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Pistas para la homilía

  •   Domingo Marzo 15 de 2015
  •   Pistas para la Homilía del Domingo
  •    Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.

Infidelidad – Purificación – Reconciliación

Lecturas:

- II Libro de las Crónicas 36, 14-16. 19-23
- Carta de san Pablo a los Efesios 2, 4-10
- Juan 3, 14-21

La liturgia de este IV domingo de Cuaresma nos transmite un elocuente mensaje sobre el amor misericordioso de Dios. En su Carta a los Efesios, el apóstol Pablo resume este anuncio, que es transversal a las tres lecturas de hoy: “En todos los tiempos, Dios muestra, por medio de Jesús, la incomparable riqueza de su gracia y de su bondad para con nosotros”. Los invito a descubrir cómo se ha desarrollado este misterio de la acción salvífica de Dios a través de los tres textos bíblicos: el II Libro de las Crónicas, la Carta a los Efesios y el Evangelio según san Juan. Diferentes autores, diferentes situaciones históricas y convergencia en cuanto a la acción de Dios.

Empecemos por el relato del II Libro de las Crónicas. En unos pocos versículos, se nos recapitula una larga y compleja historia del pueblo de Israel, que tendrá en la cautividad de Babilonia un punto de quiebre que dejará una huella imborrable en los siglos posteriores. Podemos sintetizar este relato en tres palabras: infidelidad-purificación-reconciliación:

- Infidelidad -. Sin entrar en detalles, el texto nos describe el caos religioso y moral que se había apoderado de todos los estamentos de la comunidad: “En aquellos días, todos los sumos sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, practicando todas las abominables costumbres de los paganos, y mancharon la casa del Señor, que Él se había consagrado en Jerusalén”. Una dolorosa panorámica del pueblo elegido. Ahora bien, la Iglesia también ha vivido vergonzosos momentos de decadencia; uno de los más lamentables condujo a la Reforma protestante. A lo largo de su historia, la Iglesia ha manifestado su doble condición de santa y pecadora.

- Purificación -. Como el pueblo desoyó la voz de los profetas enviados por Dios, Éste decidió intervenir en su historia utilizando como instrumento al rey de los caldeos. En pocas palabras, el texto nos describe la magnitud del castigo: “Incendiaron la casa de Dios y derribaron las murallas de Jerusalén, prendieron fuego a todos los palacios y destruyeron todos sus objetos preciosos. A los que escaparon de la espada, los llevaron cautivos a Babilonia”. La experiencia del destierro marcó un antes y un después en la historia de Israel. Así comenzó un duro proceso de purificación interior y de relectura de sus expectativas y proyectos. El Salmo 136, que acabamos de recitar, nos permite vislumbrar los sentimientos de la comunidad en medio de su destierro.

- Reconciliación -. El destierro de Babilonia fue una medida pedagógica de Dios cuyo objetivo fue suscitar un proceso de conversión colectiva. El Dios de la Alianza tiende la mano a su pueblo y le permite regresar a Jerusalén para empezar a escribir un nuevo capítulo de su historia. En esta ocasión, se vale de Ciro, rey de Persia, como instrumento de restauración del pueblo elegido.

Ahora los invito a explorar el texto de Pablo, en su Carta a los Efesios. A través de sus palabras, tomamos conciencia de lo que ha significado la acción salvífica: todo es gracia de Dios, nada es producto de nuestro esfuerzo: “Ustedes han sido salvados por la gracia, mediante la fe; y esto no se debe a ustedes mismos, sino que es un don de Dios. Tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir”. Esta afirmación es un corte radical con los conceptos teológicos enseñados por los Maestros de la Ley; según sus enseñanzas, la salvación era un logro que se obtenía mediante el cumplimiento meticuloso de los numerosos mandatos a los que estaban sometidos los judíos. Se da, pues, un cambio radical de perspectiva. Los seguidores del Señor resucitado acogemos con humildad y agradecimiento el don de la fe, que es iniciativa del amor infinito de Dios y que se nos ofrece a través de Jesucristo.

En el evangelio de Juan se sigue desarrollando esta idea de la iniciativa de Dios, que llega a su máxima expresión en la encarnación, vida, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo; dice el texto evangélico de hoy: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna”.

Teniendo como hilo conductor los textos bíblicos que propone la liturgia de este IV domingo de Cuaresma, hemos podido profundizar en el binomio fidelidad de Dios e infidelidad del pueblo, oscuridad y luz, obcecación y purificación. Los invito a apropiarnos de estos textos. No debemos leerlos como crónicas de hechos remotos. No. Ellos nos ayudan a comprender esa lucha que se da en nuestro interior entre el llamado de Dios y el llamado de las cosas materiales, entre la invitación a compartir con los necesitados y el egoísmo que nos cierra, entre el mandato de anunciar la Buena Nueva del Reino y la torpeza que nos limita a nuestros pequeños intereses individuales. Que este tiempo de Cuaresma nos sirva para explorar las motivaciones profundas que nos llevan a actuar.