Biblia y Ecología

  •   Domingo Agosto 19 de 2012
  •   Aporte ecológico a la Homilía del Domingo
  •    Alejandro Londoño Posada, S.J.

N.B.: Como es obvio, nadie debe tomar al pie de la letra estas homilías. Primero pensará en las necesidades de sus destinatarios y luego aprovechará datos, ejemplos, citas o incluso la “dinámica interna” propuesta: de dónde partir, qué recorrido seguir y a dónde llegar.

Cuando visitamos un parque de la ciudad, es frecuente encontrar algunas personas o grupos trotando o haciendo ejercicio. A otras caminando despacio, observando la naturaleza: los lagos con sus patos y peces; los arboles con sus ramas, hojas y las flores.

¡Cómo quisiera uno que todos estos visitantes fueran capaces de gozar de la naturaleza! De seguro, todos ven la naturaleza - los invidentes gozan sintiéndola, palpándola -, pero que pocos la miran. Ven árboles, matas, flores. Pero es probable que pocos se acerquen a mirar, a detallar la belleza de una flor: los artísticos dibujos de sus pétalos, la originalidad de sus pistilos, la textura de sus hojas.

Quizás uno que otro del paso del mirar al admirar. Pocos dan el paso a alabar a Dios. Para estos entonces sí, la naturaleza se convierte en un sacramento de Dios Creador. Es un sacramento que está al alcance de todas la personas, así sean o no cristianas. El salmo de esta Eucaristía nos invita: “contemplen conmigo la grandeza del Señor”, que bien puede aplicarse a los que no sólo ven, sino que miran, admiran y alaban.
El mismo salmo continúa: “Contémplenlo y quedarán radiantes”. Es como adelantarse un poco y dar el paso al sacramento de los cristianos. Para nosotros ese Sacramento es Jesús.

Cuando uno pregunta a la gente cuál es el sacramento que más admiran, suelen responder que la eucaristía o el bautismo o el matrimonio. Personas que acaban de asistir a la Unción de Enfermos de un pariente cercano, eligen este. Alguien que se confirmó hace poco, la Confirmación. Pero es rara la persona que privilegia a Cristo como sacramento.

No somos conscientes que Cristo es el Sacramento del Padre.

Por eso es tan diciente el Evangelio de hoy. Releamos esta frase: “Todo el que escucha al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí. Esto no quiere decir que alguien hay visto al Padre fuera del que procede de Dios; sólo Él ha visto al Padre” (Jn 6,48).

En este Evangelio, en efecto, Jesús invita a reconocerlo no sólo como el hijo del carpintero, sino como el Hijo de Dios. Su humanidad es el elemento sensible por el cual la Divinidad que se nos da. Por eso es el Sacramento pleno, del cual se derivan los demás.

En este mismo Evangelio tenemos una invitación a participar del sacramento de la Eucaristía. El se nos da en un elemento, llamémoslo ecológico, el pan. Pero se nos da como el pan que baja del cielo y que no deja morir al que lo come: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo” (Jn 6, 50).

Nosotros como Elías debiéramos alimentarnos con el pan que le dio fuerzas para seguir por el camino hasta el monte de Dios.

Pero para que este sacramento no se nos quede en un simple rito, pasemos del partir el pan al compartir. La Eucaristía no termina con el “Podéis ir en paz”. La antigua fórmula latina de “Ite, missa est”, nos recordaba que la comunidad estaba enviada (missa). Y no podemos olvidar que estamos enviados a un mundo de hambre del Pan espiritual y de pan material.

Y finalmente pidámosle al Señor que en nuestro país no prime el oro sobre el pan. Esto ni más ni menos es lo que propone el plan de dejar el 31.91% del terreno del país para posibles trabajos de multinacionales en minería, superando casi el 33,86% del territorio ocupado por la ganadería y en mucho las hectáreas destinadas al sistema de parques naturales (11.06%) e inclusive al resto que se divide entre la producción agrícola, y las áreas de protección regional o local (2317%).

Este darle la prioridad al oro sobre el pan, a la larga sólo nos va a traer más hambre y más destrucción del medio ambiente. Pero el oro y las grandes ganancias se irán detrás de las multinacionales. No dejemos, pues, que el afán por el oro y el dinero sean en nuestras casas el preferir la cerveza y el licor al pan de los hijos. Y que, como dice Pablo a los Efesios, no causemos “tristeza al Espíritu santo, cuyo sello ha impreso Dios en ustedes, en espera de la liberación definitiva” (Ef, 4,30).