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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Octubre 21 de 2015
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

La responsabilidad cristiana, como en general cualquier responsabilidad humana, está dada más por la conciencia que se tenga que por el poder que se posea. En el evangelio se da en parábolas que el oyente debe intuir más que en principios y normas. Es una responsabilidad encarnada en escenas reales o imaginarias en donde fácilmente el oyente deduce un comportamiento adecuado. La encarnación sería la parábola por excelencia y la más acabada forma de responsabilidad que puede conocer el hombre. Jesús tiene consciencia de su misión y la lleva a cabo aún frente a las amenazas y la muerte. Nada le hace desistir de su responsabilidad en la salvación. Los rabinos eran responsables de exponer la Torah como voluntad de Yahvéh y fueron bastante responsables de ello, especialmente en los poblados pequeños. Enseñaban a los niños la lectura para poder conocer las Escrituras, con gran sacrificio y a menudo en sus propias casas. Pablo se siente tan responsable de sus comunidades que estaría dispuesto a arriesgar su vida por ellas y tan responsable de sus hermanos judíos que «siento una gran tristeza y un dolor continuo en mi corazón, porque desearía ser yo mismo anatema de Cristo por mis hermanos, mis deudos según la carne, los israelitas». En Lucas y Juan es presentado Jesús como un pastor responsable que se preocupa por la oveja perdida y la busca. Contrasta con la respuesta de Caín en el relato del crimen de Abel pues Caín no se siente responsable «¿Acaso soy yo el que debe cuidar(1) a mi hermano?» La dificultad aquí con Caín es su poca consciencia moral. Yahvéh lo protege de sufrir igual castigo de muerte. Nadie puede decir con toda seguridad si otro es “culpable” objetivamente pues la responsabilidad personal es el juicio moral que solamente el mismo interesado puede hacerse de si es culpable o no. En el caso de David y Natán, el profeta ayuda a David a ampliar su consciencia moral y reconocer su culpa. Precisamente el cristiano está llamado a asumir sobre sí mismo la responsabilidad en pro de los demás que es lo que expresa que Jesucristo, siendo inocente, carga con la culpa ajena y nos redime para que redimamos. En la parábola de hoy tenemos una dificultad histórica por el hecho de que un siervo estaba obligado a una obediencia total y absoluta a su señor. A su trabajo no se debía pago ni gratitud, pues no hacía más que lo que tenía que hacer. En Pablo se usa para la relación del hombre frente a Dios pero no en la relación entre los seres humanos, ni siquiera para el esclavo que no pueda alcanzar su libertad. Pablo dice que se ha hecho esclavo de todos como Cristo con una hipérbole propia de su tiempo. En tal situación hoy no entenderíamos que se pueda aplicar el concepto de responsabilidad cuando tenemos otro nivel de consciencia. Sin embargo esos son los términos de las Escrituras de los que debemos partir. La Alianza entre Yahvéh y el pueblo escogido era como el tratado entre un vasallo (Israel) y su Señor (Yahvéh), luego se decantarán imágenes más poéticas como la de esposo y esposa, amante y amada, padre e hijo. El pueblo es responsable de la fidelidad a la Alianza. Para salvar la dificultad de la cortedad de la conciencia humana que acarrearía cortedad igualmente en su responsabilidad, entra en juego el Espíritu Santo que puede llevar más allá de la habilidad (o debilidad) humana. La conciencia es iluminada por el Espíritu y de hecho es el actor principal en toda vida sacramental que al introducir en el misterio de Dios hace capaz al hombre de lo que ordinariamente no se sentiría capaz. Pablo aclara a los corintios la conciencia que les da el “compartir el cuerpo y la sangre de Cristo” que les permitirá superar sus divisiones. Es algo que va más allá de lo que lograría
un simple mediador de conflictos. La responsabilidad de los cristianos frente al mundo va más allá de preguntarse qué pueden hacer por él a preguntarse «¿Qué es lo que Dios quiere?» cuya respuesta está en buena medida manifestada en Jesucristo. Así, la responsabilidad es la forma de comprometer la libertad para actuar. Tal compromiso tiene en el lenguaje bíblico una palabra clave que es ¡Amén! No es un asentimiento débil o un simple deseo sino una responsabilidad jurada, una renovación pública comunitaria y litúrgica de un compromiso con hacer realidad el mensaje del evangelio, las promesas de Cristo; un así haré, así lucharé para que sea, así me comprometo a actuar. El profeta Amós lo expresa en lenguaje escatológico claro para Israel: «Sólo a vosotros escogí entre todas las familias de la tierra; por eso os pediré cuentas de todas vuestras iniquidades», pues debía constituirse en bendición para los pueblos porque tenía mayor consciencia de Dios. En las Escrituras, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, hay un cierto movimiento pendular entre la responsabilidad (y conciencia) colectiva a la personal. Algunos han tratado de optar por una de las dos con no muy buen resultado. Ambas se relacionan y se alimentan en lo bueno y en lo malo. El Vaticano II reconoce junto al pecado personal el llamado “pecado social” o estructural. Hoy sabemos que la conciencia no se desarrolla solamente a nivel interno de la persona sino también externo en la convivencia social. Es claro en el “pecado ecológico” en el que casi han desaparecida ambas conciencias. La encíclica Laudato si ́ presenta un buen balance de ambas, pues no podemos esperar cuidar la casa común solamente con leyes globales sin el compromiso individual y viceversa no podemos esperar un cambio de cultura respecto a la naturaleza sin cambios sociales importantes. El profeta Jeremías lo expresa cuando dice: «Nuestros padres pecaron, ya no existen; y nosotros cargamos con sus iniquidades». Ezequiel sería la contraparte que enfatiza la responsabilidad individual para invitar a la conversión y al testimonio propio. Pero la clase dirigente en lo político y religioso tiene una responsabilidad colectiva. En una escala creciente se ubica el individuo, la familia, el clan, la tribu, la nación y el mundo.

El buen fruto de nuestras responsabilidades lo cosecharán otros, como a nosotros nos ha tocado recoger los frutos de irresponsabilidades (faltas de conciencia) de otros. Las palabras de David del libro de las Crónicas muestran la angustia de no poder separar ambos aspectos en el mal: «Yo soy quien ha pecado y ha obrado mal; pero estos otros, el rebaño, ¿qué han hecho? Que tu mano caiga sobre mí y sobre mi familia.» El cristiano debe sentirse “llamado” y no tanto “elegido” ni mucho menos un privilegiado como a menudo se pensó en el pasado con desprecio por el no creyente, el de diferente religión o el ateo. La pertenencia a la Iglesia hoy se entiende mejor como un incremento de responsabilidad que una prenda de salvación personal. En los cuatro evangelios se piensa en la comunidad como contraste con los valores del mundo, como esperanza para el mundo, como nueva sociedad. El hebreo no tiene un equivalente propiamente a nuestra idea de responsabilidad que hoy manejamos pero sí tiene una concepción más fuerte de la lesión, perjuicio que crea nuestro actuar en la víctima o las víctimas por lo que enfatiza la restauración del orden violado, del desequilibrio creado, la reparación. Así enfatiza un elemento clave de la vida cristiana como es la solidaridad la cual, sin afirmar la responsabilidad igual de cada individuo, promueve la unidad del cuerpo (para Pablo la iglesia es el cuerpo de Cristo) y la posibilidad expresada en la parábola del buen Samaritano. El llamado a hacer del necesitado mi prójimo y del prójimo mi hermano. El siervo de la parábola ilustra al que aún dentro de las condiciones poco aceptables de su época, es fiel a su misión, a su servicio y no se deja tentar por la facilidad o la molicie. Sabía lo que había recibido y actúa responsablemente, según el principio enunciado: «A quien mucho se le da, mucho se le reclamará, y a quien mucho se le ha entregado, mucho se le pedirá»

Notas

(1) Φυλαξ (filax) guardia, guarda, vigilante, guardián, custodio, centinela, guardia personal..