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Aporte Ecológico a la Homilía del domingo

  •   Domingo Abril 13 de 2014
  •   Aporte ecológico a la Homilía del Domingo
  •    Alejandro Londoño Posada, S.J.

Isaías en un capítulo posterior al de este domingo nos hablaba de una gran alegría: “Miren, ya llega su Dios a hacer justicia, viene a dar a cada uno su merecido; viene en persona y les da la salvación. Entonces los ciegos recobrarán la vista, los oídos del sordo se abrirán, los cojos tendrán agilidad de venados, los mudos cantarán. Rescatados por el Señor, volverán del desierto” (Isaías, 35, 5-6 y 10).

Es una alegría muy diferente a la que nos ha estado proponiendo la sociedad de consumo. Esta es una falsa alegría que causa cansancio, semejante a la que critica el Papa Francisco: “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales” (La Alegría del Evangelio, n.2).

Isaías en la primera lectura de hoy domingo de Ramos nos confiesa con sencillez: “El Señor me ha dado labios persuasivos para saber decir una palabra de aliento a los cansados” (Is. 50, 40).

Pablo en la segunda lectura nos invita a que “toda boca reconozca, para gloria de Dios Padre, que Jesucristo es el Señor” (Filipenses, 2,11). Esta propuesta parece muy fácil. Pero si nos fijamos en el sentido de este domingo de Ramos, no es tan sencillo.

El evangelio de la bendición de Ramos nos presenta a Jesús entrando a Jerusalén en un burrito para presentarse como un Mesías enemigo de los lujos y gastos superfluos. Era un rechazo a la iglesia de su tiempo y de todos los tiempos cuando cae en estas trampas y no vive aquello que el Papa Francisco propone más de una vez:

“La Iglesia está llamada ser siempre la casa abierta del Padre”... y al final del mismo número de la exhortación: “Pero la Iglesia no ha de ser una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas” (La Alegría del Evangelio, n. 47).

El evangelio propiamente de la Misa del día nos recuerda, como en síntesis, toda la condenación de Jesús a la muerte en cruz. El muere por todos nuestros pecados, incluyendo la multitud de aquellos que por ser contra nuestra oikos, casa común es contra todos los hijos de Dios, que en último término somos los que sufrimos como víctimas de ese gran egoísmo.