Descargue la Homilía en formato .PDF

↓ Descargar

Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Octubre 19 de 2015
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

En las Escrituras se usan varios términos para designar la avaricia; todos derivados de la palabra (pleon=lleno) y (echo=tengo) y ordinariamente están asociadas a injusticias de los diferentes poderes (económico, político, religioso). En el Nuevo Testamento, aunque hay muchas enseñanzas y parábolas de Jesús sobre la riqueza y el apego a ellas, es Pablo el que usa estas palabras para designar una pasión fundamental del ser humano, asociada no solamente a los bienes económicos sino también al desenfreno por el honor, el poder, el dominio. Algunas de esas palabras se han traducido por explotar, codiciar, estafar, engañar y el mal de raíz lo llama pleonexía, algo que nunca se sacia. Es el signo distintivo de una vida que ignora a Dios, pues al no tener su fin y plenitud en Dios la busca equivocadamente en sí mismo, erigiéndose como ídolo al que todo se someta. Pablo la identifica con la idolatría. Sirve incluso para diferenciar los falsos de los verdaderos predicadores pues los primeros buscan el lucro económico. Pablo lo contrarresta trabajando con sus manos, no siendo gravoso a ninguna comunidad e invitando a los creyentes a ser generosos con sus bienes. En la primera carta a Timoteo dice que el afán de lucro (amor al oro) es la raíz de todos los vicios: «La raíz de todos los males es la avaricia, y muchos, por dejarse llevar de ella, se extravían en la fe y a sí mismos se atormentan con muchos dolores». El prototipo puede remontarse al fruto prohibido en el paraíso cuando se arrebata y no se recibe de las manos de Dios con agradecimiento. El avaro puede tener una culpa neurótica e inauténtica porque no se siente culpable de avaricia y en cambio sentirse culpable de no acudir suficientemente al culto o a las prácticas devocionales. Respecto a la falta mayor terminan justificándola como fruto de su esfuerzo (sin solidaridad) o incluso de bendición divina (como en la Prosperity Gospel o evangelio de la prosperidad de muchas sectas contemporáneas), un pecado mayor. Malaquías, aunque centra en buena parte su mensaje sobre el diezmo al Templo —una forma de reconocer que los bienes son don de Yahvéh— hace de la avaricia una de las causas principales de la decadencia y desgracia de Israel. El evangelio de Lucas trae la exhortación de Jesús: «Guardaos bien de toda avaricia; que, aunque uno esté en abundancia, no tiene asegurada la vida con sus riquezas». En la enseñanza sobre lo puro e impuro en Marcos, igualmente es listada la avaricia como lo que salde del corazón: «De dentro, del corazón del hombre, proceden los pensamientos malos, las fornicaciones, los hurtos, los homicidios, los adulterios, las avaricias, las maldades, el fraude, la impureza, la envidia, la blasfemia, la altivez, la insensatez». Ambrosio, buscando una explicación del comportamiento de Judas dice: «Fue condenado por su avaricia, por pensar que el dinero era más importante que enterrar a Jesús. Se equivocó en fijar el precio de Jesús tan alto. Cristo quería valer tan poco que cualquiera pudiera pagarlo y ningún pobre quedara excluido de obtenerlo. Con su sangre nos redimió, no nos compró». Comentando sobre las aves del cielo dice que viven satisfechas porque ven los alimentos disponibles en la tierra como propiedad común para todos y no la propiedad privada de algunos; en cambio, nuestra avaricia y ambición es la que causa tanta pobreza entre los hombres. Los evangelios no traen un análisis complejo de la avaricia pero si una descripción de sus lamentables consecuencias y unos correctivos indirectos para la vida del creyente. En un régimen de odio, de avaricia, de despiadada competencia a todos los niveles que empuja al hombre a respirar una atmósfera de miedo al hambre, al desempleo, a los abusos, a la violencia, el mensaje de amor, incluso a los enemigos, nos permite desechar el temor. En los catálogos de vicios de los Padres Griegos que en la Iglesia Latina llamamos pecados capitales se enumeran ocho entre los que aparece la avaricia: gula, fornicación, avaricia, tristeza, cólera, envidia, vanagloria y soberbia. Muchos de ellos se hacen tan extendidos en los grupos sociales que terminan siendo virtudes nacionales justificadas por la propaganda y las teorías sociales. Las leyes de rendimiento financiero, de crecimiento empresarial, de crecimiento económico buscan estimular insolidaridades productivas para el consumo y muy poco para la solidaridad, el compartir o el repartir. En la Ley judía se decía que el hermano mayor, cuando eran dos, llevaría dos partes de la hacienda, y el menor una. Pero, cuando eran más hermanos, los rabinos resolvían la cuestión de maneras distintas. En la Mishna hay una sección para las herencias que era a menudo objeto de interpretación de los rabinos. No se dice en el texto de Lucas que el mayor retuviera injustamente la parte del menor o si, siendo varios, a éste no le satisfacía la solución aceptada según el criterio rabínico. En todo caso, siempre era un asunto enojoso la partición de herencias, y Jesús hace ver que había un problema más profundo en el corazón humano que no podía resolverse a punta de leyes, normas o interpretaciones. Entonces acude Jesús a una parábola en donde a menudo se pueden intuir los principios más profundos. La parábola, como corresponde a este género, es relativamente corta, escandalosa por el fin inesperado del hombre rico en tierras, con un punto de contacto expresado como pregunta: «Lo que has acumulado, ¿para quién será?»

Aún el hombre más rico depende de Dios que se hizo pobre. En el comienzo del profetismo también Natán utilizó con David una parábola de un hombre rico que arrebata su oveja al pobre. David intuye la parábola y se condena a sí mismo. En la parábola de hoy el hombre rico no es descrito como injusto, ladrón o derrochador sino como un sagaz hombre de negocios que planifica. Quiere acumular todo lo posible en el presente para asegurarse su futuro. Pero el centro de su futuro es el dinero y por eso la pregunta que se hace es «¿Qué hago?» en la que no entran los demás; solamente su propio interés. Este proyecto, seguramente considerado sensato y exitosos por los oyentes de entonces y de hoy es presentado, en contraste, por Jesús como insensato1. Tanto en el reinado de Dios en la tierra, como en su reinado en el cielo, los invitados han de ser los pobres, los tullidos, los cojos y los ciegos como se dice en otra parábola. Que los bienes de este mundo pierden toda significancia si no son para compartir es la orientación total de los evangelios, de los padres de la Iglesia y de su doctrina social. Es el juicio a la manera de los profetas que busca el cambio, la conversión a tiempo. Los oyentes de Jesús son tan locos como el rico insensato si dedican su vida a acumular bienes. La muerte repentina no es más la imagen de una muerte más profunda que es el sinsentido de acumular. El rico insensato será sepultado por su cosecha y morirá ahíto en sus graneros pero sin ningún sentido para su esfuerzo. La enseñanza directa sería la inutilidad del atesorar para prolongar la existencia. Invita a ir más allá con la advertencia final: «Así será el que atesora para sí y no es rico ante Dios»; ya está muerto en vida, aunque pueda seguir acumulando. Ya se fabricó la muerte definitiva.