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Sembrar la paz y cosechar frutos de justicia

  •   Domingo Septiembre 23 de 2012
  •   Pistas para la Homilía del Domingo
  •    Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.

Lecturas:

  • Libro de la Sabiduría 2, 12. 17-20
  • Carta del apóstol Santiago 3, 16 – 4, 3
  • Marcos 9, 30-37

En estas últimas semanas, la paz es el tema obligado de conversación entre los colombianos por el anuncio de la apertura de diálogos entre el Gobierno nacional y la guerrilla de las Farc. Como se trata del problema más sentido que tenemos, todos expresamos nuestras esperanzas y temores; este es el punto central en los medios de comunicación y en los encuentros sociales.

De ahí que nos llamen profundamente la atención unas expresiones que aparecen en el texto de la Carta del apóstol Santiago que acabamos de escuchar. Dice la Carta: “Los pacíficos siembran la paz y cosechan frutos de justicia. ¿De dónde vienen las luchas y los conflictos entre ustedes? ¿No es, acaso, de las malas pasiones que siempre están en guerra dentro de ustedes? Ustedes codician lo que no pueden tener y acaban asesinando. Ambicionan algo que no pueden alcanzar, y entonces combaten y hacen la guerra”.

El apóstol Santiago expresa, en su estilo particular, que la codicia y la ambición son los mayores generadores de violencia. La avidez de la riqueza y del poder conducen a la negación de los derechos humanos fundamentales y a la violación de la normatividad jurídica. En nuestro país, se han escrito innumerables estudios sobre las causas de los conflictos que han desgarrado nuestra historia. El breve tiempo dedicado a la homilía dentro de la liturgia dominical no es el momento adecuado para este tipo de análisis políticos, económicos, sociales. Lo que sí queda muy claramente subrayado por el apóstol Santiago es que son incompletos los análisis de los llamados violentólogos, si no incorporan las variables de las actitudes éticas y de la educación en sus escritos sobre el conflicto colombiano. La violencia que ha enlutado los campos y ciudades de nuestro país se incuba en lo profundo del corazón humano; estamos, pues, ante un complejo asunto de educación ética y de valores, que no se soluciona solamente firmando acuerdos y creando unos espacios para la participación política. Hay que ir a la raíz de manera que podamos formar mujeres y hombres nuevos.

Los invito a que meditemos en las palabras del apóstol: “Los pacíficos siembran la paz y cosechan frutos de justicia”. ¿Qué nos dicen, aquí y ahora, estas palabras?

  • Estos dos verbos – sembrar y cosechar -,tomados de las faenas del campo, expresan la complejidad de las conversaciones de paz, de las cuales no se pueden esperar resultados inmediatos, como si se tratara de productos salidos de un taller de confecciones; los dos verbos nos sugieren que estos procesos toman tiempo, requieren un monitoreo continuo de cada uno de los pasos que se van dando y de los compromisos que se asumen, con mecanismos de verificación muy precisos, y una cuidadosa vigilancia para evitar que los enemigos externos destruyan el incipiente cultivo.
    • Los expertos en el conflicto colombiano afirman que ahora se dan las condiciones favorables para iniciar este tipo de conversaciones, las cuales no existían anteriormente.

Yo los invito a que asumamos la tarea que nos propone el apóstol Santiago en su Carta, de ser sembradores de paz, en el lugar en que nos encontremos:

  • No permitamos que el escepticismo nos paralice y que nos neguemos a avanzar en esa dirección. Ciertamente, tenemos muchos motivos de desconfianza; pero, habiendo aprendido de las equivocaciones del pasado, caminemos hacia una Colombia diferente.
    • Los verbos sembrar y cosechar nos hacen caer en la cuenta de las profundas transformaciones que hay que realizar para superar las desigualdades sociales, la impunidad, la apatía en la participación política, la intolerancia, etc.
    • No pensemos que la paz tiene como únicos protagonistas a los negociadores escogidos por el Gobierno nacional y por el Secretariado de las Farc. Todos somos corresponsables de la paz y debemos sembrarla allí donde nos encontramos: en la familia, en el lugar del trabajo, en las relaciones con los vecinos.