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¡Abre, Señor, nuestros oídos para hablar sobre la paz!

  •   Domingo Septiembre 09 de 2012
  •   Pistas para la Homilía del Domingo
  •    Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.

• Lecturas:
o Profeta Isaías 35, 4-7
o Carta del apóstol Santiago 2, 1-5
o Marcos 7, 31-37

• La liturgia de este domingo recuerda a la comunidad cristiana, reunida alrededor de la Palabra y del Pan de Vida, cuál ha sido la dinámica que ha tenido la automanifestación de Dios a la humanidad, que se ha desarrollado en dos grandes capítulos: la promesa de salvación, y la realización de la promesa en Jesucristo. Esta es, pues, la arquitectura de la liturgia de hoy. Ahora los invito a profundizar en cada uno de estos capítulos o momentos.

• Empecemos por el texto del profeta Isaías:
o El profeta se dirige a aquellos miembros de su comunidad que se sentían inseguros y vacilantes: “¡Ánimo, no tengan miedo! ¡Aquí está su Dios para salvarlos!”. Isaías era un líder que, dotado de una sabiduría especial que Dios le había concedido, ayudaba a los suyos a descubrir la presencia de Dios en los hechos cotidianos, y los acompañaba en el discernimiento para hallar su voluntad.
o Sus palabras irradian seguridad; y esta seguridad no se apoya en razones puramente humanas como son la fuerza militar o el músculo financiero, sino que está cimentada en la fe: “¡Aquí está su Dios para salvarlos!”
o Para que el pueblo entienda que Dios está presente en su vida para transformarla, utiliza imágenes que expresan con claridad la fuerza transformante de la acción de Dios; se refiere a los tiempos nuevos que inaugurará el Mesías: “Entonces los ciegos verán y los sordos oirán; los lisiados saltarán como venados y los mudos gritarán”.

• No podemos hacer una lectura simplista de estas palabras del profeta, como si estuviera prometiendo a sus contemporáneos que en los tiempos mesiánicos desaparecerían estas enfermedades que tanto limitan la calidad de vida de los seres humanos. El profeta Isaías no está haciendo promesas sobre tratamientos extraordinarios que erradicarán estas enfermedades.

• Él no habla de medicina y no se refiere a temas de salud; habla como hombre de fe que anuncia a su pueblo que llegará un momento en el que la salvación irrumpirá con tal fuerza, que se transformará la historia, y la humanidad descubrirá horizontes nuevos. La novedad que anuncia el profeta no se refiere a la salud física, sino a la vitalidad de una nueva creación que se producirá en lo profundo de los corazones.

• Lo que el profeta Isaías presenta como una promesa de futuro y que hemos escuchado en la primera lectura, el evangelista Marcos lo testimonia como un hecho cumplido. En su predicación y en sus gestos milagrosos, Jesús hace presente la nueva creación; testimonio de esto es la curación del hombre sordo y tartamudo.

• La intervención extraordinaria de Jesús cambió la vida de este hombre, que había padecido graves limitaciones en su capacidad de comunicación con las personas que lo rodeaban. Por eso, él y todos los que lo conocían divulgaban este milagro, a pesar de la prohibición expresa que les había hecho el Maestro.

• Después de leer estos dos textos, del profeta Isaías y del evangelista Marcos, ¿qué resonancia tienen en nuestro interior? Los invito a que oremos a Dios con el fin de que también nosotros podamos superar las graves limitaciones que nos impiden comunicarnos adecuadamente:
o Empecemos por reconocer las deficiencias en nuestra comunicación con Dios, que es la más importante de todas; no somos capaces de escuchar su voz porque vivimos inmersos en el ruido y las distracciones. Para superar esta distancia, los invito a que cada día dediquemos unos minutos a dar gracias a Dios por los beneficios recibidos, pedirle que nos acompañe a lo largo de la jornada y nos proteja de los males y peligros que nos acechan.
o Reflexionemos sobre las comunicaciones con los miembros de la familia. Con frecuencia, no existe un diálogo respetuoso y abierto entre las parejas, y entre los padres y los hijos, lo cual hace que la convivencia diaria sea un infierno. Pidámosle al Señor que nos abra los oídos y nos destrabe la lengua para poder conversar con paz sobre los asuntos que interesan a los miembros del núcleo familiar.
o No sólo hay incomunicación con Dios y entre los miembros de las familias; también hay bloqueos en las comunicaciones entre los actores sociales. En nuestro país, las injusticias y la violencia crónica que hemos padecido durante décadas hacen muy difíciles las comunicaciones entre los diversos colectivos sociales. Tenemos que reconocer que la única forma de avanzar hacia la paz es sentarse a negociar las condiciones de un país diferente; y para ello es necesario haber definido antes unas reglas de juego, una metodología, haber aprendido las lecciones de los intentos fallidos de diálogo en el pasado y tener unos acompañantes externos que no dejen que el proceso se descarrille.

• En esta eucaristía dominical pidámosle al Señor que se obre en nuestro país el milagro que cambió la vida del sordo y tartamudo; necesitamos que Jesús pronuncie de nuevo la palabra milagrosa: ¡Ábrete!, de manera que se abran los oídos para escuchar palabras de paz y reconciliación, y podamos diseñar juntos el futuro del país.