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Aporte Ecológico a la homilía del domingo

  •   Domingo Octubre 07 de 2012
  •   Aporte ecológico a la Homilía del Domingo
  •    Alejandro Londoño Posada, S.J.

Los textos de este domingo se prestan para una homilía bien centrada en el matrimonio o si se quiere para analizarlos desde una mirada feminista. Este trabajo se lo dejamos a los otros colegas, que nos ofrecen sus aportes homiléticos. Nosotros vamos a mirarlos desde una óptica ecológica.

El primer dato que nos gustaría señalar, es que todos los animales son formados de la tierra por Dios y que le da al hombre la potestad de colocarles nombre (Gn 2, 19). Esto significa que el hombre está encargado de crear la cultura y de poner nombre a los seres de la creación. Cuando entramos, por ejemplo, a un Jardín Botánico hallamos clasificaciones de las plantas por género y especie, lo que han implicado miles de horas de trabajo de los estudiosos.

En otra ocasión anotamos cómo desde la misma entrada a dichos sitios encontramos “árboles” de la Ciencia del Bien y del Mal, comenzando por los porteros, los guardianes y siguiendo por los visitantes. Esto significa que reconocemos en todas estas personas el que tengan la conciencia y capacidad de distinguir el Bien del Mal.

Al hombre deja, pues, el Creador la creación para que la continúe como cultivador, bien como arador o como creador de Ciencia y Cultura. Cuando realiza esta labor con cuidado, con cariño, con sentido de solidaridad, o como hoy decimos, ecológicamente, está siguiendo la Ciencia del Bien.

Tomando palabras de la segunda lectura, diríamos que si se deja llevar por el la Ciencia del Bien, se merece el título que Jesús nos consiguió como santificador a nosotros los hermanos, como santificados (Hebreos 9,11).

Si lo hace mal, si predomina el consumismo, la ganancia fácil, el negocio lucrativo, el espíritu anti-ecológico, se coloca en el bando contrario: el de los destructores, explotadores, amigos de la corrupción, etc. Y merece ser expulsado del paraíso.

Lo normal es que un varón que tiene cariño por la naturaleza, que la cuida, la respeta y la ama, también quiera a su esposa, la respete y la ame. Tanto él como ella son parte de la naturaleza, pues “Dios los creó desde el principio hombre y mujer” (Marcos 10, 6), también de la tierra.

Qué bello es encontrar familias que educan en este sentido con todo cariño a los hijos, que los enseñan a respetar la naturaleza, a querer a los animalitos, a gozar del campo. Cómo desearía uno ver un número mayor de matrimonios, los días festivos, gozando de los parques, de las caminatas ecológicas o visitando a los parientes y amigos. Por desgracia no faltan parejas, cuyo esposo se dedica a mandarle dinero a los dueños de las grandes cervecerías y cuyas esposas lo hacen con los productores de telenovelas superficiales.

Agradezcamos hoy al Señor este privilegio que nos da de sentir su presencia en el contacto con la naturaleza y en el amor matrimonial.

Tal vez el libro que mejor iluminó la celebración de los 500 años de la Conquista de América fue el de Gustavo Gutiérrez, “Dios o el Oro de la Indias”. Ya muchos autores nos habían invitado a no emplear el término torcido de Descubrimiento. Se trató de una colonización, pero no de un descubrimiento.

Este libro nos muestra cómo hubo una lucha entre una verdadera evangelización y otra muy diferente. La primera fue promovida por dominicos, franciscanos y evangelizadores fieles a la propuesta de Jesús, a la que podríamos mirar, con los términos de la segunda lectura de hoy, como una “sabiduría que viene del cielo, se muestra pura y apacible, amable y dócil, llena de compasión y buenos frutos, imparcial y sincera” (Sant. 3,17).

La otra evangelización que podríamos llamar dorada, disfrazada de proyecto redentor de los indios, pero dejando ver los colores dorados de la ambición del Oro. Ya en su segunda venida a América, Colón encontró que se había producido muchos enfrentamientos entre los españoles y los indios. Y no ciertamente por amor al Evangelio.

Ante esta realidad fue valerosa la actitud de los dominicos de la Española quienes nombraron a fray Antón de Montesinos, para que expresaba la reflexión y el pensamiento de la comunidad: “Todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís. Decid: ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios? ¿Con qué derecho autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas?”. Estas frases tan duras la conservó el mejor representante de esta tendencia, fray Bartolomé de las Casas (Cfr. Gutiérrez G., Dios o el Oro de las Indias, Ed. Sígueme, Salamanca, 1990, pag. 29).

Con frases parecidas y con hechos como los que denuncia la Conferencia Episcopal Colombiana en este año, tendríamos que señalar e interrogar a muchas empresas transnacionales o nacionales que han despojado a comunidades indígenas, afros y campesinas, apoyadas en leyes de Desarrollo, para que de nuevo el Oro se convierta en el dios del Progreso.

Y cuál es la causa de ambos casos. Nos la plantea Santiago en su carta de hoy con toda claridad. Es el pecado de la codicia!: “¿De dónde viene que haya entre ustedes luchas y peleas? Pues de las pasiones que luchan en su propio cuerpo. Si codician una cosa y no pueden alcanzarla, comenten un homicidio” (Santiago 4, 1-2).

También de fondo podríamos descubrir otro pecado, el de la Competencia entre las diferentes clases de minerías, entre ellas las del petróleo, también esclava como la del Oro de las Indias. Ese tipo de competencia, aunque a un nivel diferente, es el que Jesús ayuda a descubrir a sus discípulos, “que en el camino venían discutido sobre cuál de ellos ocuparía el primer lugar” (Marcos, 9, 34).

Hemos descrito un problema económico ecológico de gran envergadura. De alguna manera también a nivel más pequeño se plantea éste cuando alguien se gloría de tener un mejor anillo o adorno que otra persona.

Qué diferente sería que en lugar de hablar de codicia, envidia, de oro, dorados, desplazamientos e incluso asesinatos, en nuestro lenguaje predominaran palabras más ecológicas como cariño, cuidado, amor a la naturaleza. En otra homilía decíamos que encerramos la palabra cuidado entre cariño y amor, porque éstos se tienen que manifestar en obras. Y eso es precisamente lo que se nos exige como cristianos: el cuidar la naturaleza. Ese cuidado implica defender los ríos, los bosques, los humedales, los ecosistemas de las locomotoras mineras, mal manejadas.