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Guíon para la radio

  •   Domingo Septiembre 20 de 2015
  •   Guión para la Radio
  •    José Martínez De Toda, S.J.

“Quien quiera ser el primero, que sea el servidor de todos”
(Mc 9, 30-37)

Moderador/a: Buenos días. Estamos aquí en el Estudio… (Se presentan los participantes).

El Evangelio del domingo de hoy presenta una situación trágica: Jesús trata de explicar a sus discípulos que Él va a ser ajusticiado y muerto; y éstos no entienden, o más bien, no quieren entender. No sólo eso, sino que cada uno sólo está preocupado por ser el más importante del grupo. Y esto es todo lo contrario a la humildad que enseña Jesús. ¿Cómo resuelve Jesús este problema? Escuchémoslo.

Lectura del santo evangelio según San Marcos (Marcos 9, 30-37)

NARRADOR/A – En aquel tiempo instruía Jesús a sus discípulos. Les decía:

JESÚS – El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará.

NARRADOR/A – Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle. Llegaron a Cafarnaúm, y, una vez en casa les preguntó:

JESÚS – ¿De qué discutían en el camino?

NARRADOR/A – Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo:

JESÚS – Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.

NARRADOR/A – Y acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo:

JESÚS – El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado.

Pregunta 1 – ¿Quién es el más importante en el Reino de Dios?

El que sirva más a los demás.

El grupo de Jesús va camino de Jerusalén. Y Jesús aprovecha varios momentos del viaje para instruir a sus discípulos, sobre todo en decirles que su camino no es un camino de gloria, éxito y poder.

Jesús les explica que Él debe sufrir mucho y ser condenado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas (8,31), pero que “a los tres días resucitaría” (9,31).

Los discípulos tenían la idea de que Jesús ciertamente era el Mesías, pero era el mismo tipo de Mesías que tenía en mente la sociedad de su tiempo: un mesianismo político, hecho de poder y privilegios, que pondría a los judíos a la cabeza del mundo.

A los discípulos no les entra en la cabeza lo que les dice Jesús. Les da miedo hasta preguntarle.

Pregunta 2 – ¿Y por qué no se atrevían a preguntarle a Jesús?

Seguramente por la forma en que reaccionó Jesús contra Pedro, cuando tocó este punto:

-“¡Quítate de en medio, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres.” (8,33)

Los discípulos no quieren pensar en la crucifixión. No entra en sus planes ni expectativas.

Más aún, mientras el maestro les hablaba de su Pasión, los discípulos discutían entre sí: ¿Quién de ellos era el más importante? ¿Quién ocupará el puesto más elevado? ¿Quién recibirá más honores?

Jesús pacientemente quiere instruir a los Doce. Para ello los invita a que se acerquen, pues los ve muy distanciados de él, y se sienta con ellos. Y les enseña dos actitudes fundamentales para seguirlo de veras.

Primera actitud: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y servidor de todos». Esta es una enseñanza difícil de entender. Hoy día, casi todos quieren ser los primeros. ¿Cómo se puede aceptar que hay que ser el último?

Jesús no repudia exactamente la prominencia y la grandeza, sino que las vuelve a definir. La persona verdaderamente grande es el sirviente – una persona que pasa su día cuidando gente, uno cuyo puesto es proveer por las necesidades de los demás, un doméstico. Gente servidora – como el Padre Damián de los leprosos (en Molokai, Indonesia) y la Madre Teresa de Calcuta (en la India). Éstos inspiran gran afecto y tienen gran influencia.
Pregunta 3 – ¿Cuál es la segunda actitud proclamada por Jesús?

La segunda actitud Jesús la explica con un gesto simbólico entrañable. Pone a un niño en medio de los Doce, lo abraza y les dice: «El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí». Quien acoge a un "pequeño", a los débiles, a los más necesitados de defensa y cuidado está acogiendo al más "grande", a Jesús. Y quien acoge a Jesús está acogiendo al Padre que lo ha enviado.

Jesús pone como ejemplo a un niño. El niño representaba el nivel más bajo en la escala social, encontrándose entre una mujer y un esclavo. No tenía derechos.

Jesús se ha hecho tan solidario, que se identifica especialmente con los más necesitados, representados aquí, emblemáticamente, por los niños.
Una Iglesia que acoge a los pequeños e indefensos está enseñando a acoger a Dios.

A la Iglesia le hacen mucho mal los hombres ambiciosos, que buscan rangos, honores y grandezas.

La medalla de oro en el cristianismo no es para el mejor predicador sino para el mejor servidor, no es para el más sabio sino para el más humilde, no para el más fuerte sino para el más sacrificado, no es para el que más manda sino para el que más sirve.

Pregunta 4 – ¿Por qué elige Jesús a un niño como modelo?

He aquí las características del niño:

-Es alegre, movido y juguetón.

- No se las da de nada y ama mucho, porque depende de todos y sabe maravillarse. Un niño no tiene prejuicios ni ambiciones ni estatus social ni puede pagar el bien que le hacen. Depende totalmente de los demás y ama sin condiciones. Y así es Dios, amor sin condiciones para todos.

-Es el servidor de todos. Muchas veces es el criadito de todos. Se le dice:”Tráeme esto, lleva esto a tal persona…” Siempre está disponible.

Es curioso ver que en muchas historias bíblicas de dos o más hermanos, el menor es el que queda como el tipo bueno, el que mejor se relaciona con Dios y la gente. Eso se ve desde Caín y Abel, pasando por Ismael e Isaac, Esaú y Jacob, José y sus hermanos, David y sus hermanos, Adonijah y Salomón, Leah y Raquel, el hijo pródigo y su hermano mayor, Marta y María...

Pregunta 5 – ¿Hay alguna explicación para estos ejemplos?

El famoso psicólogo Carl Jung tiene una teoría, que los puede explicar.

Dice que en el hombre hay dos energías: la ‘senex’ o del viejo o senior, y la del ‘puer eternus’ o del niño eterno. El primero es más sabio, seguro, prudente y calculador, mira bien todo, y por eso generalmente no cae. En cambio, la energía del niño es más hacia la aventura, el riesgo y el cambio, y por eso cae en más errores. El mayor es más inclinado a la competición, al poder y al éxito; el niño en cambio va más hacia la cooperación y la celebración. El mayor es más responsable; el menor es más ligero. En las familias numerosas, a veces ocurre que los padres comunican más sus energías de persona mayor a sus hijos mayores, y los pequeños se quedan con sus energías de niño. Carl Jung concluye que para ser completamente humano, ambas energías deben encontrar un equilibrio armónico en la personalidad.

Pregunta 6 – ¿Cómo se aplica esto al evangelio de hoy?

En el evangelio se ve que los discípulos actúan con la energía del hijo mayor: son calculadores, sólo les interesa su propio éxito, quién es el más importante. No les interesa cooperar sino triunfar.

Nuestra cultura de hoy, más aún que la cultura hebrea de los discípulos de Jesús, es muy inclinada a esta energía del senior. Igual que a los discípulos de Jesús, nos gusta demasiado el éxito, y lo medimos comparándonos con los otros. Nos gusta comprar el carro último modelo para figurar y dar envidia a los demás. El mundo de los adultos es el mundo de la ambición, del dinero, de quién es el mejor, de quién manda más, de quién triunfa en los negocios, en el deporte, en la música, en el cine, en la política.

El mensaje de Jesús es que debemos actuar como el niño, que todos llevamos dentro.

Tengamos nueve años o noventa nueve, seamos el hijo mayor o el menor o el único de la familia, el mensaje de Jesús nos desafía a que nos hagamos niños de corazón.

Despedida

Les invitamos a la Misa, a la Eucaristía, sacramento del amor. Ahí Jesús nos pone como modelo al niño, que simboliza cualquiera que sea necesitado, desamparado, o de bajo estatus. Por extensión, Jesús nos pide recibir aquéllos que no tienen hogar, los minusválidos, los que padecen de enfermedades mentales, los enfermos, los ignorantes, y cualquier otro que no pueda recompensarnos por nuestra hospitalidad o tiempo. “Quien recibe a éstos, a mí me recibe”, nos dice Jesús.