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Habitó entre nosotros

  •   Domingo Septiembre 09 de 2012
  •   Aporte ecológico a la Homilía del Domingo
  •    Alejandro Londoño Posada, S.J.

El prólogo de Juan habla de la Palabra, Logos o Verbo. Sólo más tarde le daríamos un nombre más prosaico: Segunda Persona de la Trinidad. Para Juan era muy claro que en Dios Padre había conocimiento de sí y que este se manifestaba por la Palabra. Juan más adelante presenta al amor, del que habla en todo el Evangelio, como el Consolador, el Paráclito, al lazo de unión del Padre y el Hijo. Nosotros le damos el nombre de la Tercera Persona de la Trinidad.

Al Consolador o Espíritu Santo, Juan lo presenta, de una manera más explícita, en el discurso de la última Cena, nada menos que con cinco anuncios (Jn 14,15-17 y 25-26; 15,26-27; 16,7-11 y 12-15). Por último, nosotros reservamos el de Primera Persona para el Padre, pensando más en la paternidad de Dios, en cuanto que crea y continúa creando.

Todo lo anterior se nos hace difícil relacionarlo son la Ecología. Tal vez, el último párrafo, al hablar de la creación, como que se nos presta más. Pero no es así. Sigamos.

El Verbo habitó entre nosotros (Jn 1,14). Ese nosotros no es una humanidad en abstracto, sino seres humanos, rodeados de la naturaleza, los minerales, las plantas y los animales. Hace un tiempo, reaccionamos contra quienes hablaban de la Ecología como algo que nada tenía que ver el hombre, la sociedad y el medio ambiente.

Con la Encarnación sucedió lo mismo. La primera división que surgió en la primitiva Iglesia la constituyeron los docetas. Esta secta sostenía que Jesús era sólo Dios. Lo que vieron los apóstoles y demás personas era una apariencia (dokesis) de hombre. Menos mal que la iglesia de entonces les dijo que “estaban en el lugar equivocado”, como dice una propaganda de Davivienda en Colombia.

Por eso, los cristianos no podemos pensar en Jesús como un ser desligado de la creación. Jesús nació y vivió en un medio ambiente concreto, en Belén y Nazaret; en los campos de Galilea y Samaria; en las montañas de Judea. Por eso continuamente se refirió, en sus parábolas y dichos, a la vida que se transcurría por allí. Más aún, su relación con la naturaleza no la podemos reducir a lo literario, sino a la misma vida.

Y hablando del Espíritu Santo, Juan nos invita a que vivamos el amor sintiéndonos en comunión con el Padre y el Hijo. Pero también a que vivamos en comunidad, con una solidaridad como la de María con los novios de las Bodas de Caná y luego con todo tipo de personas, pero en especial con los pobres, los paralíticos, los ciegos, los mudos.

Si en virtud de todo lo anterior a Dios lo consideramos como una Comunidad, entonces de alguna manera, las palabras cariño, cuidado, amor a la naturaleza tienen un tinte pneumatológico. Es decir, el amor que el Espíritu infunde en nuestros corazones, de alguna manera se debe extender a toda la creación, a la misma Ecología.

Incluimos y encerramos arriba la palabra cuidado entre cariño y amor, porque éste se tiene que manifestar en obras. Y eso es precisamente lo que se nos exige como cristianos: el cuidar la naturaleza. Ese cuidado implica defender los ríos, los bosques, los humedales, los ecosistemas. Implica también luchar contra la violencia ejercida con los animales.

Si alguna persona recibió este don fue San Francisco de Asís, a quien todos reconocemos como el patrón de la ecología por su amor a la naturaleza y defensa de ella.