Descargue la Homilía en formato .PDF

↓ Descargar

Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Octubre 23 de 2015
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Si el Nuevo Testamento fuera un vademécum para cada situación humana bastaría son abrirlo y buscar la respuesta. No lo es, pero tampoco es ajeno a toda situación humana, no con la respuesta exactamente (a veces sí que la hay) pero con los principios con los cuales se puede discernir una respuesta adecuada como creyente. El cristiano se debe ejercitar regularmente en discernir por sí mismo los signos de los tiempos, dar testimonio de Cristo de acuerdo con la situación o necesidad del prójimo. Esa era la manera de actuar de los profetas. El profeta no es el que anticipa el futuro sino el que lee en la trama de los acontecimientos la voluntad de Dios, el sentido religioso de los hechos. Intuye cómo el reinado de Dios aflora, despunta en los signos de los tiempos (aún en los no creyentes) y se abre a la inspiración del Espíritu que actúa a través del creyente de forma creativa y novedosa. Precisamente porque se siente peregrino en el mundo es solidario con la historia de la humanidad sin fortalezas que defender ni privilegios que conservar. No huye de las mediaciones siempre imperfectas y limitadas por lo cual no necesita esperar a tener una certeza total; sigue los caminos imprevisibles del Espíritu. Los signos de los tiempos expresan los anhelos y aspiraciones más profundas de la humanidad. Son, por así decirlo, las nuevas formas como se manifiesta la encarnación permanente de Dios que se hace hombre. Tal fue la convicción que llevó a Juan XXIII a convocar el Concilio Vaticano II para poner el mensaje cristiano al servicio de la humanidad. Gaudium et Spes y Lumen Gentium son los documentos claves de esto que se llamó “aggiornamento” o puesta al día del mensaje. De este
modo evitamos dos tentaciones que tiene el hombre de fe: la primera es hacer insignificantes los acontecimientos humanos al instrumentalizarlos en función de una mera apologética de dogmas. Es la conocida frase —sacada de contexto— «no hay nada nuevo bajo el sol» y la tentación opuesta de tomar los acontecimientos con sentido de fatalidad frente a los que debe refugiarse en el castillo de su fe y huir del mundo. Fue el diagnóstico previo al Vaticano II que puede resumirse en «la Iglesia va bien pero el mundo va mal» que de alguna forma recorre toda la modernidad. La misma fe bíblica está enraizada en la historia del pueblo de Israel. En este sentido no hay fe sin historia, no hay salvación sin historia porque la fe es respuesta no fatalista a un acontecimiento, ella misma se convierte en acontecimiento que se inserta en la historia de Abrahán a Cristo y permanece en la historia. Dios se ha hecho palabra y acontecimiento sólo en la historia y esa palabra sigue interrogando, respondiendo, preguntando, callando y otro tanto sucede en el creyente. El creyente no puede idolatrar el presente por más atractivo que le resulte. Ningún impulso o aporte real daría a la historia de la salvación con querer eternizar el statu quo. No fue la actitud de Jesús, no lo puede ser ahora. La sangre de Abel sigue clamando al cielo. Una actitud semejante, pero de signo contrario, es la del que piensa que el mundo va tan mal que no hay nada que hacer para cambiarlo e impide que otros lo cambien. Es el fatalismo arropado en un Dios que no termina realmente por encarnarse, que vive en un Olimpo tranquilo y silencioso. Un Dios que no habla en la historia, en el tiempo y el espacio. La fe cristiana es esencialmente optimista, aunque diagnostique el pecado del mundo, pues precisamente ese pecado es el que viene a redimir la encarnación: «No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores». Si el mundo va mal puede ir mejor y ese futuro nos compromete a todos, es la terapia del futuro. Para el creyente, el proyecto mismo nos ha sido revelado, no se agota en lo que las ciencias sociales por separado o todas juntas puedan decirnos. El proyecto nos ha sido revelado en Jesús y en su evangelio. En la lectura de los signos de los tiempos entran, como su aporte específico, la fe, la esperanza y la caridad (amor eficaz). No lee los signos de los tiempos como mero ejercicio de curiosidad intelectual sino para encontrar en él la voz del Espíritu que le sigue hablando. Los cristianos no son solamente lectores de la historia sino también artesanos, leen los signos de los tiempos y a la vez crean signos de los tiempos. Disciernen y a la vez sirven de estímulo al discernimiento de otros. Pablo expresa en la carta a los romanos ese bullir de Dios en la creación y en los anhelos humanos: «La creación entera, hasta ahora, está toda ella gimiendo y sufriendo dolores de parto» y lo que espera es la manifestación de los hijos de Dios. En el evangelio de Juan se puede rastrear una línea continua entre creación, redención y salvación desde el momento en que expresa: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su hijo único». En toda la creación y la historia humana el creyente puede discernir los signos del amor de Dios. El retraso en esta lectura de los signos de los tiempos fue poco productivo a nivel del acompasamiento de la Iglesia y la sociedad. Nacía la sociedad burguesa, y muchos hombres de iglesia defendían las sociedades aristocráticas; nacían las sociedades nacionales y democráticas, y muchos hombres de iglesia defendían a los monarcas y el concierto europeo salido del Congreso de Viena; nacía la sociedad industrial, y muchos hombres de Iglesia elogiaban y defendían la sociedad agrícola; nacía la sociedad científica, y muchos
hombres de Iglesia veían sólo los riesgos de las ciencias para la fe y la vida cristiana; intenta nacer la sociedad en que la mujer sea verdaderamente igual al hombre y muchos hombres de iglesia, parecen cortejar todavía a una sociedad en la que el primer puesto corresponda al hombre, al varón. Separados del pueblo cerrados en una atmósfera sacral o burocráticamente mundana a pesar de las apariencias espirituales; y víctimas de un eficientismo eclesiástico que no por ser tecnológicamente moderno está más cercano del Evangelio, carece de los medios de comprensión, de discernimiento, de simpatía real para comprender, es decir, para discernir y después interpretar los acontecimientos. Interactuar con el mundo no siempre con la condena sino y mucho más a menudo con la misericordia es el desafío actual a la fe. Pero un singo singularísimo de los tiempos que reclama urgentemente no solamente el discernimiento sino el compromiso es el problema ecológico que de una manera clara expone la encíclica Laudato si ́. Un pecado ecológico que nos vuelve a esa unidad fundamental de creación, redención y salvación, a la tarea común de todas las religiones del cuidado por la casa que nos es común y a la responsabilidad frente al futuro con la pregunta: ¿Qué mundo quiere Dios que dejemos a nuestro paso? La experiencia y la ciencia nos han enseñado a observar con aceptable precisión los fenómenos meteorológicos y climáticos pero infortunadamente nuestra fe no ha ido a la par para leer unos signos que deberían ser más evidentes. «Conviértanse que el reinado de Dios está cerca» define el núcleo de la predicación de Jesús. Mal que bien hemos entendido la conversión pero poco hemos entendido que la cercanía del reinado de Dios cuenta con nuestra libertad comprometida y con nuestra capacidad para discernir los signos de los tiempos.