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Pistas para la homilía

  •   Domingo Mayo 03 de 2015
  •   Pistas para la Homilía del Domingo
  •    Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.

La imagen de la vid, un curso intensivo de espiritualidad

• Lecturas:
- Hechos de los Apóstoles 9, 26-31
- I Carta de san Juan 3, 18-24
- Juan 15, 1-8

• La uva y los productos que se derivan de ella son un elemento muy importante de la vida económica y social de los países alrededor del Mediterráneo; esta cultura de la uva se ha extendido a todo el mundo. Por eso, se ha desarrollado una rica simbología. Es, pues, perfectamente natural que el símbolo de la vid haga parte de los escritos del Antiguo y del Nuevo Testamento.

• El relato evangélico de hoy está centrado en la imagen de la vid, y el verbo más repetido es permanecer. La lectura meditada de este pasaje bíblico hace las veces de un curso intensivo de espiritualidad.

• Veamos qué nos dice el texto: “Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el viñador”. En lenguaje campesino, se nos pone de manifiesto el plan de salvación de un Dios amoroso y providente, que confió una misión especialísima a su Hijo. Jesucristo es vid plantada en medio de la humanidad para comunicarnos – como lo hace el tronco con las ramas, hojas, flores y frutos – la savia de la vida divina.

• Esta imagen sencilla contiene una verdad teológica de enorme importancia: por medio de Jesucristo se nos ha revelado el Padre; y a través de la pasión, muerte y resurrección del Señor, se ha producido una nueva creación; Dios ha querido establecer con nosotros una alianza nueva y eterna. Por eso nuestra participación en la vida divina es “por Cristo, con Él y en Él”.

• Después de este contexto general en que Jesucristo se describe como una vid plantada por el amor de Dios en medio de nosotros, el evangelista pasa a profundizar en el tipo de relación que se establece entre Jesucristo y la humanidad: “Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí”. La lógica incontrovertible de esta argumentación procede de la agricultura: si una rama se separa del tronco, se marchita irremediablemente. Unión es vida y separación es muerte.

• En el texto que estamos meditando, el Señor nos invita a permanecer en Él. ¿Qué significa esto?

- El primer vínculo que se establece entre Jesucristo y nosotros es a través del bautismo, por el cual participamos de su muerte y resurrección, y entramos a formar parte de la comunidad eclesial.
- Es muy importante explicitar que permanecemos en Cristo a través de la comunidad eclesial. En este punto hay un desacuerdo hondo entre la teología protestante y la teología católica. Para el protestantismo, existe una comunicación directa entre el individuo y Dios; para la teología católica, la comunidad es el lugar donde recibimos el don de la fe; en ella la celebramos y la fortalecemos.
- La imagen de la vid, que es una planta viva, nos hace comprender que nuestra conexión con Cristo no es algo puntual, sino un proceso en continuo desarrollo. Si estamos unidos a Él, podremos dar frutos cada vez más abundantes y de mejor calidad.
- Este proceso, que se inicia con el bautismo, debe continuar hasta nuestro encuentro definitivo en la casa del Padre. Nuestra permanencia en Jesús se irá fortaleciendo en la medida en que participamos de los sacramentos, nutrimos nuestra vida interior con la Palabra de Dios y la oración, y somos solidarios con los más necesitados.

• Esta invitación que nos hace el Señor a permanecer muy ligados a Él es válida para todos los cristianos, pero adquiere una mayor urgencia cuando pensamos en los líderes religiosos de la comunidad. Como ministros de la Iglesia, nuestro servicio consiste en servir de puente entre la oferta de salvación de la Iglesia y las comunidades. Ahora bien, nadie da lo que no tiene; por eso no podremos desempeñar responsablemente nuestro ministerio si no estamos sostenidos e inspirados por una sólida vida interior. Con alguna frecuencia, escuchamos con tristeza las homilías y exhortaciones de algunos pastores, las cuales nos suenan vacías, incapaces de tocar las mentes y corazones de los fieles; su discurso carece de pasión y tiene el tono monótono de las instrucciones de los burócratas. Necesitamos pastores que sean sarmientos vigorosos y así puedan comunicar, con su testimonio de vida y sus palabras, ese torrente de vida nueva que nos regala el Señor resucitado, que es la vid verdadera.