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Aporte Ecológico a la Homilía del domingo

  •   Domingo Abril 20 de 2014
  •   Aporte ecológico a la Homilía del Domingo
  •    Alejandro Londoño Posada, S.J.

Es un domingo propicio para pensar cómo Jesús nos invita también a nosotros a ser vencedores de la muerte. Esta muerte la podemos considerar desde varios puntos de vista.

La primera lectura tomada de los Hechos de los Apóstoles nos invita a pensar en la muerte causada por el pecado. Pedro en su discurso en la casa del centurión Cornelio, después de narrar cómo Jesús fue ungido por el Espíritu y de realizar su misión con los pobres, los enfermos y los pecadores, ha sido constituido juez de vivos y muertos. Y concluye con esta frase: “Todos los profetas dan testimonio de Él, declarando que todo el que cree en Él e invoca su nombre, recibe el perdón de los pecados” (Hechos 10,43).

No estaría por demás recordar los pecados personales, que hemos confesado en la Cuaresma y los pecados sociales que se han venido denunciando por casi todos los medios de publicidad en estos días. De un modo especial, la sequía y muerte de tantos animalitos en la región del Casanare por causa de la explotación del petróleo y de la ganadería extensiva. Y por supuesto del peligro en que se han colocado a tantas veredas campesinas de Paz de Ariporo, en especial.

La segunda lectura habla del pecado de quienes sólo buscan los bienes de aquí abajo (Colosenses, 3,1) y nos invita a buscar los de allá arriba. En el fondo, se están condenando a quienes valoran más el oro y el dinero que la vida humana y han condenado a la muerte a tantas poblaciones que, por este afán extractivista, la están sufriendo. Estas personas se han olvidado del cuidado de los valiosos ecosistemas de nuestro país y de las mismas comunidades indígenas o campesinas.

La tercera lectura está hablando del pecado de la incredulidad y de quienes no aceptan de corazón la salvación que nos trae Jesús. Muy bella la descripción del afán de María Magdalena de ir temprano al sepulcro pudro, lo mismo la de Pedro y Juan. Pero la más bella es la actitud de Juan, que entró “al sepulcro, vio y creyó” (Juan 20, 8).

Sólo él y María Santísima no necesitaron prueba de la resurrección como sí los demás discípulos y en especial Tomás. La madre y el discípulo amado, habían permanecido de pie junto a la cruz y su fe continuó viva en la resurrección de Jesús todo el tiempo.