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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Enero 19 de 2016
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

El sábado (shabbath) que los cristianos terminarán trasladando al domingo, gana en significado por la resurrección pero se empobrece en el sentido que tenía esta institución judía como futuro de la creación. El descanso dominical fue decretado por Constantino como un homenaje al sol (día del sol) junto con el descanso prescrito (aunque se excluía a los esclavos y a los campesinos). En el judaísmo hay un tratado de 24 capítulos en la Mishnah, relativo al sábado Aunque está prescrito en el Exodo, Levítico, Números, Isaías y otros, las normas del sábado salen más de la Torah oral (tradición) que de la Torah escrita. Por esto los rabinos decían que era como una montaña colgando de un hilo. El libro del Shabbat divide las prohibiciones de trabajar en 39 categorías, incluyendo actividades relativas a la agricultura, la preparación del pan (alimentos) los tejidos, la escritura, la construcción, los oficios públicos, el transporte privado y público. El último capítulo trata del cuidado de los animales, del cuerpo humano, el nacimiento, la circuncisión, las prácticas médicas y el manejo de los cadáveres. La preparación del sábado debía hacerse el viernes antes del atardecer. El sábado marcaba de tal manera la vida judía que había alrededor de 16 sábados especiales en el calendario. El descanso sabático (menuha en hebreo) marcaba la sacralidad del tiempo , en vez del espacio. Siendo el ser humano una creatura del tiempo y el espacio, necesita dar sentido a ambas realidades. En las religiones vecinas a Israel era clara la sacralidad del espacio: una montaña, una piedra, un río, un bosque, un santuario, un templo pero poco había de la sacralidad del tiempo (ordinariamente cíclico). Según la tradición judía la creación estaba desde un comienzo orientada a la redención, representada en el sábado como consumación y “fiesta de la creación”; el sábado era la restante séptima parte que faltaba al mundo venidero. En algunos textos de las Escrituras, especialmente en Juan, Dios crea el mundo por amor y su culmen no es el hombre sino el sábado. El hombre es creado en el 60 día (parasceve) y su plenitud, junto con toda la creación, se da cuando llegue el sábado. En el Exodo (20:11) se da como razón para el mandamiento del sábado que Yahvéh hizo el cielo y la tierra en seis días, no que los creó. El sábado es la salvación de la creación, cuando vuelva a Dios y la humanidad —a la que se ha dado como gracia o tarea la semejanza en Cristo— haya desplegado la fuerza del Espíritu. La mera salvación del hombre, sin la salvación de la creación es incompleta. Por más que nos creamos o nos hayamos convertido en el centro de la creación, no es ese el pensamiento bíblico. Así dice Francisco, obispo de Roma: «En esta línea, el descanso del séptimo día no se propone sólo para el ser humano, sino también «para que reposen tu buey y tu asno» (Ex 23,12). De este modo advertimos que la Biblia no da lugar a un antropocentrismo despótico que se desentienda de las demás criaturas ». El sábado es como la celebración anticipada de la redención del mundo. La identificación de hombres y mujeres con su frenética actividad laboral u ocupaciones no hace justicia a la concepción bíblica de creación ni a la concepción del sábado. Lo que se bendice en el sábado no es algo viviente sino el tiempo: el séptimo día. En el lenguaje tradicional de la teología podría decirse que el sábado con su reposo (menuha) no es una gracia creada sino la gracia increada de la presencia de Dios para toda la creación. Si bien Jesús dice que el sábado ha sido creado para el hombre y no el hombre para el sábado, que comentaremos más adelante, podemos decir que el mundo es creado para el sábado porque sólo en sábado existe “en la presencia de Dios”, no como objeto de las ambiciones humanas. Mientras que en las Escrituras se bendice a una u otra creatura particular (Abrahán, Isaac, Moisés, David, etc.) la bendición del sábado es universal. Los personajes bíblicos son bendecidos dentro de la historia; el sábado fuera de la historia, en su futuro: “el sábado eterno”. En el lenguaje sapiencial se hace del sábado la “hermana de Israel”, la “prometida de Israel”. El teólogo judío Abraham Heschel dice que si el judaísmo es la religión del tiempo, el sábado es la catedral del judaísmo, la máxima expresión de su arquitectura del mundo que paradójicamente no ocupa espacio; o mejor, ocupa todos los espacios. El espacio, los dominios, las naciones corresponden a la distribución del poder, de la posesión pero el tiempo es el mismo para todos. En el sábado se juntan el tiempo y la eternidad. Si otras religiones representan la divinidad en imágenes, Israel, con el sábado, la representa con el tiempo. En las formulaciones del Decálogo, el mandamiento del sábado es la más extensa y así termina siendo la más importante. Lo que dice en el fondo es que es imposible celebrar la alegría del reposo a expensas de otros o de la creación. El sábado es la reconciliación a la manera como dice Pablo de Jesús muerto en cruz: «Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo (cosmos) consigo» (2 Co 5:18). En este contexto podemos apreciar mejor las actitudes de Jesús frente al sábado. La queja de los fariseos es porque los discípulos cogen espigas en sábado, cosa que estaba permitida a los pobres, pero no en sábado. Vale la pena anotar que Jesús defiende a los discípulos de hacer algo que Jesús mismo no hace. El primado de la misericordia frente a la observancia de la ley es claro en los evangelios, precisamente porque en el sábado esperado (sábado eterno) no habría tales dificultades, necesidades, ni sufrimientos. Los gestos de Jesús son un avance, un pregustar lo que se espera. La esperanza del sábado era el descanso del otro: el buey, el asno, el burro del agricultor; de la mujer o esposa del judío de sus quehaceres domésticos; del esclavo frente a su amo, de la tierra frente a la agricultura. Cuando en sábado se aligera el sufrimiento de otro se está apuntando a su sentido último, incluida toda la creación. El argumento escriturístico que trae el evangelio de hoy es poco convincente con el ejemplo de David. No se dice en el Antiguo Testamento que la acción de David y los suyos hubiera ocurrido en sábado. Tampoco que haya siquiera penetrado en el santuario sino que se hizo dar los panes de la proposición por el sumo sacerdote Aquimelec, padre de Abiatar. La comunidad cristiana tendría disputas relativas del sábado como las tenían los judíos y sus celebraciones ya se empezaban a deslizar del sábado judío al domingo con la celebración de la resurrección. Si bien se gana en identidad cristiana frente al judaísmo, también se pierde parte del sentido judío del sábado. Qué el sábado fuera para el hombre era aceptado por los rabinos pues en casos graves no obligaba guardarlo. Lo novedoso del argumento sería el hijo del hombre como señor del sábado, en una visión nueva de lo que fuera el hombre. Jesús se dio a sí mismo tal título con lo que nos remite a su persona misma más que al libro de Daniel quien acuña el título. Cuando seamos como Jesús, entonces el sábado tendrá plenitud de sentido. Por lo pronto permanece oscurecido aún. El domingo no lo reemplaza sino en parte.


1 Los judíos siguen guardando el sábado, los musulmanes el viernes y los cristianos en su mayoría del domingo, excepto los adventistas del Séptimo Día.
2 Laudato si´# 68