Descargue la Homilía en formato .PDF

↓ Descargar

Pistas para la Homilía

  •   Domingo Junio 15 de 2014
  •   Pistas para la Homilía del Domingo
  •    Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.

Dios habita en cada uno de nosotros

Lecturas:

  • Éxodo 34, 4b-6. 8-9
  • II Carta de san Pablo a los Corintios 13, 11-13
  • Juan 3, 16-18

El domingo pasado la TV nos permitió presenciar una reunión insólita en los jardines del Vaticano. Atendiendo a una invitación que les formuló el Papa Francisco en su reciente visita a Tierra Santa, se reunieron el presidente de Israel Shimon Peres y el titular de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas, para orar por la paz. Fue impactante escuchar sus oraciones y ver el beso de paz que intercambiaron los líderes de comunidades antagónicas. ¿Cuál es el vínculo común que comparten personajes tan disímiles y que los llevó a orar juntos?

Los tres grupos religiosos allí presentes - los Cristianos, representados por el papa Francisco y el Patriarca ortodoxo Bartolomé I, los judíos y los musulmanes - se reconocen herederos de la misma tradición religiosa que se remonta al patriarca Abraham. Adoramos a un solo Dios, aunque lo llamemos de diversas maneras. Las tres grandes religiones monoteístas son el Judaísmo, el Cristianismo y el Islam; y todos reconocemos a Jerusalén como la ciudad santa., y esto ha sido causa de terribles masacres y destrucciones. Es doloroso reconocer que los herederos de la misma tradición monoteísta, durante siglos nos hayamos combatido y hayamos derramado sangre creyendo que así servimos al Dios de la vida.

¿Qué conexión tiene esta noticia político-religiosa y la celebración litúrgica que nos convoca hoy, la fiesta de la Santísima Trinidad? Con el patriarca Abraham, a quien judíos, cristianos y musulmanes reconocemos como nuestro ancestro religioso común, se empieza a escribir un capítulo absolutamente revolucionario en la historia religiosa de la humanidad, el paso del politeísmo al monoteísmo.

Antes de Abraham, las diversas culturas reconocían la existencia de un poder superior cuya protección buscaban mediante sacrificios y ritos. Son de gran interés las diversas cosmogonías que han llegado hasta nosotros, mediante las cuales los pueblos explicaban el origen del universo y la aparición de la especie humana. Estos pueblos asociaban el poder superior con las fuerzas de la naturaleza, a las cuales adoraban (el sol, los vientos, el rayo, el jaguar, la serpiente emplumada, etc.)

Por esos designios que son incomprensibles para nosotros, Dios escoge a Abraham, un pastor nómada en un rincón olvidado del mundo, como interlocutor privilegiado para auto-manifestarse. Se revela como un Dios personal, y no como una fuerza ciega e impersonal; trascendente, es decir, diferenciado absolutamente de los fenómenos naturales; único, y no uno más entre muchas divinidades; que establece una alianza o pacto de exclusividad: “Yo seré tu Dios y tú serás mi pueblo”. En el texto del libro del Éxodo que acabamos de escuchar, Dios dice a Moisés: “Yo soy el Señor, el Señor Dios, compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel”. Estos rasgos son revolucionarios en la historia religiosa de la humanidad.

Dios se fue manifestando en la historia del pueblo de Israel; poco a poco y de manera pedagógica, fue explicitando su plan de salvación. ¿Cómo se comunicaba Dios con su pueblo? De muchas maneras y a través de líderes religiosos que acompañaron al pueblo en la lectura de sus acontecimientos. Cuando llegó la plenitud de los tiempos, la Palabra eterna de Dios se hizo carne y estableció su morada entre nosotros. El Hijo eterno de Dios asumió nuestra condición humana. Jesucristo es la plenitud de la auto-manifestación de Dios, es el revelador del Padre.

Gracias a Jesucristo sabemos que Dios, en su misterio más hondo, es Padre, Hijo y Espíritu Santo. La perfecta unidad y comunión. A lo largo de su ministerio apostólico, Jesucristo fue descubriéndonos su particularísima relación con el Padre; esta cercanía le generó una terrible animadversión de los judíos pues lo consideraban un blasfemo por la forma como hablaba de Dios. En el evangelio de Juan encontramos muchas referencias a esta relación especialísima; a manera de ejemplo, recordemos unos pocos textos: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Juan 3, 16); “El Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre: lo que hace Él, esto también lo hace el Hijo” (Juan 5, 19); “Que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Juan 17, 21).

Gracias a la participación en la pascua del Señor, no solo hemos nacido a una vida nueva, sino que somos en verdad hijos de Dios. Detengámonos a pensar en lo que esto significa. A pesar del abismo infinito que separa al creador de la creatura, gracias a Jesucristo podemos dirigirnos a Él con total familiaridad y llamarlo Padre, con la absoluta certeza de que nos conoce por nuestro nombre, le importamos, nos ama, nos protege y nos espera para disfrutar junto a Él la plenitud del amor. Nos quedamos mudos cuando confrontamos este regalo que nos ha hecho Jesucristo con nuestra condición humana. ¿Qué es la vida individual de cada uno de nosotros en el contexto de un universo en expansión que existe desde hace millones de años? Somos nada y somos todo. Somos infinitamente pequeños, pero al mismo tiempo somos infinitamente grandes, pues somos los hijos consentidos de Dios y coherederos con Cristo.

Esto lo conocemos gracias a la auto-manifestación de Dios a través de Jesucristo. De ahí la profundidad de las palabras de san Pablo en su II Carta a los Corintos que acabamos de escuchar: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con ustedes”. Cada vez que participamos en la Eucaristía, escuchamos este mismo saludo de labios del sacerdote. Esa gracia, ese amor y esa comunión habitan en lo más profundo de nosotros. Dios habita en nuestros corazones. Que esa gracia, ese amor y esa comunión nos ayuden a encontrar la paz entre los pueblos que se reconocen herederos de una misma tradición.

A través de sus palabras y acciones, Jesucristo nos fue descubriendo el misterio infinito de Dios. Meditemos una y otra vez estos textos de los evangelios para ir avanzando en el conocimiento de Dios y de su plan de salvación hasta que lleguemos a la plenitud del encuentro con Él.