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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Octubre 18 de 2015
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Una de las formas más primitivas y generalizadas de imaginarse a Dios es con el poder, que siempre alude a tanto del poder de la divinidad en sí como el que ejerce sobre la naturaleza o las personas. La magia, como forma religiosa quizás más primitiva, busca apropiarse parte de ese poder. Si el judaísmo la supera es porque pone todo el poder en Yavhéh quien permanece siempre libre para ejercerlo: en el paso del Mar Muerto, en el Exodo, en Canaán, en el destierro. En la literatura apocalíptica el poder se manifestará por encima de las aparentes derrotas en la vida presente. La palabra para designar la fuerza y el poder (dynamic) en los evangelios, muchas veces es traducida por milagro como expresión máxima de su poder, por encima o más allá de las leyes físicas: Jesús es descrito como «poderoso en obras y en palabras». Pero mientras que el poder sólo puede conocerse como tal en la fe, encuentra su límite en la incredulidad: «No pudo, pues, hacer allí milagro alguno» (Mc 6:5). En el evangelio de Juan el poder de Jesús no es autónomo pues se fundamenta en su unidad con el Padre. En Pablo el poder de Dios es ante todo la capacidad para expresar la resurrección en Jesús y en los creyentes. Es ésta, la resurrección, la que produce un hombre nuevo, la nueva creación. Es un poder que se manifiesta ahora como pasión pero apunta al futuro al que estamos llamados; se percibe también en la creación, en donde igualmente apunta a la resurrección. Pero en Pablo el pecado también tiene poder, pues está inscrito en las tendencias profundas del ser humano como criatura, en sus pasiones (epithymias). De ahí que el hombre no tenga nunca realmente poder sino que en él actúa el poder de sus pasiones confrontado por el poder del Espíritu. El creyente puede vivir como su Señor resucitado de la fuerza de Dios o de Cristo; no lo protege la ley (como en el ideal civil) sino el amor de Cristo. El Espíritu no es manejable como el poder de la magia en manos del hechicero o el mago. No es un simple añadido a la fuerza física o intelectual, pues sabe rendir al máximo al hombre débil en ambas. Se manifiesta allí donde no habría nada que esperar: del pequeño Israel hace la esperanza universal y del perseguidor Pablo el apóstol de los gentiles, de los débiles de Corinto una comunidad misionera. Es el valor de la cruz, pues Cristo no muere en ella por debilidad sino como la expresión de una nueva y desconocida forma de poder: el amor como entrega a otros.

De Jesús se dice que habla con poder(1) y no como los escribas. Un poder que no es arbitrariedad como suele actuar el poder de las pasiones. En el Antiguo Testamento, cuando los poderosos (reyes, hacendados, ricos) pretenden tener poder por sí mismos, son fustigados por los profetas, porque el poder no se justifica sino ejecutando el proyecto de Yahvéh. Por ello Israel no se pueden doblegar ni al poder de los asirios, ni de los griegos, ni de los romanos. Aunque hay expresiones en el evangelio del poder del demonio, no hay concepción pesimista sobre el mal, pues precisamente lo que se anuncia es su fin, su caída. La posibilidad del fin del mal es anunciada por el Jesús terreno como se expresa en las expulsiones de demonios, cuando critica el mal que se camufla en la misma ley (Torah) judía o en los negocios del atrio del Templo. En los evangelios Jesús no aparece como juez (el juicio está reservado al Padre) sino como salvador; no con poder de dominio sino con libertad de servicio; tiene libertad de dar su vida y tomarla de nuevo; a quienes le sigan les da poder “de ser llamados hijos de Dios”. Así, el poder de Dios (tan querido al judaísmo) no se realiza por la sumisión violenta de los pueblos sino por la difusión del evangelio. Su signo no es un reino de este mundo sino la iglesia (congregación de los creyentes). El creyente queda liberado de los poderes variados de este mundo porque se somete a un poder que no es de este mundo.

Otra idea de poder, heredada de los pueblos vecinos a Israel, es la del trono como asiento del poder. En Mateo se promete el trono a los 12 apóstoles para juzgar, es decir, para constituir el criterio de concordancia o desacuerdo con el evangelio. En la carta a los hebreos se trata del «trono de la gracia», pues desde en que el sumo sacerdote (Cristo) quiso asumir la debilidad humana, el carácter de la majestad divina se anuncia definitivamente como gracia para toda la creación. En el Apocalipsis, aunque con imágenes no siempre tan evidentes, Cristo realiza el juicio como auto sacrificio. El que se sienta en el trono se hizo hombre (y siervo). Con ello transformó el poder en servicio y fraternidad. El trono opuesto (Anticrito) exige la sumisión y la violencia. Es el reinado del dragón frente al reinado del cordero.

Hoy el poder es técnico, político, cultural, económico, militar de unos como ayuda u opresión de otros. Hoy se ha secularizado cosa que no conoce la Biblia. Pero ya no parece haber quien lo juzgue, pues aparece como anónimo, estructurado, inocente. Los sistemas (a menudo con minorías detrás de ellos) son los nuevos dioses del poder ante los que hay que claudicar. El crecimiento ilimitado del poder técnico nos sumió en el desastre ecológico; el político en “el fin de la historia”; el cultural en homogeneidad pasteurizada; el económico en cuanta habientes de la banca mundial; el militar en “terroristas potenciales”. El poder dejado del criterio religioso (judaísmo) o ético (cristianismo) que no se legitima sino por el servicio, ha terminado haciendo de sí mismo algo malo por naturaleza: poder para poder(2) (o joder en lenguaje menos diplomático). El poder nunca se sacia porque siempre está insatisfecho, no con lo que oprime sino con lo que le falta por oprimir. En el lenguaje del evangelio al poder los acecha lo “demoníaco”. Jesús resiste a la tentación del uso egoísta del poder, como se expresa en las tentaciones y como los evangelios nos lo dan a conocer en su camino hacia la cruz. Se despoja de todo su propio poder y deja que el poder de Dios opere a través de su persona, convirtiéndose él en el servidor de los demás. Se dirige a los marginados de la sociedad, a aquéllos que excluían los poderes de entonces. Así empieza a mostrar la fuerza del reino de Dios y asimismo establece unos criterios para el uso de todos los poderes confiados a los hombres. Es una presentación paradójica el hecho de que vayan de la mano la plenitud del poder y la renuncia al mismo en Jesús. El mundo necesita de una comunidad creyente que viva en la libertad de Cristo y así mantenga viva en el mundo la esperanza en una revelación futura del poder de Dios. Cuando Santiago y Juan pedían poder a derecha e izquierda, aún pensaban como los hombres de su época. Les tocará experimentar los caminos del servicio al evangelio para no desear más puestos de poder que nunca relumbrarán en esta vida porque no se podrá ver nada diferente al servicio; o en palabras de Pablo se verán las marcas de la pasión, que son los trofeos de la resurrección.

Notas

(1) La palabra griega es (exousia): poder, derecho, facultad, posibilidad, libertad, abundancia.
(2) En la moral natural se usaba el término “intrínsecamente malo”.