incluso tener sexo con su esposa(¡!), mientras las personas atienden absortas su celular. Parece una exageración propia del realismo mágico macondiano, pero es la pura verdad.

Creo que ya hay estudios sobre la cantidad de tiempo que los funcionarios de oficinas, públicas y privadas, de todos los niveles y pelambres, perdemos por estar mirando el aparatico. No es poco y debería darnos vergüenza. Sumados los tiempos, arrojan horas enteras de trabajo-hombre que se pierden y esto debe afectar indudablemente nuestras economías. Por cierto, en estos días se publicaba un dato aterrador: una persona no pasa 5 minutos sin dejar de consultar las novedades que campanitas y timbres del WhatsApp?, Facebook o cualquier otra red van notificando,

En los medios de transporte, repito, por la calle, en el supermercado, en las reuniones y juntas, a diario y por todo lado, uno se encuentra alguien concentrado en su celular. Hasta el policía de la esquina se distrae del tener que vigilar por andar mirándolo. Es una tentación irresistible ante la que se sucumbe casi que inconscientemente. Ya he visto jocosos carteles que en algunos restaurantes prohíben su uso y lo hacen a ver si somos capaces de ponerle atención a la comida y las personas con las que compartimos. En colegios y universidades algunos han tomado medidas extremas de prohibición y otros han optado por justificar su uso e incorporararlo en las lides académicas. Conozco familias que han establecido acuerdos sobre su uso cuando están juntos para poderse hablar directamente y no por chat como alguna vez me tocó ver a dos hermanos que físicamente estaban frente a frente pero no se hablaban sino por el chat!

La cosa se vuelve preocupante y hasta estresante cuando se vuelve un gesto de mala educación pues, por andar mirándolo, no le ponemos atención al otro como persona. Pero ya es muy grave cuando ha ocasionado accidentes automovilísticos por estar usándolo y hasta la misma muerte del protagonista que por tomarse una selfie o estar filmándose han sufrido lamentables tragedias. O lo han matado por robárselo. Como serán las cosas que hasta el Papa se quejó esta semana en su audiencia semanal: “A mí me da pena cuando celebro Misa en la plaza o en la basílica y veo tantos móviles levantados. No sólo de los fieles, también de algunos sacerdotes y de obispos... Por favor... La Misa no es un espectáculo, es ir al encuentro de la Pasión y de la Resurrección del Señor”.

Tan esclavos somos que corremos a cargar la batería cuando los pitos anuncian que se está agotando y hay amenaza de quedarnos incomunicados. Realmente nos descomponemos si nos quedamos desconectados. Pero el día se vuelve insufrible si se nos olvidó en casa, nos lo robaron o temporalmente estamos sin él. Es una paradoja que no sé si contradicción: nos angustia estar incomunicados con el mundo y los que están lejos, pero no nos afecta para nada estar incomunicados con quienes tenemos al lado.

En la evolución de la especie, vimos cómo el primate se fue enderezando hasta llegar a ser el homo-erectus, pero la cadena mostrará gráficamente cómo se irá jorobando por andar reverentemente cabizbajo mirando o rindiéndole culto de adoración al costoso juguetico.

Confieso públicamente mi pecado de haber caído en esta adicción moviloide y me voy a proponer, como nos invita San Ignacio en los Ejercicios Espirituales, a no confundir fines con medios, es decir, a colocar las cosas en el justo lugar que les corresponde, pues son medios y no fines en sí mismos. Tanto cuanto he de usarlos y tanto cuanto he de dejarlos a un lado. Esa es la cuestión. Ahí está el reto. No se diga más!

Según cifras recientes de las compañías que proveen el servicio de telefonía celular, en Colombia hay 55 millones de líneas, es decir, más de uno de estos aparatos por persona, un dato realmente sorprendente. No es exageración: todo el mundo tiene su móvil. Podrá no tener casa, ni carro, ni beca, podrá estar trabajando o desempleado, podrá ser niño o adulto mayor, pobre o rico, lo que sea, pero hay que tener celular. Este adminículo se volvió imprescindible en nuestro kit cotidiano y amenaza con convertirnos en sus esclavos más sumisos.

Doquier uno vaya se encuentra con alguien mirando su celular. No sé si es gracioso o dramático, pero nos hemos vuelto “movildependientes”. Un simpático video que circula en las redes, y que pude ver desde mi celular, cof, cof, cof, muestra el empleo del futuro: personas con camisetas amarillas que tienen palmas de manos pintadas como logo, auxilian para cruzar la calle, dar de comer, manejar un vehículo e incluso tener sexo con su esposa (¡!), mientras las personas atienden absortas su celular. Parece una exageración propia del realismo mágico macondiano, pero es la pura verdad.

Creo que ya hay estudios sobre la cantidad de tiempo que los funcionarios de oficinas, públicas y privadas, de todos los niveles y pelambres, perdemos por estar mirando el aparatico. No es poco y debería darnos vergüenza. Sumados los tiempos, arrojan horas enteras de trabajo-hombre que se pierden y esto debe afectar indudablemente nuestras economías. Por cierto, en estos días se publicaba un dato aterrador: una persona no pasa 5 minutos sin dejar de consultar las novedades que campanitas y timbres del WhatsApp?, Facebook o cualquier otra red van notificando,

En los medios de transporte, repito, por la calle, en el supermercado, en las reuniones y juntas, a diario y por todo lado, uno se encuentra alguien concentrado en su celular. Hasta el policía de la esquina se distrae del tener que vigilar por andar mirándolo. Es una tentación irresistible ante la que se sucumbe casi que inconscientemente. Ya he visto jocosos carteles que en algunos restaurantes prohíben su uso y lo hacen a ver si somos capaces de ponerle atención a la comida y las personas con las que compartimos. En colegios y universidades algunos han tomado medidas extremas de prohibición y otros han optado por justificar su uso e incorporararlo en las lides académicas. Conozco familias que han establecido acuerdos sobre su uso cuando están juntos para poderse hablar directamente y no por chat como alguna vez me tocó ver a dos hermanos que físicamente estaban frente a frente pero no se hablaban sino por el chat!

La cosa se vuelve preocupante y hasta estresante cuando se vuelve un gesto de mala educación pues, por andar mirándolo, no le ponemos atención al otro como persona. Pero ya es muy grave cuando ha ocasionado accidentes automovilísticos por estar usándolo y hasta la misma muerte del protagonista que por tomarse una selfie o estar filmándose han sufrido lamentables tragedias. O lo han matado por robárselo. Como serán las cosas que hasta el Papa se quejó esta semana en su audiencia semanal: “A mí me da pena cuando celebro Misa en la plaza o en la basílica y veo tantos móviles levantados. No sólo de los fieles, también de algunos sacerdotes y de obispos... Por favor... La Misa no es un espectáculo, es ir al encuentro de la Pasión y de la Resurrección del Señor”.

Tan esclavos somos que corremos a cargar la batería cuando los pitos anuncian que se está agotando y hay amenaza de quedarnos incomunicados. Realmente nos descomponemos si nos quedamos desconectados. Pero el día se vuelve insufrible si se nos olvidó en casa, nos lo robaron o temporalmente estamos sin él. Es una paradoja que no sé si contradicción: nos angustia estar incomunicados con el mundo y los que están lejos, pero no nos afecta para nada estar incomunicados con quienes tenemos al lado.

En la evolución de la especie, vimos cómo el primate se fue enderezando hasta llegar a ser el homo-erectus, pero la cadena mostrará gráficamente cómo se irá jorobando por andar reverentemente cabizbajo mirando o rindiéndole culto de adoración al costoso juguetico.

Confieso públicamente mi pecado de haber caído en esta adicción moviloide y me voy a proponer, como nos invita San Ignacio en los Ejercicios Espirituales, a no confundir fines con medios, es decir, a colocar las cosas en el justo lugar que les corresponde, pues son medios y no fines en sí mismos. Tanto cuanto he de usarlos y tanto cuanto he de dejarlos a un lado. Esa es la cuestión. Ahí está el reto. No se diga más!