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Pistas para la Homilía

  •   Domingo Mayo 25 de 2014
  •   Pistas para la Homilía del Domingo
  •    Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.

No estamos solos: Dios habita en nosotros

Lecturas:

  • HechosdelosAp?óstoles 8, 5-8. 14-17
  • I Carta de san Pedro 3, 15-18
  • Juan 14, 15-21

La Iglesia se prepara para la gran fiesta de Pentecostés. El Espíritu Santo comunica sus dones a los seguidores del Resucitado y así comienza un nuevo capítulo en la historia de la salvación, que es el tiempo de la Iglesia. Las lecturas de este domingo nos preparan espiritualmente para este acontecimiento.

La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra al apóstol Felipe que predica en la ciudad de Samaría. Este relato nos ofrece unas pistas muy interesantes para la acción evangelizadora de la Iglesia. Destaquemos algunos aspectos del relato.

En primer lugar, es inspiradora la manera como se describe el anuncio que hace Felipe. El texto lo resume en muy pocas palabras: “Predicaba allí a Cristo”. Los pasajes de los Hechos de los Apóstoles que hemos leído durante este tiempo de Pascua nos dan a conocer que el núcleo de la predicación de los Apóstoles es la Persona de Jesús: sus enseñanzas, milagros, su muerte y resurrección. Es el mismo anuncio que debe seguir proclamando la Iglesia a las diversas culturas. Los agentes pastorales no debemos distraernos de lo fundamental; con frecuencia utilizamos los espacios dedicados a la Palabra de Dios para exponer otro tipo de palabras humanas como son las disquisiciones filosóficas o los debates políticos. Para ese tipo de discursos existen otros espacios.

El apóstol Felipe confirmaba la veracidad de lo que anunciaba mediante las acciones que realizaba: “La multitud escuchaba con atención lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los milagros que hacía y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos, lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados quedaban curados”. Dejando a un lado a Flipe, pensemos en la Iglesia de hoy: la credibilidad de su mensaje dependerá del testimonio de vida que demos los anunciadores del evangelio; la honestidad de vida y el servicio a los hermanos serán el sello de garantía de lo que decimos.

La crónica de los Hechos de los Apóstoles nos cuenta que la comunidad de Samaría había recibido la Palabra de Dios y sus miembros habían sido bautizados. Más tarde, Pedro y Juan visitaron esta comunidad y les impusieron las manos a sus miembros. En el lenguaje sacramental, podemos decir que los que acogieron la llamada pidieron ser bautizados y luego fueron confirmados.

Tengamos presente que la comunidad de la que nos habla el libro de los Hechos de los Apóstoles estaba constituida fundamentalmente por adultos, quienes decidían libremente acercarse a las aguas bautismales y se preparaban para recibir el don del Espíritu Santo. En nuestros tiempos, el bautismo de los niños es la regla general, y el bautismo de los adultos es la excepción. De ahí la importancia que reviste la preparación adecuada de los padres y padrinos de los niños que van a ser bautizados, de manera que comprendan el alcance de los compromisos que asumen como educadores en la fe.

Lamentablemente, muchas veces esos cursos se reducen a un simple formalismo y no se logra el objetivo. Como usualmente recibimos el bautismo siendo niños, el sacramento de la Confirmación, precedido de una adecuada preparación, es la oportunidad para que esos adolescentes o jóvenes asuman personalmente los compromisos de fe, que en su nombre hicieron sus padres y padrinos.

Las palabras padrino y madrina tenían un hondo sentido pues eran corresponsables, junto a los padres, de acompañar a esos niños en su proceso de maduración. Eran como unas padres supletorios, listos para apoyar a su ahijado cuando éste los necesitara. Lamentablemente, estas dos palabras han adquirido otras significaciones. La palabra padrino se ha hecho célebre en el mundo de la mafia, y describe a siniestros personajes que tejen a su alrededor una red de fidelidades que se alimenta del delito. La palabra madrina describe el papel que agraciadas damas desempeñan junto a equipos deportivos y sirven para adornar ceremonias y eventos. Antes ser reconocidos como padrinos y madrinas era sinónimo de respetabilidad; hoy estas palabras tienen otras resonancias.

Como nos hemos extendido en las implicaciones pastorales que nos sugiere el texto de los Hechos de los Apóstoles, apenas tendremos tiempo de decir una palabra sobre el rico texto del evangelista Juan. El pasaje que acabamos de escuchar forma parte de un relato mucho más amplio, de honda significación trinitaria. Recordemos que el domingo pasado leíamos afirmaciones muy profundas del Señor: "Nadie va al Padre si no es por mí. Si ustedes me conocen a mí, conocen también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto”. Y en el relato que acabamos de escuchar, Jesús dice: “Yo rogaré al Padre y Él les enviará otro Consolador que esté siempre con ustedes, el Espíritu de verdad”. En Jesucristo llega a su plenitud la manifestación del misterio de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Jesús anuncia que tendrá un nuevo tipo de presencia en medio de la comunidad: “Dentro de poco, el mundo no me verá más, pero ustedes sí me verán, porque yo permanezco vivo y ustedes también vivirán. Aquel día entenderán que yo estoy en mi Padre, ustedes en mí y yo en ustedes”.

En una semana celebraremos la Ascensión, y en dos semanas será la gran fiesta de Pentecostés. Las palabras de Jesús nos llenan de alegría: no estamos solos; Dios habita en nosotros; el Espíritu Santo acompaña el trascurrir de la Iglesia; Jesucristo sigue vivo y operante en medio de la comunidad.