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Pistas para la Homilía

  •   Domingo Abril 06 de 2014
  •   Pistas para la Homilía del Domingo
  •    Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.

La resurrección de Lázaro: tesoros de humanidad y esperanza

Lecturas:

  • Profeta Ezequiel 37, 12-14
  • Carta de san Pablo a los Romanos 8, 8-11
  • Juan 11, 1-45

Hasta hace unos años, solo unos pocos privilegiados tenían el dinero para viajar a las grandes capitales del mundo y allí visitar sus museos y palacios. Hoy en día, internet nos permite viajar por el mundo sin tener que gastar un peso, hacer interminables filas y soportar los empujones de las hordas de turistas chinos... El mundo está a un click del ratón del computador.

El visitante presencial o el que lo hace a través de internet va recorriendo las diversas salas, y sus sentidos se sorprenden ante la riqueza y la variedad de los objetos exhibidos: cuadros, esculturas, relojes exóticos, muebles, porcelanas, joyas, etc. Los guías que acompañan a los visitantes presenciales y las ayudas que ofrece la tecnología nos invitan a detenernos en los objetos más valiosos.

Pues bien, cuando leemos sin prisa este relato de la resurrección de Lázaro, vivimos una experiencia semejante; a medida que avanzamos en el texto, descubrimos tesoros que nos sorprenden. Como lectores de este texto evangélico, no imitemos a los turistas atolondrados que pasan de largo por las salas de museos y palacios, sin disfrutar de sus tesoros. A medida que avanzamos en el texto, los invito a detenernos en algunos de ellos: el valor de la amistad, la capacidad de expresar los sentimientos, la sensibilidad de Jesús, el impacto que causan la enfermedad y la muerte, las solemnes palabras de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida”. Empecemos, pues, nuestro recorrido del texto del evangelista Juan.

Uno de los rasgos más conmovedores de este relato es la profunda amistad que existía entre Jesús y esta familia que vivía en Betania. El evangelista recuerda que María, uno de los miembros de la familia, “era la que una vez ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con sus cabellos”. Jesús había compartido con estos amigos muchos momentos de su vida, seguro de su fidelidad y comprensión; habían orado juntos, compartido la mesa, analizado los acontecimientos. Podemos imaginar la atención con que escuchaban las palabras del Maestro, las cuales seguían siendo motivo de conversación entre ellos después de que Él partía para sus correrías apostólicas.

Los buenos amigos son un tesoro que debemos cuidar. Esto significa que la amistad es en doble vía: dar y recibir, escuchar y expresarse. Con frecuencia, oímos las quejas amargas de personas que se sienten excluidas por sus familiares y conocidos; en la mayoría de los casos, las personas que se sienten aisladas son incapaces de reconocer que ellas mismas fueron las que cerraron las puertas y ventanas de la comunicación. Pretenden recoger frutos de afecto sin haber sembrado antes las semillas.

Otro rasgo impactante de este relato es la espontaneidad con que los personajes manifiestan sus sentimientos de afecto, tristeza, solidaridad. Esta lección de espontaneidad es particularmente importante en ciertos ambientes sociales en los que impera la hipocresía: sonrisas forzadas, besos de saludo que nada significan, expresiones de pésame vacías de emoción. La cultura machista, que es predominante en América Latina, prohíbe a los hombres que expresen sus sentimientos de ternura, tristeza, inseguridad. El macho latinoamericano solamente se quita la máscara de dureza cuando está borracho; sólo en esas lamentables condiciones puede llorar y dar rienda suelta a los sentimientos que tiene reprimidos. En este relato evangélico, Jesús llora en público ante la tumba de su amigo entrañable. Perdamos el miedo a expresar nuestros sentimientos. El mundo sería más amable si los padres acariciaran y besaran más a sus hijos.

La enfermedad de Lázaro y su posterior muerte sacudieron a sus familiares y amigos. Nos dice el texto que muchos de ellos, que vivían en Jerusalén, se trasladaron a Betania con el fin de acompañar a la familia. La solidez de las amistades se pone a prueba en los momentos de crisis: un descalabro económico, una larga enfermedad, un escándalo, la muerte... En esos momentos aparecen los amigos de verdad; los que sólo tenían relaciones por interés desaparecen.

Aunque todos sabemos que la enfermedad y la muerte son constitutivos de nuestra condición humana, su presencia siempre nos sorprende. Aunque creemos que estamos preparados, siempre nos sentimos golpeados por esta realidad. Esto nos ayuda a comprender el alcance del comentario de las hermanas de Lázaro: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto”. Es una manera delicada de decirle: ¿por qué te demoraste tanto en venir? Es muy interesante observar cómo cada uno de los familiares y amigos tiene su manera particular de expresar su duelo, la cual debe ser respetada sin recriminaciones: unos guardan silencio, otros no paran de hablar, otros lloran, hay quienes manifiestan sentimientos de culpa, etc.

El momento más intenso de este encuentro es la solemne declaración del Señor: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”. Para los creyentes, estas palabras del Señor son profundamente iluminadoras porque cambian radicalmente la interpretación de la muerte, que ya no es vista como punto final de la existencia, sino como un tránsito hacia una realidad superior. En ese momento solemne, ante la tumba de su amigo, Jesús les anuncia que Él triunfará definitivamente sobre la muerte, y que su triunfo también será el nuestro.

Durante este tiempo de Cuaresma, los textos de la liturgia nos han ido preparando para las celebraciones pascuales. Se acerca la Semana Santa. Este relato de la resurrección de Lázaro nos descubre grandes tesoros de humanidad, de amistad y de esperanza. Dispongamos, pues, nuestro interior para vivir intensamente la conmemoración de la pasión, muerte y resurrección del Señor.