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Aporte Ecológico a la homilía del domingo

  •   Domingo Octubre 26 de 2014
  •   Aporte ecológico a la Homilía del Domingo
  •    Alejandro Londoño Posada, S.J.

Hablemos hoy de los minerales, que son también parte de la naturaleza. Analicemos el siguiente caso. Ser hombre noble y elegante en muchos países consiste, más que en llevar un traje bonito, en portar un reloj bien vistoso y costoso.

Los suizos fueron especialistas en fabricación de relojes de cuerda y cuando aparecieron otro tipo de relojes no creyeron que se fueran a poner de moda. Su tradicionalismo les impidió ver más allá. Estaban seguros de su técnica y de sus ganancias y perdieron la clientela. Parece que ahora han tenido la oportunidad de desquitarse.

Mirando las cosas desde lo social: ¿llevar un reloj de 2 ó 3 millones, qué implica? Quizás ayudarles a los obreros que lo producen con un salario mínimo y a los productores con uno de treinta o cuarenta veces más.
Pues bien, en la primera lectura se habla de no explotar a las viudas, ni a los huérfanos, y de prestar dinero sin usura al necesitado y ayudar al pobre. ¿El lucir un reloj tan rico desde esta perspectiva, qué más implica? Desde el punto de vista sólo ecológico, el gastar algunos minerales de la naturaleza, tales como el oro, la plata, las esmeraldas.

Eso es lo superficial, aunque no deja de tener su costo hoy en día, cuando la explotación del oro puede resultar tan perjudicial para las comunidades campesinas e indígenas, como lo hemos reflexionado en otras ocasiones.

¿Pero desde el punto de vista humano y espiritual? Es colaborar a la sociedad de consumo con un gasto innecesario, mientras millones de personas carecen de alimentos, de un techo donde dormir, de una ropa qué ponerse.

Por todo el cuadro anterior, cómo cobra de significado el evangelio de hoy! Se nos invita a amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todo el espíritu y al prójimo como a sí mismo. Entonces viene la gran pregunta: Estos señores que se aman tanto a sí mismos regalándose relojes tan finos: ¿sí aman a los demás como se aman así mismos?

¿O merecen toda la condenación por no abandonar los ídolos como sí lo hicieron los Tesalonicenses, de lo cual se goza San Pablo en la segunda lectura? Ellos sí supieron adorar al Dios vivo y verdadero.