Aporte Ecológico a la homilía del domingo

  •   Domingo Noviembre 09 de 2014
  •   Aporte ecológico a la Homilía del Domingo
  •    Alejandro Londoño Posada, S.J.

Aunque el tema central de este domingo sea el TEMPLO, tanto el de Jerusalén, como el de la Iglesia, pues somos edificación de Dios, como lo afirma San Pablo (I Cor. 3,9), sin embargo como tema ecológico se podría tomar el AGUA, en especial esa agua que sale del templo de Jerusalén y de la cual habla la primera lectura.

En efecto, el profeta Ezequiel se da el lujo, diríamos, de soñar en el futuro y de ver cómo brota agua del templo. Esa agua es simbólica. Significa el derroche de gracia que Dios quiere derramar sobre su pueblo. Pero eso no nos impide pensar en el agua real.

En nuestro caso, en el agua que tanto está necesitando el mundo actual, a causa del pecado de la ambición, que no le importa dejar a las comunidades campesinas e indígenas sin agua pura y por unos dólares permite contaminarla.

La descripción es bella y vale la pena copiarla: “Porque el agua de este río se convertirá de agua salobre en agua dulce, y habrá todo género de vida. En las dos orillas del río crecerán árboles frutales de toda clase. Sus hojas nunca se marchitarán ni su fruto se acabará jamás. Darán cosechas cada mes, porque están regadas con el agua que mana del santuario. Los frutos servirán de alimento y las hojas de medicina” (Ezequiel, 47, 9 y 12).

Tan bella es la descripción que el evangelista Juan parece copiarla en el libro del Apocalipsis, al describir la Ciudad Celestial a la que todos estamos llamado (22,1).

También nosotros quisiéramos retomarla con toda su fuerza poética, espiritual y ecológica, al ver y llorar sobre la aridez en que la ambición humana está convirtiendo muchos terrenos fértiles de nuestros países latinoamericanos.

Tratándose de la Naturaleza y de su relación con el Creador hay diferentes clases de rebeldías. Una contra Él, como la que está presentando la megaminería descontrolada al dañar su obra. Otra, a favor de Él. Esta última se dan cuando son las comunidades más pobres, las que se oponen a quienes destruyen su plan de regalarnos un mundo habitable y ecológicamente sano.

El Papa Francisco, en su discurso del 24 de octubre de ese año, a los participantes en el Encuentro mundial de Movimientos Populares, tiene una frase que viene muy al caso:

“No se puede abordar el escándalo de la pobreza promoviendo estrategias de contención que únicamente tranquilicen y conviertan a los pobres en seres domesticados e inofensivos. Qué triste ver detrás de supuestas obras altruistas se reduce al otro a la pasividad, se le niega o peor, se esconden negocios y ambiciones personales. Jesús les diría hipócritas. Qué lindo en cambio cuando vemos en movimiento a Pueblos, sobre todos a sus miembros más pobres y a los jóvenes. Entonces si se siente el viento de promesa que aviva la ilusión de un mundo mejor. Que ese viento se transforme en vendaval de esperanza. Ese es mi deseo”.

Todos los cristianos estamos invitados a unirnos a ese vendaval, o para seguir la comparación de Ezequiel a esas aguas caudalosas que producen árboles con frutos y remedios abundantes.