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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Enero 17 de 2016
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Es claro que el lenguaje que Jesús utiliza para aclarar el reinado de Dios son las parábolas y dentro de estas hay un grupo que corresponde a la imagen de banquete, que adquiere más realce cuando se trata de un banquete de bodas. En Lucas se trata de un banquete que da un rey en el que terminan «pobres, tullidos, ciegos y cojos» como invitados y en Mateo se dice que es el banquete de bodas del hijo del rey con la orden: «A las salidas de los caminos, y a cuantos encontréis llamadlos a las bodas». En Juan aparece de una manera implícita la parábola en las bodas de Caná. En un lenguaje bastante simbólico, en el Apocalipsis, una escena destacada es la llamada “bodas del Cordero”. En el Antiguo Testamento, con todos los altibajos que se presentan entre Yahvéh y el pueblo, los incidentes giran alrededor de la imagen del “matrimonio” de Yahvéh con su pueblo. También Pablo habla de la relación de Cristo con su Iglesia, con lo que esto pueda entrañar de compendio de la creación, redención, consumación, alegría y fecundidad. Vale la pena mirar las costumbres judías para el matrimonio. El compromiso (qiddushin) era parte indispensable del matrimonio y había castigo para el matrimonio sin compromiso previo. Ambos eran momentos de fiesta. Aunque el compromiso no implicaba relación conyugal sí exigía fidelidad. El matrimonio (hatunnah) podía retrasarse hasta un año y si no se realizaba y se había recibido regalos, mediaba un divorcio y compensación por la humillación del inocente. En el intercambio de argollas se expresaba: «Con esta argolla quedas consagrada como mi esposa (esposo) según las leyes de Moisés y la fe de Israel». El compromiso matrimonial excedía entonces la privacidad de la pareja misma. De ahí que los banquetes comprometían a parientes, vecinos y al pueblo en general, todos bajo las leyes de Moisés y la fe de Israel. La presencia de Jesús, su madre María y los discípulos resultaría natural. Sin embargo, la actuación de María puede tener muchas lecturas, desde su intercesión en favor de la alegría de la fiesta hasta representante del pueblo fiel de Israel que reconoce que ya no hay vino (alegría) en las vasijas de piedra de la ley judía escrita también en piedra. Que la fiesta se dé «al tercer día» sin que sepamos a partir de cuándo, insinúa el uso estereotipado de esta expresión para la resurrección que es la alegría completa de los creyentes. «Haced cuanto él (Jesús) os diga» son como un eco de las del Padre Eterno: «Este es mi querido Hijo, en quien tengo todas mis complacencias, escuchadle». Dios no transforma al hombre solo, sino por mediación de los seres humanos y su eficacia depende de la docilidad del mediador como instrumento en manos de Dios. En el caso de María está en el FIAT y en los ejemplos de fidelidad que nos narran los evangelios. La mediación actúa de manera inversa a como ordinariamente imaginamos la intercesión. En la intercesión somos los humanos los que nos valemos de otros seres humanos que sentimos más cercanos a los poderosos (palancas) o a Dios para que obtengan de Él lo que le pedimos. En la mediación, es Dios mismo quien se vale de los seres humanos para hacernos sentir su amor misericordioso, o sea, somos los hombres los mediadores del amor misericordioso de Dios. No sobra decir que Juan utiliza en su evangelio de manera sistemática la palabra “semein” (signo) para los hechos de Jesús que se han traducido a menudo por milagro. En Juan el “milagro” verdadero es ser capaces de amar como Jesús. La Biblia Vulgata (traducción latina) es cauta en el uso de la palabra “milagro” y la reserva para el Antiguo Testamento. Usando Juan la palabra signo evita equiparar el hecho a un prodigio espectacular y lo presenta como signo de liberación de los seres humanos y en este caso (bodas de Caná) signo de alegría. En Israel las bodas eran fiestas de gran alegría. Duraban ordinariamente siete días y su momento culminante era el encuentro de los novios. En la tarde del primer día de la fiesta llevaban a la novia a la casa de los padres del novio, donde generalmente se celebraba el banquete. La fiesta era acompañada por los amigos del novio y muchachas cantando. La novia se cubría el rostro. Era costumbre que hombres y mujeres bailaran y comieran separados. El banquete de bodas era una imagen del reino desde los tiempos del profeta Jeremías. Un profeta que hizo de su misma soltería un gesto profético de lo que esperaba el pueblo. En las bodas de Caná se siente una síntesis teológica y simbólica del mensaje de Jesús. A la llegada del Mesías correría el vino (señal de alegría) en abundancia. Las vasijas con agua eran para las purificaciones propias del judaísmo en una celebración más que meramente humana. Junto con la circuncisión y el Bar-Mitzvah no había otros momentos comunitarios que tuvieran tanto sentido humano y religioso a la vez. Se dice que en la casa había seis tinajas de piedra para el agua, de una capacidad notable, toda vez que cabían en cada una de dos a tres medidas que darían un total de unos 600 litros, cifra hiperbólica de la alegría. Las tinajas de piedra se recomendaban porque no contraían ninguna impureza ritual. Pero el tono fundamental del relato es la alegría de la fiesta. Jesús habla del matrimonio en otros pasajes respondiendo a las inquietudes de saduceos y fariseos. No cabe ver en este relato de las bodas de Caná el fundamento cristiano del matrimonio que sí mencionan otros textos. Resulta por demás significativo que Juan describa estas bodas como el primer gesto público de Jesús; antes solamente ha estado en contacto con sus discípulos. Siendo de extracción judía, y seguidores del Bautista (según Juan) pensarían que Jesús habría de restaurar la pureza perdida de la religión judía, y que sería su jefe en la lucha contra la opresión romana; pero María pensaría más que en lo anterior, en la alegría de la fiesta, afectada por la falta de vino. Por parte de Jesús, este episodio sugiere que en vez del juicio inminente que predicaba el Bautista, lo inminente era el reinado de Dios mejor representado por el vino que por el agua. Como detalle histórico podemos anotar que Ireneo, Tertuliano, Orígenes, Basilio, Crisóstomo, Efrén y Cirilo de Alejandría, anteriores al siglo V, ven la intervención de María en las bodas de Caná como indiscreta, basándose en la respuesta de Jesús: «¿Qué nos va a mí y a ti, mujer? Todavía no ha llegado mi hora». El tratamiento de «mujer» que en la escena final al pie de la cruz se convierte en «madre» y el discípulo amado en «hijo», resultaba incluso en tiempo de Jesús muy inhabitual, frío y distanciado cuando no hiriente. La hora de Jesús, en el evangelio de Juan y en pleno sentido, es la «hora de la glorificación», la hora de la pasión y resurrección de Jesús; pero esto que sabe el lector es desconocido para los actores del relato. Los sirvientes (diáconos) sabían de donde salía el vino pero no el mayordomo, tema que resulta frecuente en Juan. «De dónde» viene el don de Jesús, «de dónde» viene él mismo, no terminan de entenderlo sus oyentes. Al final sobremos que viene de donde nosotros esperamos llegar y la manera de hacerlo: «ámense unos a otros como yo los he amado». Toda la revelación en Juan se reduce al amor, un amor que nunca hubiéramos descubierto por nosotros mismos que nos deja a todos tan admirados como a los comensales.