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Pistas para la homilía

  •   Domingo Mayo 31 de 2015
  •   Pistas para la Homilía del Domingo
  •    Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.

Hombres de barro, depositarios de un tesoro invaluable

Lecturas:

- Libro del Deuteronomio 4, 32-34. 39-40
- Carta de san Pablo a los Romanos 8, 14-17
- Mateo 28, 16-20

Hoy celebra la liturgia la fiesta de la Santísima Trinidad, misterio que constituye el punto más alto de la auto-manifestación de Dios a través de Jesucristo. Toda nuestra vida cristiana, que empieza cuando el sacerdote derrama sobre nuestras cabezas el agua bautismal con las palabras “Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”, tiene como referente a la Trinidad. Esta triple invocación la pronunciamos al comenzar el día y cuando nos disponemos a descansar; cuando emprendemos algún proyecto de impacto. La invocación trinitaria siempre está siempre en nuestros labios.

Las expresiones humanas son pobres intentos por expresar lo inexpresable. La doctrina de la Iglesia nos enseña que adoramos a tres Personas distintas y a un solo Dios verdadero. Nuestra mente se siente perpleja ante este juego de números: tres y uno… Nos sentimos un poco menos agobiados por el misterio cuando decimos que Dios no es un ser solitario e impersonal, sino que se revela como comunidad en perfecta unidad. Estas expresiones son simples balbuceos para expresar el misterio.

Este abismo entre la infinitud de Dios y la limitación de las creaturas fue superado por la encarnación del Hijo eterno del Padre, quien asumió nuestra condición humana. Cristo es el puente que une la eternidad y el tiempo, Creador y creaturas, vida eterna y condición mortal. A través de sus enseñanzas, Cristo nos va introduciendo en el misterio inagotable de Dios.

En el capítulo 14 del evangelio de san Juan, encontramos unas frases que deberían sorprendernos cada vez que las leemos. En un diálogo con los Apóstoles, el Maestro dice: “Si ustedes me conocieran, también conocerían a mi Padre; y desde ahora lo conocen y lo han visto. Felipe le dijo: Señor, muéstranos al Padre y esto nos basta. Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con ustedes, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre”. A medida que avanzamos en el conocimiento de la Persona y del mensaje de Jesucristo, nos vamos internando en las entrañas del misterio de Dios. Este descubrimiento que hacemos en la fe debe traducirse en una fervorosa acción de gracias por este regalo que supera infinitamente nuestra condición humana.

En la primera lectura, tomada del libro del Deuteronomio, Moisés llama la atención del pueblo para que perciba la diferencia abismal entre el encuentro de Israel con Yahvé, Ser personal y trascendente, y las otras experiencias de espiritualidad vividas por los vecinos de Israel que no habían alcanzado la madurez espiritual que suponía el Monoteísmo. Moisés le pregunta a la comunidad: “¿Hubo jamás, desde un extremo al otro del cielo, una cosa tan grande como ésta? ¿Se oyó algo semejante? ¿Qué pueblo ha oído, sin perecer, que Dios le hable desde el fuego, como tú lo has oído?”.

Esta experiencia excepcional a la que hace referencia Moisés es redimensionada por lo que nos recuerda san Pablo en la segunda lectura de la liturgia de este domingo: “El mismo Espíritu Santo, a una con nuestro propio espíritu, da testimonio de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, somos también herederos de Dios y coherederos con Cristo”.

Esta historia de la auto-manifestación de Dios a los hombres no culmina con habernos hecho sus hijos y herederos. Dios habita en nuestro interior. En unas frases de gran densidad teológica, Jesús nos dice: “El que me ama guardará mi palabra; y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él”.

Esta frágil urna de barro que es nuestra naturaleza humana, llena de contradicciones y laberintos oscuros, por infinita misericordia es morada de Dios, que es perfecta unidad y comunidad. Los cristianos tomamos a la ligera estas intervenciones de Dios en la historia de la humanidad. Muchos bautizados pasan por la vida sin haber hecho un alto en el camino para tomar conciencia y agradecer esta transformación interior de nuestro ser.

A manera de conclusión, los invito a asumir con renovado entusiasmo la misión que el Señor confía a su Iglesia: “Vayan y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo cuanto yo les he mandado”. Ciertamente, dentro de nosotros – frágiles vasos de arcilla – llevamos el tesoro infinito de la presencia de Dios-Amor. Compartamos este tesoro a través de nuestro testimonio de vida.