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Pistas para la Homilía

  •   Domingo Abril 20 de 2014
  •   Pistas para la Homilía del Domingo
  •    Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.

La Pascua como testimonio de vida y esperanza

Lecturas:

  • Hechos de los Apóstoles 10, 34. 37-43
  • Carta de san Pablo a los Colosenses 3, 1-4
  • Juan 20, 1-9

Durante la Semana Santa acompañamos al Señor en la última etapa de su vida terrena. Entramos con Él en la ciudad santa de Jerusalén y, junto con la gente sencilla, lo reconocimos como el Mesías prometido. El Jueves Santo escuchamos sus lecciones de humildad y servicio, y compartimos el Pan de Vida. Y, a partir de la oración en el Huerto de los Olivos, estuvimos junto a Él, cuando se desató el odio de sus enemigos, a quienes había denunciado por sus delitos e injusticias. Lo vimos pasar por la Vía Dolorosa hasta que entregó su vida en la cruz. Para la inteligencia humana es incomprensible que el Hijo eterno de Dios se haya despojado de su divinidad y se haya sometido a estos extremos de dolor. No hay explicación racional; sólo nos queda agradecer el amor infinito de Dios que entregó a su Hijo por nuestra salvación.

Si esta tragedia hubiera terminado con la piedra que cerró el sepulcro, la pasión y muerte de Jesús habrían desaparecido de la memoria de los hombres. Pero lo que parecía el fracaso de una noble causa, tuvo un inesperado nuevo capítulo: el Padre resucitó a Jesús de entre los muertos. Por eso su resurrección da una luz nueva a lo que Jesús había dicho y hecho durante su existencia histórica. El triunfo de Jesús es nuestro triunfo; dos mil años después, participamos de su muerte y resurrección mediante las aguas del bautismo.

Las lecturas del Domingo de Resurrección nos presentan diversos momentos relacionados con la experiencia de la resurrección, que abre un nuevo capítulo en la historia de la salvación. Los invito a meditar estos textos del Nuevo Testamento, que recogen las vivencias y catequesis de la comunidad apostólica.

Empecemos por el relato del libro de los Hechos de los Apóstoles, que nos sintetiza una catequesis del apóstol Pedro. ¿Cuál es el valor especial de este relato? Es un elocuente resumen de lo que comunicaban los discípulos del Señor sobre su Persona, mensaje y actividad apostólica; y, lo más importante, Pedro manifiesta que él y sus compañeros han sido testigos presenciales de todos estos hechos que narran; más aún, comieron y bebieron con el resucitado. La acción evangelizadora de la Iglesia está anclada en el testimonio de la resurrección que nos transmite la primera comunidad de seguidores del Señor. La experiencia del Señor resucitado no sólo transformó las vidas de los seguidores del Maestro sino que es el referente del anuncio que sigue proclamando la Iglesia a lo largo de los siglos.

En su Carta a los Colosenses, el apóstol Pablo recuerda a los miembros de esta comunidad el significado del bautismo, mediante el cual participan de la muerte y resurrección del Señor. Esta transformación del ser del creyente debe tener hondas implicaciones en el juzgar y en actuar del cristiano: “Puesto que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes de arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios. Pongan todo el corazón en los bienes del cielo, no en los de la tierra, porque han muerto y su vida está escondida en Cristo”.

Por el bautismo somos diferentes ya que nos hace partícipes de la vida nueva del Señor resucitado. Esta transformación de nuestro ser exige un cambio radical en la escala de valores. Después de acceder al bautismo y de participar en la vida sacramental de la Iglesia, no podemos continuar como si nada hubiera sucedido.

Los invito ahora a explorar el relato del evangelista Juan sobre los acontecimientos del amanecer de ese domingo. Los protagonistas son tres: Maria Magdalena, y los apóstoles Pedro y Juan. El relato nos permite conocer lo que vivieron cuando descubrieron la realidad de la tumba vacía. Los tres personajes pasan del desconcierto al asombro y, finalmente, a la comprensión de los acontecimientos a la luz de la fe. Esta experiencia les cambió radicalmente la lectura puramente humana que ellos habían hecho de los dolorosos acontecimientos del Jueves y del Viernes Santo; dice el texto: “Hasta entonces no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos”.

Dada la íntima conexión que existe entre la celebración de los misterios pascuales y el sacramento del bautismo, en este día la liturgia nos invita a renovar nuestras promesas bautismales, profundizando en el significado de la transformación que éste produce en nuestro ser, juzgar y actuar.

Todas las actividades de la Iglesia Apostólica eran expresión de la alegría del Señor resucitado. Al celebrar este Domingo de Resurrección debemos preguntarnos qué significa para nosotros ser testigos de la Resurrección del Señor en el contexto particular de nuestro país. Proclamar que el Señor ha resucitado y está vivo en medio de su Iglesia es anunciar, mediante acciones concretas, el triunfo de la vida sobre la muerte, de la esperanza sobre el pesimismo que paraliza, de la solidaridad sobre el individualismo, de la inclusión sobre la discriminación. Viviremos una auténtica fiesta pascual en la medida en que, con nuestro comportamiento, contribuyamos a la transformación de las relaciones sociales que, en muchos casos, llevan la impronta del dolor y de la muerte.