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Pistas para la Homilía

  •   Domingo Marzo 16 de 2014
  •   Pistas para la Homilía del Domingo
  •    Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.

Lecturas:

  • Génesis 12, 1-4
  • II Carta de san Pablo a Timoteo 1, 8b-10
  • Mateo 17, 1-9

En este II Domingo de Cuaresma, nuestra meditación se centrará en el texto del Génesis, que nos narra la vocación de Abraham. En su brevedad, este texto es de gran importancia porque muestra el camino de fe que emprendió un hombre, que vivía en un lugar desconocido del oriente, y que es el punto de partida de la auto-manifestación de Dios en la historia de un pueblo. Reconocemos a Abraham como nuestro padre en la fe, porque los cristianos somos herederos de esa misma tradición.

Nuestra meditación se desarrollará en dos momentos: en primer lugar, exploraremos la experiencia espiritual de este hombre excepcional; en segundo lugar, nos preguntaremos por el significado de este proceso interior para nosotros, que estamos en el tiempo litúrgico de la Cuaresma.

Por motivos que escapan a nuestra limitada comprensión humana, Dios puso sus ojos en este pastor nómada, y le hizo una invitación sorprendente: "Deja tu país, tu parentela y la casa de tu padre, para ir a la tierra que Yo te mostraré". En este breve texto, todo es atípico:

  • Empecemos por la elección. Dios, el absolutamente Otro y Trascendente, escoge a un ser humano concreto y establece con él una relación privilegiada.
  • Esta singular elección exige dos rupturas dolorosas: abandonar la tierra donde había nacido y dejar el clan familiar que había sido su referente social y afectivo. Estas rupturas, que hubieran producido muchos interrogantes en cualquier ser humano, debieron resonar con particular fuerza en Abraham, en razón de su avanzada edad. A medida que vamos avanzando en la vida, vamos echando raíces y se nos hace muy difícil modificar el esquema de vida.
  • El viejo Abraham es invitado a emprender un camino hacia una meta desconocida: "Ir a la tierra que Yo te mostraré". Se trata de una invitación totalmente abierta que carece de datos concretos, que le permitieran a Abraham medir los riesgos. No encontramos pistas sobre la posible duración del viaje ni sobre las dificultades que aparecerían.

Dentro de la lógica humana, tendríamos que reconocer que ninguno de nosotros respondería positivamente a una invitación absolutamente incierta. Antes de tomar una decisión, exploramos la relación costo – beneficio, nos protegemos con pólizas de seguros que nos cubren de todo riesgo, pedimos información sobre la ruta y hacemos las reservaciones de hospedaje.

El viejo Abraham aceptó la invitación sin poner condiciones. ¿Acaso fue un aventurero irresponsable que puso en peligro a su grupo familiar? La respuesta incondicional de Abraham sólo se puede comprender desde la fe; él confió absolutamente en Aquel que lo invitaba a emprender este viaje. Acogió con fe, esperanza y amor la promesa que le hizo: "Haré de ti un gran pueblo y te bendeciré".

El camino que emprende Abraham, confiado en la promesa de Dios, es el punto de partida de esa fascinante realidad que conocemos como historia de salvación o auto-manifestación de Dios en la historia del pueblo de Israel, que tiene como clímax la encarnación del Hijo eterno de Dios, que se hace hombre en las entrañas de una campesina judía.

Los herederos de esta tradición espiritual, que reconocemos a Abraham como nuestro origen o padre en la fe, ya no caminamos motivados por una promesa; somos peregrinos de una certeza; caminamos hacia la casa de nuestro Padre común, a quien hemos conocido gracias a Jesucristo.

Este riquísimo texto sobre el llamado que Dios hace Abraham, ¿qué resonancias particulares adquiere para nosotros en este tiempo litúrgico de Cuaresma, cuando nos preparamos para la celebración de los misterios pascuales?

Abraham, en compaña de su familia, abandonó las seguridades que le ofrecían la tierra de sus mayores y la red de relaciones dentro de su clan, para ir en pos de una promesa. Igualmente, el pueblo de Israel abandona la relativa seguridad alimentaria que tenía en Egipto, aunque tuviera serias limitaciones en cuanto a su libertad, y emprende, bajo el liderazgo de Moisés, una azarosa travesía por el desierto, para llegar a la tierra prometida. Este viaje, lleno de obstáculos, duró cuarenta años.

De manera semejante, durante este tiempo litúrgico, los fieles somos invitados a abandonar la comodidad de nuestras rutinas para llevar a cabo un proceso de purificación interior, que dura cuarenta días, para celebrar la Pascua del Señor.

El tiempo de Cuaresma es una renovación del camino de la fe, que empezamos recorrer a partir del bautismo. A medida que maduramos como creyentes, avanzamos en la participación en la vida sacramental de la Iglesia. Como Abraham en su viaje y el pueblo de Israel en su travesía por el desierto, nuestro camino de fe debe superar mil obstáculos: cansancio, desánimo, añoranza de las seguridades que nos ofrecen los bienes materiales, incertidumbres.

Los invito a vivir este tiempo de Cuaresma como un proceso de crecimiento interior. Revisemos las falsas seguridades con las que creemos estar protegidos. Sacudámonos de ellas. Aceptemos la invitación que nos hace el Señor para caminar hacia la Pascua. Como el viejo Abraham, nuestro padre en la fe, tengamos el coraje de confiar absolutamente en el Señor, que es el siempre-fiel, abandonemos el territorio de nuestros pequeños egoísmos para avanzar en el conocimiento de Jesucristo, a través de la escucha de su Palabra, la participación de los sacramentos de la Iglesia y el servicio a los hermanos.