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El lago de Galilea (Lucas)

  •   Domingo Septiembre 02 de 2012
  •   Aporte ecológico a la Homilía del Domingo
  •    Alejandro Londoño Posada, S.J.

Más de un lector ya con el sólo título habrá corrido con su imaginación las orillas del Lago de Galilea. Y estará esperando que transmitamos los diálogos de Jesús con sus discípulos. Por un momento dejémoslo en el lago con ellos. No tienen afán. Escuchan al Maestro con atención y cariño. Recordemos primero las vivencias que nos traen estos sitios.

Pocos lugares tan bellos para orar como una laguna limpia, en donde se refleja el Creador.

Quizás nos venga a la memoria alguna tía, que nos llevaba a un Jardín Botánico, donde existía un pequeño lago. Era no sólo un descanso dominical, sino la aventura de montar en barca y aprender a remar. Quizás, en otras ocasiones íbamos de paseo a una represa, en donde admirábamos el ingenio humano, capaz de aprisionar tal cantidad de agua.

Para quienes vivimos en Colombia, la visita a la laguna de Tota es un regalo obligatorio. Es revivir la invitación de los Ejercicios Espirituales de encontrar a Dios en la naturaleza. Por eso no es raro encontrar bellos lagos en Casas de Retiros, estilo Foyer de Charité u otras por el estilo. Por supuesto ninguna de estas experiencias supera la de sentirse en contacto con el Lago Titicaca, que comparten Bolivia y Perú. Es el más alto y bello del mundo.

Hacia los años 50 aparecieron una serie Vidas de Jesús donde los autores gozaban dibujando paisajes de Galilea, Con excelente estilo literario, Riccioti, Bover, Grandmaison, Daniel-Rops y otros más, nos ahorraban las costosas peregrinaciones de entonces a Tierra Santa y nos pintaban las orillas del Lago de Galilea.

No es raro que muchas personas, guiadas de la mano de Ignacio de Loyola, haciendo sus Ejercicios Espirituales, se hayan esforzado, en las llamadas contemplaciones, por ver a Jesús paseando junto al lago y llamando a sus discípulos a ser pescadores de hombres. Coloco las citas, pues vale la pena abrir los evangelios para meditar y contemplar estas escenas (Mateo 4,18-22; Marcos 1,15-20). Lucas las presenta en el mismo sitio, pero llamando al lago con el nombre de Genesaret y con los muchachos en plena pesca (Lc 5,1-11).

Pienso que más de un lector estará comenzando a recordar otras escenas de aquel lago. Tal vez aquella cuando lo cruzaban y Jesús dormía bien tranquilo en popa. El lago estaba tan encrespado que los discípulos se estarían imaginando salir en primera página de un periódico entre los ahogados. Llenos de susto lo despertaron y le dijeron: “Señor, sálvanos que nos hundimos” (Mt. 8,25).

Marcos repite la misma escena, con unos discípulos más groseros: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?” (Mc 4,38). Lucas, menos miedosos, pero más escandalosos: “Maestro, maestro, nos hundimos!” (Lc 8,24). En las tres narraciones, Jesús no deja de reprocharles la falta de fe. Y en ninguna falta la admiración, cuando ordena a la tempestad calmarse: “Quién es este que manda incluso a los vientos y al agua y le obedecen” (Lc 8,25).

Quizás más de un lector, habrá recordado momentos en que ha estado en peligro de sucumbir ante una tempestad o ante la imprudencia de un piloto náutico. No estaría por demás, traer a la memoria momentos de crisis en la vida por un hundimiento económico, por un viento de calumnias o por otras circunstancias, incluso de tipo moral. Y valdría preguntarnos ¿Con qué fe acudimos al Señor que calma los lagos y las tempestades?

Y viniendo a algo muy práctico: ¿Tenemos interés por defender los lagos de tantos enemigos: pesticidas y químicos de sembrados vecinos, contaminación de ríos tributarios, locomotoras mineras, etc.?