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Pistas para la homilía

  •   Domingo Diciembre 06 de 2015
  •   Pistas para la Homilía del Domingo
  •    Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.

Un Adviento con oscuros nubarrones

Lecturas:

- Libro de Baruc 5, 1-9
- Carta de san Pablo a los Filipenses 1, 4-6. 8-11
- Lucas 3, 1-6

Como es natural, las tres lecturas de este II domingo de Adviento contribuyen a crear un clima adecuado de oración para prepararnos a la celebración de los misterios navideños. Cada uno de estos autores lo hace según su propia perspectiva y estilo. Nos focalizaremos en Baruc y Lucas, leídos desde la actual situación que vive la sociedad, amenazada por el terrorismo internacional.

Empecemos por el libro de Baruc. ¿Qué nos presenta? Utiliza dos imágenes que son muy sugerentes. La primera de ellas se refiere al vestido: invita al pueblo de Israel a que se despoje del vestido de luto para revertirse “para siempre con el esplendor de la gloria que Dios le da; envuélvete en el manto de la justicia de Dios y adorna tu cabeza con la diadema de la gloria del Eterno”.

Esta invitación a despojarse del luto vistiéndose de fiesta, es una manera muy gráfica de referirse a una nueva situación que se abre para el pueblo de Israel y para la humanidad en general. La referencia al luto recuerda los duros momentos que ha vivido la comunidad por haberse alejado del Señor de la Alianza y haber regresado a los dioses de los pueblos vecinos.

Además de la imagen del cambio de vestido para referirse a los acontecimientos positivos que vendrán, el profeta Baruc toma un simbolismo inspirado en la Ingeniería Civil, con el cual expresa la nueva experiencia de salvación que vivirá el pueblo elegido: “Dios ha ordenado que se abajen todas las montañas y todas las colinas, que se rellenen todos los valles hasta aplanar la tierra, para que Israel camine seguro bajo la gloria de Dios”.

La liturgia de la Iglesia al proponer este texto de Baruc, con sus dos imágenes del cambio de vestido y del terreno aplanado, nos dice que el Adviento marca un momento muy especial dentro de la vida del pueblo creyente, para el cual hay que disponerse adecuadamente.

Sin embargo, en esta Navidad 2015 no va a ser posible despojarnos del vestido de luto y cambiarlo por el de fiesta. Por culpa de estos exaltados fanáticos del Estado Islámico, que asesinan despiadadamente en nombre de Dios, ningún país del mundo podrá celebrar en paz, y de manera desprevenida, el nacimiento del Señor. Nadie se siente seguro si viaja en avión, o si asiste a un concierto, o si comparte con amigos en un bar o restaurante, o si participa en una ceremonia religiosa.

La lucha contra el terrorismo tiene retos descomunales. Esto se complica todavía más cuando los violentos aspiran a morir en esos actos para así convertirse en mártires y llegar al paraíso.

Esta lectura de Baruc que hoy hacemos, en el contexto internacional del terrorismo del Estado Islámico, debe suscitar hondas reflexiones en los líderes políticos y en la sociedad civil. La respuesta simplista no es el cierre de las fronteras y el rechazo de millones de musulmanes honestos. Este monstruo que amenaza con devorarnos es el resultado de equivocadas decisiones políticas de las grandes potencias.

Estas consideraciones nos llevan al texto del evangelio de Lucas, donde aparece la recia figura de Juan Bautista, quien predica un bautismo de penitencia. Juan es la voz que resuena en el desierto. Es inevitable asociar la predicación de Juan Bautista con el ministerio pastoral del Papa Francisco.

En los más diversos escenarios mundiales, Francisco está desenmascarando las grandes mentiras de nuestro tiempo y, de manera profética, está señalando el camino que debería seguir la humanidad si no quiere seguir avanzando hacia el abismo. Lo ha dicho ante millones de jóvenes en Rio de Janeiro, ante el Congreso norteamericano, en la sede las Naciones Unidas y en África, lo mismo que en su encíclica Laudato si.

Con un lenguaje directo, cercano, profundamente pedagógico, está diciendo lo que muchos no quieren escuchar, y está llenando un vacío de liderazgo, dentro y fuera de las fronteras de la fe.

No hay tiempo que perder. El cambio climático no da espera. Tampoco da espera el clamor de los pobres, que son miles de millones. Los migrantes plantean unos retos enormes que desbordan los recursos de un país y requieren la respuesta articulada de la comunidad internacional. No nos olvidemos de las aterradoras cifras del desplazamiento forzado dentro de las fronteras de nuestra patria.

A pesar de las decoraciones festivas que nos hablan de la Navidad, este Adviento está oscurecido por nubarrones de terrorismo, pobreza y violencia de todos los tipos.

No seamos simples espectadores de la escena nacional e internacional. Asumamos un rol activo y aportemos a la construcción de una realidad diferente desde los valores del Evangelio. Que la lógica de los valores humanos y cristianos sea más poderosa que la locura de los fanáticos.