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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Enero 20 de 2016
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

El judaísmo, como las demás religiones, veía un desarreglo en la enfermedad y buscaba superarlo. En el Talmud se habla de las obligaciones para preservar la salud pues la salud del cuerpo entrañaba también la salud del alma; la persona (bashar) era un espíritu encarnado o un cuerpo espiritualizado. Dividir el cuerpo del alma no era de la mentalidad judía y nos viene de la mentalidad griega, en la cual el cuerpo terminó siendo una cárcel para el alma. En el Tamud se proscriben actividades antihigiénicas o riesgosas, incluyendo beber aguas contaminadas o entrar en construcciones o situaciones peligrosas. Pero también había muchas actividades riesgosas necesarias para ganarse la vida y así se permitían siempre y cuando se evitaran tres delitos graves: homicidio, idolatría y relaciones sexuales prohibidas. En los demás casos, la vida tenía precedencia sobre la observancia de las leyes. Insistir por ejemplo en ayunar en el Yom-Kippur (el único día de ayuno obligatorio) contra la salud, o rechazar tratamiento médico en sábado era considerado como propio de un “piadoso mentecato”, sin ningún mérito religioso. Tratamientos coercitivos como la cuarentena de leprosos, higiene militar, purificaciones corporales y en menor grado lavado de manos, leyes dietéticas (kosher), moderación en todo, derivaban su fuerza de ser preceptos religiosos y no civiles. Pasaban más por las manos del rabino que del funcionario público. En el evangelio de hoy nos enfrentamos a una enfermedad o dolencia con un diagnóstico complejo en el judaísmo: parálisis. El rey moabita Balac pide a Balaán que paralice con una maldición al ejército israelita. Pero Yahvéh le impide maldecir, y lo obliga a bendecir. Ciertamente creían los judíos en el poder paralizante de una maldición. En la historia del paralítico bajado por el techo, Jesús le perdona los pecados pues según la creencia judía eran ellos lo que lo convertían en paralítico. También puede leerse como que el perdón es lo que realmente necesita la persona, pues el sentimiento de culpa también paraliza el actuar. Sentirse profundamente amado por Dios en vez de castigado puede ser más importante que sentirse sano. En muchas leyendas antiguas el basilisco (criatura mitológica) tenía la capacidad de paralizar con la mirada. El profeta Amós, cuando describe el día del Señor (yóm-Yhvh) utiliza igualmente expresiones de parálisis. Los carros armados se hundirán en el barro, la infantería ligera quedará paralizada, los soldados veloces no podrán huir; a los fuertes les faltarán las fuerzas; los arqueros no podrán resistir; las tropas de asalto fallarán; los jinetes se verán aniquilados y los más valientes se entregarán a una huida vergonzosa. En el relato del evangelio de Juan sobre el paralítico de Betzatá, la discusión posterior es sobre el pecado propio y sobre Jesús que quebranta el sábado. En la visita de Jesús a Nazaret, queda paralizada su acción sanadora por la incredulidad de la gente. En los Hechos de los Apóstoles toca a Pedro y Juan comparecer ante el sanedrín por la curación del paralítico en la puerta Hermosa. No se les prohíbe allí sanar enfermos sino “hablar en nombre de Jesús”. Hay un detalle litúrgico significativo en la iglesia Ortodoxa y es que se prohíbe arrodillarse en domingo y durante la pascua, pues es signo de humillación, de pecado. Estar de pie es signo de resurrección. De pie se está en el camino de la libertad, de rodillas se está paralizado, es imposible caminar y en los relatos evangélicos a los postrados Jesús les da la orden de levantarse. Donde se encuentra con abatidos, paralíticos, atrofiados, les ordena: ¡Levántate! En la misma vida de Jesús se discutía el sentido de sus curaciones. Mientras unos (los necesitados) las entendían como signos del actuar de Dios, los opositores de Jesús los consideraban como artificio demoníaco, como engaño, como charlatanería: ««Este tiene a Beelcebul; y es por arte del príncipe de los demonios por quien éste arroja a los demonios» (Mc 3:22). Los sordos, los mudos, los ciegos, pueden entenderse como personas con funciones paralizadas o paralizantes que les rebajan no solamente su autoestima sino que los condenan a la marginalidad religiosa y social de entonces. Pero Jesús no ve a la humanidad como una suma de males irredimibles que deban paralizarla. Tuvo la seguridad y la fe de que valía la pena luchar por el hombre hasta morir por él. Quizá nadie como Jesús ha sido tan radical en esta última confianza en las posibilidades de salvación de lo humano. Ver el mal no fue para él paralizante, sino exactamente al contrario: le empujaba a un mayor y total entrega amorosa. La idea de pecado que se tenía en el judaísmo terminaba paralizando a muchos. También muchos eran no propiamente paralíticos sino “paralizados” por otros. Los pobres y los oprimidos han sido siempre caldo de cultivo de la enfermedad. Esto era especialmente cierto en tiempos de Jesús, no sólo a causa de las condiciones físicas en que vivían, sino también, y sobre todo, a causa de sus condiciones psicológicas. Muchísimos de ellos parecen haber sufrido enfermedades mentales que, a su vez daban origen a circunstancias “psicosomáticas” como la parálisis o las dificultades en el habla. Muchos males no son propiamente personales sino sociales, de grupos marginados o excluidos que hoy las ONG llaman los “sin voz” o los “invisibilizados” de la sociedad. Como en otros relatos de curaciones, las circunstancias y detalles son indicativos del sentido teológico que buscan. Los opositores de Jesús lo acechan para ver su comportamiento en sábado. Las dos preguntas que Jesús les hace sugieren una respuesta inducida hacia lo afirmativo. En sábado se debe hacer el bien y salvar la vida (psyche, también alma) y el silencio que guardan apunta a que están de acuerdo. Jesús, en cambio, esperaba una respuesta desbordada y una actitud a favor del hombre de la mano paralizada. El problema de los judíos era lo que pudiera significar el bien y la salvación en día sábado. En semana era evidente que en las sinagogas se atendía enfermos. Pero en sábado solamente cuando la vida peligraba. Evidentemente aquí no se trataba de peligro de vida sino de un quebranto de salud como los señalados en el Talmud. Una ausencia total de males o enfermedades sólo era pensable en un futuro cuando desapareciera su razón de ser y ese futuro era el que Jesús sentía que se inauguraba en él mismo. Así que curar en sábado no era quebrantarlo sino darle el sentido futuro (escatológico) que a menudo olvidamos en nuestra relación con Dios. El sábado (shabbath judío) era imagen temporal de lo intemporal (sábado eterno) que perdía sentido si se limitaba a normas y preceptos. Como nuestra eucaristía, que no deber perder el sentido de Marana-tha (¡ven Señor Jesús!) o el ¡Amén! que es compromiso con el futuro. Aquí puede entenderse la anotación de Marcos frente a la audiencia indispuesta, que resultó ser de fariseos y herodianos: «apenado por la dureza de su corazón». Si miraran no tanto el sábado que estaban guardando sino la imagen del sábado que esa celebración revelaba, verían el gesto de Jesús en concordancia con ella. No es que como por arte de magia desaparezcamos el dolor actual sino que con nuestro compromiso cristiano luchamos por reducirlo en el futuro. Quiso Dios que el futuro dependiera del corazón compasivo de los creyentes. La dureza del corazón nos paraliza y paraliza a otros.