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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Octubre 20 de 2015
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

El lenguaje apocalíptico en las Escrituras es el que más ambiguo a la hora de interpretarlo. Se presta para meter terror o confianza, certeza o confusión, esperanza o desespero, verdad o falsedad, chantaje o compromiso. En los evangelios aparece unido a las parábolas del fin y tuvo su origen en el lenguaje profético. Los profetas fueron dados a Israel precisamente para que el pueblo no buscara equivocados métodos para creer conocer el futuro como las pitonisas, adivinos, agoreros, oráculos. El pueblo debía confiar en Yahvéh y en que éste lo guiaría a un futuro desconocido pero maravilloso. Para corregir el rumbo equivocado, los profetas alertaban sobre la infidelidad a la voluntad de Yahvéh en el presente y los males que acarrearía, precisamente para que no llegaran. Es decir, para que el futuro trágico no sucediera. Al juzgar el pueblo las advertencias de los profetas a corto plazo se burlaron de ellos, los persiguieron y mataron. Ese profetismo a largo plazo es el lenguaje apocalíptico (revelación). Zacarías será el primero que con sus siete visiones nocturnas se vuelve vidente al cual se le habría descubierto el futuro de los pueblos y de Israel. Los rabinos ven en la apocalíptica la legítima continuación del lenguaje profético, pero en realidad hay muchas diferencias entre ellos. La apocalíptica utiliza un lenguaje determinista y dualista frente a la historia la cual divide en eones o eras y muchas imágenes cosmológicas catastróficas. En el Antiguo Testamento Daniel, Henoc, Esdras usan este lenguaje y en el Nuevo Testamento hay pequeños apocalipsis (unos pocos versículos) en Mateo, Marcos y Lucas y es especialmente abundante en el libro de la Revelación o Apocalipsis. El autor apocalíptico se presenta como quien ha alcanzado por revelación especial —ordinariamente de subida al cielo— el conocimiento secreto del fin del mundo para desde allí dar respuesta a los interrogantes suscitados por el presente. La esperanza individual (salmos) se vuelve en la apocalíptica una esperanza para que todos la canten. Tiene afinidad con la escatología, la parusía, el milenarismo aunque en cada caso busca fines especiales. Figuras claves de la apocalíptica son Babilonia, cataclismos, caída de astros, bestias marinas, la Bestia, animales mitológicos, el hijo del hombre (es el núcleo apocalíptico en los evangelios), Armagedón, el juicio de Yahvéh luego del exilio, signos de los últimos tiempos(1). El “apocalipsis” (escatológico) de Jesús no es más que su propia muerte: el cáliz es su pasión y el bautismo su propia muerte. Sus imágenes escatológicas son más “amables” que las del Antiguo Testamento o del libro de la Apocalipsis. Una de las imágenes más usadas es la del “banquete de bodas”, banquete celestial, que había sido acuñada por el profeta Jeremías. Las bodas del Cordero son una variación de la misma imagen, como lo es la cena con sus discípulos en el evangelio de Juan. Por otro lado Jesús se niega a indicar señales precursoras del fin, pues está reservado a Dios Padre y «la llegada del reino de Dios no está sujeta a cálculo». Incluso previene contra los que predican tales cosas, porque engañan a los creyentes. Jesús no trae una nueva doctrina sobre el reino de Dios ni realiza una radicalización de las esperanzas escatológico-apocalípticas sino que pone el reino de Dios en una relación indisoluble con su persona. El reino de Dios es él mismo y los que viven como él. Al lado de los fariseos, esenios, saduceos y zelotas podría citarse en la época de Jesús el grupo de los apocalípticos que no esperaban ya en una Jerusalén terrenal sino en una Jerusalén celestial con un sentido alegórico de la ciudad en donde la gloria de Yahvéh estaría siempre presente. Para Jesús sigue siendo Jerusalén el lugar de su pasión y muerte. En la apocalíptica de Jesús y de Pablo, los acontecimientos escatológicos no son solamente imágenes del futuro (no suficientemente claras sino vistas como en un espejo) sino que ejercen su influencia desde ahora por lo cual se debe vivir en la esperanza y no en la pena. Pablo representa el paso de la vida temporal a la eterna como una transformación o apoteosis maravillosa que plenifica la vida que ya se tiene en Cristo en este mundo. El reinado de Dios no es algo de lo que hay que hacerse partidario o el cual hay que confesar sino simplemente el reinado que ya ha comenzado y que viene o llega. Es algo tan próximo como el comportamiento diferente en la vida diaria. Algunos comentaristas hablan de la “escatología consecuente” o de la “escatología realizada” virando de una interpretación histórica a una existencial. En ésta el ahora (el kairos) es siempre una última hora, una decisión trascendental. El creyente no debe perderse en especulaciones escatológicas; su deber es configurar eficazmente el hoy que le es dado y el aquí y ahora en que vive(2). La imagen del criado que aguarda a su señor, que ha de volver de un banquete de bodas a alguna hora de la noche es apocalíptica (futura). El criado a la a la puerta para abrir, dejar pasar y conducir al señor a su casa es la actitud ahora (presente). El discípulo a cada momento debe estar equipado moralmente de tal forma que pueda inmediatamente acudir a la llamada del Señor. El discípulo que está pronto es felicitado, es llamado dichoso por Jesús. Se invertirán inesperadamente los papeles: el Señor le servirá a la mesa. Cambio completo de la situación: el siervo es señor, y el Señor es siervo. La gloria del reinado de Dios se compara con frecuencia con un banquete de bodas, que Dios prepara para los que acoge en su reino. Dios honra a los invitados sirviéndolos. La exhortación a la vigilancia la traen los tres sinópticos; Mateo y Marcos la traen al final del “discurso escatológico.” En Lucas aparece con mayor sentido moral, de comportamiento ético. Los detalles del relato son significativos. El estar “ceñidos los lomos” indica tener levantados y ajustados los vestidos para servir. Las “lámparas encendidas” aluden al cortejo nupcial que llega de noche, como era la costumbre en Israel. Cristo es el “esposo” que se esperaba que, como dijo en otro banquete en el que será también manjar, estaba entre ellos como un “servidor”. Cuando uno menos espere será especialmente bienaventurado. La novedad, la sorpresa forma parte de la vida cristiana. Si el siervo supiese (hipotéticamente) de la hora de su llegada quizás no estaría tan dispuesto a abrirle “inmediatamente”, sino que se apresuraría a prepararse, y a dejar que su amo vuelva a llamar antes de que le abra, y aun entonces no lo hará con gozo completo. Esto no es extraño en la vida corriente. La venida del Señor en un tiempo inesperado no es una trampa paras sorprendernos. Como lo entendieron los primeros cristianos el retardo es una mejor oportunidad para seguirle. Tenemos la oportunidad de vivir según nuestra fe, reflejando el amor de Jesús a medida que nos relacionamos con otros. El futuro no es revelable ni descubrible por es solamente construiste
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Notas

(1) El montanismo ya en el siglo II predicaba el fin del mundo al cual se opone Agustín de Hipona con una concepción diferente de la historia humana en la Ciudad de Dios.
(2) Decía Martín Lutero: «Aunque mañana el mundo se hunda, yo quiero todavía hoy haber plantado mi pequeño manzano.» Ilustra la esperanza ante lo desconocido.