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Aporte Ecológico a la homilía del domingo

  •   Domingo Octubre 19 de 2014
  •   Aporte ecológico a la Homilía del Domingo
  •    Alejandro Londoño Posada, S.J.

A propósito del Evangelio, tomemos dos personas distintas: Dios y el César. Nuestra relación debe ser muy diferente. Las monedas del César son explotadoras. La misma gente lo siente. Pero sería un angelismo desconocer que existen señores con minúscula. Por lo mismo no se le debe rendir culto, aunque mientras no manden algo contra Dios, sí se les debe obedecer.

Lo fundamental es reconocer a Dios como el soberano, el dueño de la Creación, serle agradecido y cuidar su obra. Por tanto, en más de una oportunidad, tratándose de la Ecología se da esta oportunidad de distinguir a estos dos señores. Al primero al que debemos darle culto y al segundo al que habría que darle lo que es del césar.

Un ejemplo: las caminatas ecológicas. Un alcalde puede prohibir el paso por un lugar concreto, como sería el bajar hasta una laguna por muy bella que sea. Ojalá el decreto tal no sea por capricho, sino por defenderla de los daños que le solían causar los visitantes. Tal el caso de la preciosa laguna de Guatavita, en Cundinamarca. Antes se podía descender hasta ella. Ahora no.

Pero la misma laguna mirada desde Dios nos impulsa primero a admirar y agradecer la obra del Creador. Y en segundo lugar, como cristianos, a cuidarla, a cumplir el mandato de Jesús de amar al prójimo como a sí mismo. Si la laguna estuviera en un predio nuestro, la cuidaríamos lo más posible de daños, de contaminaciones, etc.

Dios nos ha dado, por otra parte, a nuestro país grandes reservas de petróleo y de oro. Pero más importante que su explotación para recibir unos pocos dólares de empresas extranjeras, es el cuidar los ecosistemas en razón del cambio climático y no dejar contaminar las aguas de los ríos en razón de la vida de las comunidades indígenas y campesinas.

Y en este sentido los grupos ambientalistas están enfrentando al césar, que no es dueño absoluto de estas riquezas. Por tanto éste no puede dar licencias sin más ni más. Y mucho menos si no se trata de un emperador como el romano, sino de una autoridad elegida por los ciudadanos para administrar los bienes de todos.

Un ejemplo de cómo manejar la autoridad con justicia aparece en la primera lectura, en el caso de Ciro. Isaías reconoce cómo está cumpliendo a cabalidad con la voluntad de Dios, quien no desea que se siga explotando al pueblo cautivo en Babilonia.