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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Enero 25 de 2016
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Esta sección final del evangelio de Marcos, añadida en época posterior, que falta en los manuscritos más antiguos y que muchos padres de la Iglesia desconocen, resume los relatos de las apariciones que narran los otros evangelios, especialmente los de Lucas y Juan. El evangelio de hoy destaca el envío a predicar y un condensado de su contenido. Al envío va unida la tesis de que fe y bautismo son necesarios para la salvación con su correspondiente pareado de que quien se resista a creer se condenará. Además, enumera las señales que acompañarán a los predicadores. Muestra una comunidad creyente ya constituida y en plan de misión. El bautismo, como lo recupera en su definición el Vaticano II es la inmersión en la pasión y muerte de Jesús para ser como él resucitados. Pero en esta corta formulación de Marcos en el evangelio de hoy no se ahonda en ese significado. Baste decir que en muchos creyentes se confunde lo anterior, que es todo un proyecto de vida, con el rito bautismal, como celebración litúrgica. Con nuestra gestación en un ambiente familiar concreto, ya está sucediendo el bautismo como acontecimiento. Si hay un ambiente familiar evangélico ya hemos venido siendo engendrados como creyentes. Como rito, tiene mucho que ver con el surgimiento de la comunidad cristiana en Antioquía para distinguirse del judaísmo y su circuncisión. Ser cristiano entonces, no era añadir una creencia más al ser judío sino adquirir una identidad nueva. Bautizar no significa (a pesar de lo atractivo de las imágenes y lo mucho que se usan) ni purificar, ni lavar, ni limpiar ni bañar. Significa sumergir en la muerte y resurrección de Jesús y el agua es la metáfora que quizás se ha desgastado o impregnado de otros ritos afines. Estos van desde lo meramente higiénico hasta las abluciones rituales de judíos, musulmanes, hinduistas, budistas, etc. Mientras más la persona viva la vida de Jesús, más se manifiesta el sacramento del bautismo que termina con la muerte misma. Para hacer posible mantener esta conciencia de bautizado se requiere la fe que es el otro elemento citado en Marcos. Es una fe que acoge desde la libertad la filiación divina que ya se tiene. Quien no la acoge frustra su propia existencia y a menudo la de los demás. Por eso no es nada aclarador decir que por el bautismo nos hacemos hijos de Dios sino que ya lo somos antes del mismo bautismo. Son los padres creyentes, los padrinos creyentes, el ambiente en donde se sumerge el bautizado, sea niño o adulto. Es sumergido en la fe actuante de los padres y padrinos. Visto así el bautismo, todos los demás sacramentos que se van perfilando a lo largo de la vida del creyente son una radicalización, renovación o explicitación del bautismo. La conversión (reconciliación), por ejemplo, ha sido denominada como “bautismo de lágrimas” porque exige rectificar errores del pasado. La eucaristía porque es renovar la capacidad de sufrir en bien de los demás: «Por lo tanto, hermanos, os exhorto por la misericordia de Dios a que ofrezcáis vuestros propios cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; sea éste vuestro culto espiritual» (Rm 12:1). El matrimonio que es llamado por Pablo el misterio (sacramento) por excelencia, como compromiso de dar la vida por el cónyuge. Pero la fe que aquí subyace no se reduce a un conjunto de afirmaciones que se aceptan sino la fidelidad del hombre a una opción moral que lo lleva a fidelidad a los otros. La fe de Abrahán, que Pablo relee como su verdadera paternidad (padre en la fe) es la confianza en la palabra de Yahvéh. Es tras el acontecimiento pascual y durante la misión primitiva de la comunidad creyente que surge la expresión salvífica: «Convertíos y tened fe en el evangelio». (Mc 1:15) Podríamos decir que Jesús mismo es el ejemplo de quien tiene fe, porque confía plenamente en que la voluntad del Padre es lo mejor para él, aunque le implique sufrimiento y finalmente la muerte. Jesús mismo se subordina a la fe, se somete a sus posibilidades y anima a los hombres a seguir su ejemplo. Los escritos del Nuevo Testamento no parecieran referirse a Jesús como creyente ni a la fe de Jesús en Dios. Esto porque escritos luego de la experiencia pascual, Jesús aparece como el objeto de la fe. A menudo lo expresamos como “creer en Jesús ”. Sin embargo, en el Nuevo Testamento y particularmente en los Evangelios, Jesús es el caso absoluto de la fe en Dios. Su singularidad es la experiencia inmediata de apertura a que se realice en él la voluntad de Dios y a no oponerle nada en su persona. El ejemplo más claro es la oración en Getsemaní: «¡Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz! Sin embargo, no se haga mi voluntad, sino la tuya». Desde esta perspectiva la fe puede mejor formularse como “creer a Jesús”. Para los seguidores de Jesús, la fe se concreta en fidelidad a una vida a la manera de Jesús. Ese, y no otro, es el parámetro de la propia fe. La fe puede, pues, pasar o no pasar por la razón, como un conjunto armado de principios enunciados en un Credo por lo que Pablo asegura que el mero apego a la ley judía no puede engendrar la salvación sino que ésta viene por la fe. La fe, como conclusión de la razón, queda a merced de los contra argumentos de la filosofía y el ateísmo. La fe, por el contrario, toma en serio el presente pero se abre al futuro en donde cualquier argumentación es vana. La fe abre a la novedad, a la sorpresa, a la creatividad del Espíritu que le son inherentes. Esta manera de entender la fe, que libera de cualquier exaltación o vanagloria personal, del mérito propio, lleva al creyente a una relación de gratuidad con toda la creación. Aquí hay un elemento en Marcos, pues se pide predicar el evangelio a toda la creación mientras que en Mateo son enviados a predicar a todos los pueblos. La fe no incide, pues, solamente al interior de la persona sino en sus relaciones con los demás y con el cosmos. Pablo, dice en la carta a los romanos que es la esperanza del cosmos mismo: «Porque la anhelante espera de la creación aguarda con ansiedad la revelación de los hijos de Dios» (Rm 8:19) adquiriendo su plenitud cuando «Dios lo sea todo en todo» (1 Co 15:28). Una de las objeciones frecuentes a la fe es que parece una limitante y hasta enemiga de la racionalidad tan apreciada en el mundo moderno. Pero por el contrario es una puerta que se nos abre hacia lo infinito, hacia el acto creador continuo que sucede en nosotros. El Evangelio, que Jesús anunció durante su ministerio terrenal, sólo había de convertirse, mediante su entrega a la muerte, en la fuerza motriz que impulsa a los discípulos a obrar de acuerdo a como se describe la predicación de Jesús mismo. Aunque muchos signos especiales se relatan, el más creíble en ese y en todos los tiempos es la misericordia con los excluidos, marginados y la compasión con toda la creación. Los apóstoles se sienten envidos, no por sus propias fuerzas sino por la suprema autoridad del resucitado. Los envíos narrados en la vida pública son adelantos del envío definitivo.

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1 Sacramento fue la traducción que dio la Vetus Latina (traducción del griego al latín de las Escrituras) a la palabra griega misterio, para evitar que se confundiera con los ritos mistéricos (de iniciación) de las religiones griegas. Infortunadamente se ha confundido de todos modos.
2 A menudo se reduce a creer unos hechos narrados como ciertos sin que tengan consecuencias en la vida personal.