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Pistas para la Homilía

  •   Domingo Mayo 11 de 2014
  •   Pistas para la Homilía del Domingo
  •    Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.

Oremos al Buen Pastor por las vocaciones sacerdotales

Lecturas:

  • Hechos de los Apóstoles 2, 14a. 36-41
  • I Carta de san Pedro 2, 20b-25
  • Juan 10, 1-10

La figura del Buen Pastor inspira la liturgia de este domingo. Por eso la Iglesia nos invita a orar por las vocaciones sacerdotales. Acogiendo este llamado, profundicemos en este asunto, que reviste la mayor importancia para la acción evangelizadora de la Iglesia. Reflexionar sobre las vocaciones pone sobre la mesa temas sensibles como el número decreciente de vocaciones, la formación que necesitan para anunciar el Evangelio en un mundo secularizado y la manera como ejercen su ministerio.

Recordando la parábola del sembrador, podemos decir que la semilla de la vocación cae en terrenos muy diversos; esto significa que la vocación necesita condiciones favorables para desarrollarse. Si estas condiciones no se dan, lo que pudo ser un ideal de juventud, termina ahogándose en medio de otros intereses y preocupaciones.

El contexto familiar juega un papel determinante. Un hogar estable, en el que los valores cristianos son el centro y la práctica religiosa está integrada dentro de la agenda familiar, es terreno fecundo para que la semilla de la vocación sacerdotal madure y dé fruto. Tenemos que reconocer que la aguda crisis que afecta a muchas familias ha tenido efectos devastadores para las vocaciones. Los sufrimientos de los niños y jóvenes por los conflictos de sus padres producen heridas afectivas muy hondas, que muchas veces nunca cicatrizarán completamente. En estas condiciones afectivas negativas, es muy difícil un sereno discernimiento vocacional. Sin embargo, el Espíritu Santo sigue suscitando vocaciones sacerdotales, aunque el contexto familiar y cultural sea adverso.

¿Qué hacer cuando un joven manifiesta interés por el sacerdocio? Antes de tomar una decisión, es necesario realizar un cuidadoso proceso de acompañamiento espiritual para evaluar la solidez y autenticidad de este llamado. Es posible que, detrás de una aparente vocación, se oculten motivaciones poco transparentes, como sería identificar la vida sacerdotal como una oportunidad para superar situaciones de pobreza o exclusión; otros podrán ver el sacerdocio como un refugio para una sexualidad que no se ha asumido con madurez.

Los promotores vocacionales no se deben ilusionar fácilmente ante el interés manifestado por los jóvenes. Hay que hacer visitas domiciliarias para conocer el entorno afectivo y social que ha rodeado a ese joven. A través del diálogo, el promotor vocacional debe sacar a la luz las aspiraciones del candidato, su red de amigos, sus experiencias afectivas y sexuales, la madurez de su fe. En estos procesos es conveniente contar con el apoyo de experimentados sicólogos.

Una vez que se ha constatado la transparencia de esta vocación, empieza el proceso de formación. Es una grave responsabilidad de los Obispos y Superiores religiosos garantizar la sólida formación espiritual, humana y teológica de los futuros sacerdotes. Por eso preocupa la proliferación de pequeños seminarios y casas de formación que no cuentan con el equipo adecuado de profesores y formadores ni ofrecen una buena biblioteca. Un sacerdote mal preparado causa mucho daño al pueblo de Dios.

En general, los jóvenes tienen una débil formación religiosa, que es producto de las carencias de sus hogares y colegios. Por eso, durante los años de formación hay que consolidar esa fe mediante la oración, la liturgia y los estudios de filosofía y teología. La Iglesia ha establecido, con mucha claridad, cómo debe ser el proceso de formación de los candidatos al sacerdocio. Los Superiores deben velar para que ese plan de formación se ejecute dentro de los más altos estándares de calidad. Anunciar el Evangelio al mundo de hoy exige cualificados apóstoles capaces de dialogar con las diversas y contrastantes culturas que coexisten en la sociedad.

En esta fiesta del Buen Pastor, damos gracias a Dios por el Papa Francisco, quien es un inspirador modelo para los obispos y sacerdotes. En impactantes intervenciones, ha pedido que los pastores vivan en estrecho contacto con sus comunidades, compartiendo sus luchas y esperanzas. Y han sido contundentes sus mensajes sobre la sencillez de vida que debe caracterizar a los ministros de la Iglesia. Sus palabras han tenido hondas resonancias en todos los ambientes.

En esta fiesta del Buen Pastor, pidamos a Dios que suscite numerosas y excelentes vocaciones en las jóvenes de hoy; que sus motivaciones sean auténticas y que no busquen la vida sacerdotal para encubrir otros intereses y situaciones.

Es importante recordar que las interacciones de los sacerdotes con sus comunidades deben ser en doble vía (y no en un solo sentido). Las familias y comunidades esperan del sacerdote acompañamiento, consejo, atención sacramental. Igualmente, el sacerdote pide a las familias y comunidades que lo valoren, lo tengan en cuenta y lo inviten a compartir los diversos momentos de la vida familiar. Todos los seres humanos esperamos amar y ser amados; quien escucha y acoge también necesita ser escuchado y acogido. Que el Buen Pastor bendiga a la Iglesia universal, dé salud y fortaleza al Papa Francisco, a los obispos y sacerdotes. Y suscite numerosas y excelentes vocaciones.