Descargue la Homilía en formato .PDF

↓ Descargar

Aporte Ecológico a la Homilía del domingo

  •   Domingo Marzo 30 de 2014
  •   Aporte ecológico a la Homilía del Domingo
  •    Alejandro Londoño Posada, S.J.

La primera lectura nos presenta la vocación del rey David. Y esta figura nos hace pensar en una de las parábolas ecológicas más duras de la Biblia. Aparece en el libro II de Samuel. Y es la forma cómo el profeta Natán revela el pecado de David, quien al enamorarse de Betsabé, esposa del general Urías, trama y logra la muerte de este. Más tarde pretende tapar el crimen con un acto de falsa compasión, llevando a Betsabé, la pobre “viudita”, a palacio.

Entonces se presenta ante el rey David el profeta Natán y le narra con cierta picardía este hecho: “Había en una ciudad dos hombres, uno rico y otro pobre. El rico tenía muchas ovejas y vacas. El pobre sólo tenía una oveja que había comprado. La había criado, y ella había crecido con él y sus hijos, comía de su comida, bebía de su vaso y dormía junto a él; era como una hija para él. Un día llegó un huésped a la casa del rico, y éste no quiso utilizar sus ovejas ni sus vacas para servir al viajero, sino que robó al pobre la oveja y la preparó para el huésped” (2 Sam 12,1-4). Luego se pasea en silencio y al final le conmina al rey con estas palabras: ¡Ese hombre eres tú!

Pasemos a recordar tánto pecado ecológico como vemos por todas partes: bosques destruidos por amor al dinero dorado. Tantas aguas contaminadas por los venenos empleados para purificar el oro y a la vez perjudicar a las comunidades campesinas. Tanta falsificación de drogas y de productos naturales. Tanto destrozo del Medio Ambiente.

A todos nosotros y en especial a estos destructores de la naturaleza, nos dice san Pablo:
“Sepan discernir lo que agrada al Señor y no tomen parte en las obras estériles las tinieblas, al contrario, denúncielas” (Efesios 5, 10 y 11).

El Evangelio nos invita, por otr parte, a pedirle al Señor que nos devuelva la vista para saber discernir qué conviene a nuestro pueblo, a nuestras comunidades. Que lave nuestros ojos. Que no busquemos disculpas, para que no merezcamos el reproche que Jesús da a los fariseos: “Si fueran ciegos, no serían culpables. Pero como dicen que ven, su pecado no tiene remedio” (Juan 9,41).

Quizás forzando un poco el sentido de estas palabras del Papa Francisco, apliquémoslas no al espíritu guerrerista entre nosotros, sino al no destructivo: “Que todos puedan admirar cómo os cuidáis unos a otros, cómo os dais aliento mutuamente y cómo os acompañáis” (Evangelii Gaudium, n.99)