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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Octubre 24 de 2015
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Ante cualquier tipo de desgracia, es común y quizás mecanismo sicológico automático, pensar en que la hemos provocado por algún error, mala suerte, castigo o maldad de otros. Darle un sentido distinto y por tanto también reaccionar de manera distinta supone un cambio de mentalidad. Ese cambio es lo que expresa la palabra conversión (metanoia). Las 24 veces que aparece en el Nuevo Testamento, fue traducida por penitencia con lo cual quedó reducida a uno de los mecanismos posibles para buscarla. El fin de la penitencia es la conversión y la primera por sí sola poco sentido tiene. En cambio convertirse es posible sin recurrir a la penitencia. Con la exaltación actual de la autonomía, disposición libre de sí mismo, creatividad con iniciativa propia y otros valores contemporáneos, la conversión parecería superflua o innecesaria. El mandato de Jesús: «Conviértanse porque el reino de Dios está cerca» no implica necesariamente que lo que hagamos sea malo, despreciable o negativo sino que no debemos estancarnos allí. Conversión es vuelta permanente a Dios y siempre hay espacio para nuevos virajes en la dirección de un reinado aún incompleto. Puedo tener autonomía pero no la tienen todos los hombres y convertirme es luchar para que la tengan. Así puedo analizar muchos otros valores humanos y espirituales en los que conversión es ir de mal a bien (en algunos casos), de bien a mejor y de mejor a óptimo sin agotar la escala valorativa. El yo —valorado en nuestra cultura Occidental— enriquecido por la filosofía, el derecho, la sicología y la siquiatría sin la conversión a los demás (Padre Nuestro) termina en el narcicismo de poseer personas y cosas sólo para la propia ventaja, en arruinar su vida —en sentido evangélico— y la de los demás. Precisamente el concepto de persona, que en Occidente terminó sinónimo de individuo, es sinónimo de comunión y se difundió como definición de la Trinidad (el Padre no lo es sin el Hijo y el Espíritu porque Dios no existe sino como tres para el creyente). En el plano humano hablamos de adulto (en contraste con infante o adolescente) cuando se es capaz de reconocer los derechos de otros para que le sean reconocidos los propios: matrimonio, ciudadano, propietario. El yo se reconoce con madurez frente a un tú y un él que es mi prójimo. Un sacerdote obrero oraba: «Señor, hazme conocer la verdadera intimidad del otro, aquella tierra inexplorada que es Dios en nosotros». Dietrich Bonhoeffer definía a Jesús en términos de relación como «el hombre para los demás» con gran profundidad teológica y bíblica. El pueblo judío fue continuamente llamado a la conversión por medio de los profetas. Las personas y grupos sintieron la distancia que les faltaba por recorrer para ser un pueblo según el querer de Yahvéh. En general entendieron la conversión como cambio del camino desviado por el influjo de costumbres poco apropiadas de otros pueblos. El Nuevo Testamento propone la conversión (metanoia) como cambio del modo de pensar y de obrar, renovación integral de la persona como comunión con Dios y los demás, no como individualidad. El último representante del modo de pensar del Antiguo Testamento es Juan el Bautista quien predica el bautismo de penitencia para evitar la ira de Dios. Para Jesús la conversión es necesaria para adentrarse en el nuevo reinado de Dios. La radicalidad de la imagen se expresa como nuevo nacimiento, hacerse como niño, hombre nuevo, renacer y otras expresiones. Hasta lo mismo existente cambia por nuevos cielos y nueva tierra, recrear, todo es hecho nuevo y otras expresiones. Todo esto se contiene en la expresión de Pablo «ser en Cristo» o en términos de experiencia pascual pasar de la condición humana a la de resucitados según el Espíritu. El móvil de la conversión no es la amenaza de un castigo (ya el pecador se castiga a sí mismo con su desarreglo) cuanto la fascinación de penetrar en la vida del amor trinitario. La invitación es a los publicanos, prostitutas, fariseos, ricos, hombres buenos porque todos pueden participar del misterio pascual de Cristo. A todos alcanza el llamado a la conversión que puede tener un momento puntual de arranque pero dura toda la vida. El cristiano se siente peregrino como un hombre que vive bajo la tienda en condición provisional como una persona que yace bajo la ley fundamental de la conversión siempre más profunda, inserto en la dinámica del misterio pascual de muerte y resurrección. Todos los sacramentos son mojones en ese camino que nos indican que no hemos llegado aún a donde Dios nos quiere. Lo son igualmente las actividades pastorales como cursillos sacramentales (primera comunión, confirmación, matrimonio), ejercicios espirituales, retiros, jornadas de oración, cuaresma, adviento así como muchas mistagogías (caminos de perfección). En la carta a los gálatas Pablo da una pista del ideal hacia el que tiende la conversión: «Estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, pues es Cristo el que vive en mí». En la historia de la espiritualidad cristiana, desde los monjes del desierto, se ha buscado un “mapa de ruta” para el camino de conversión. El más conocido es el de la vía purgativa, iluminativa y unitiva que hoy presenta cierto desgaste. La versión Ortodoxa (parte de Máximo el Confesor) habla de la vía de la virtud, la contemplación de la naturaleza y el camino de la teología (no como ciencia especulativa sino como contemplación de Dios). Tiene la ventaja de una mirada más optimista del ser humano y sus pasiones e igualmente de la naturaleza o creación. Las pasiones han de ser purificadas no erradicadas, deben enfocarse positiva no negativamente. No se trata de suprimirlas sino de transfigurarlas. En la contemplación de la naturaleza se busca llegar a que todas las cosas sean teofanía (manifestación de Dios), todo el universo como “arbusto en llamas lleno de fuego divino que no se consume”. El verdadero misticismo como «descubrir lo extraordinario en lo ordinario». Ver todas las cosas, personas y momentos como signos sacramentales de Dios. Que las cosas se nos vuelven transparentes, pasando de la teofanía a la diafanía. La contemplación no solamente para encontrar a Dios en todas las cosas sino también en las personas. Ver a todo hombre o mujer como un icono de Dios. Para encontrar no hay necesidad de alejarse del mundo, aislarse de los demás humanos, y sumergirse en una especie de mundo místico. Por el contrario, Cristo nos mira a través de los ojos de aquellos con quienes nos encontramos. Todo esto refleja un buen “mapa de ruta” de la conversión. El llamado del evangelio de hoy: «Si no os convertís, todos pereceréis igualmente» no solamente se aplica a la persona que destruye su vida y la de los demás sino que si no nos convertimos la que perece es la casa común de todos. La encíclica Laudato si ́ de Francisco, obispo de Roma, habla de la urgencia de la “conversión ecológica”. No está desligada de la conversión cristiana y hoy se ve como inherente a ella. Dice en el numeral 217: «Vivir la vocación de ser protectores de la obra de Dios es parte esencial de una existencia virtuosa, no consiste en algo opcional ni en un aspecto secundario de la experiencia cristiana». Hoy, la “hoja de ruta” de la conversión se nos amplía a nivel planetario y de toda la humanidad.