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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Enero 26 de 2016
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

La familia, institución que bajo diferentes formas aparece en todas las culturas, sufre múltiples variaciones a lo largo de la historia. Ni el hebreo, ni el griego conocen un término para designar lo que hoy llamamos “familia”. La palabra más cercana designa a la vez la vivienda y la comunidad doméstica o familia ampliada. En el Antiguo Testamento lo más cercano es casa (casa de David, casa de Judá) o tribu (tribu de David, tribu de Judá). Decir que "el Dios de los padres" es un Dios familiar no se refiere a lo que entendemos hoy por familia sino a la tribu. La casa la conforman todos los que viven bajo un mismo techo, junto con herederos y descendientes (esclavos, esclavas, parientes biológicos y legales). Un concepto especial es el de «casa de Dios» que no se refiere al Templo sino al país en el que Yahvéh habita, mediante su pueblo. En el judaísmo el Templo puede ser lugar de la gloria de Yahvéh, de su presencia pero nunca habita allí, como en otros pueblos vecinos. En el judaísmo no hay propiamente santidad del espacio, porque lo santo por excelencia es el tiempo (el Shabbath o sábado). «No habita el Altísimo en casas hechas por mano de hombre» (Hc 7:48). Algunos de los profetas ven precisamente en la construcción del Templo por Salomón, el comienzo de la apostasía del verdadero culto. A este panorama se debe añadir que el surgimiento del cristianismo resquebrajó la familia judía, como claramente se atestigua en los evangelios en donde se habla de nuevas casas, hermanos, hermanas, madres e hijos sin que se mencione la presencia del padre. Ahora se habla de familia de Dios que podría equipararse a la expresión judía de “casa de Dios”. Una expresión muy significativa de la concepción que Pablo tiene del pecado, es que utiliza la misma palabra de casa o familia para decir que «Si hago lo que no quiero, ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado que habita (hace casa) en mí» (Rm 7:20) con lo cual muestra la dimensión ambiental del pecado, es decir, lo que hoy conocemos como pecado estructural o pecado social; o al menos la estructura misma del ser humano. El ambiente familiar judío era poco propicio a la vivencia de la fe y en varias ocasiones Jesús les pide abandonarlo para seguirlo a él. De ahí que el mismo evangelio nos muestre cómo estas dificultades no eran ajenas a la vida misma de Jesús. El evangelio de Juan nos relata un episodio de tentación al mesianismo de Jesús que viene de sus propios hermanos quienes le piden que vaya a Jerusalén para que vean sus obras «Pues ni sus hermanos creían en él» (Jn 7:5). Igualmente Marcos nos narra cómo los parientes buscaban a Jesús para llevárselo porque creían que estaba fuera de sí, que muchas biblias traducen como demente, loco, exaltado. Pero si bien en la propia casa o tribu había que enfrentar dificultades, en la nueva casa o tribu (familia nos suena más cercano) de Jesús también hay dificultades. En el mismo evangelio de Juan aparece una dura frase respecto a Judas: «¿No he elegido yo a los Doce? Y uno de vosotros es diablo» (Jn 6:70). Además, hay quejas abundantes de Jesús respecto a su nueva casa, tribu o familia cuando no entienden su ministerio, cuando duermen en la hora difícil del huerto, cuando es negado y abandonado. En una conclusión genérica podemos decir que el evangelio no se identifica de manera unívoca con ninguna organización humana pues apuntando a un reinado que no es de este mundo, ninguna organización de este mundo consigue agotarlo. Por el contrario, tiene la capacidad de cuestionarlas todas. La casa, tribu o familia judía que se constituía básicamente por línea paterna y por generación biológica (descendencia de Abrahán), es afectada por la idea cristiana de paternidad y maternidad espiritual, por la exaltación de la virginidad (sin ningún aprecio en el judaísmo ), por la defensa de la soltería, por el reinado de los cielos, por la dignidad de la viudez, por elementos que no encontraban acomodo en el judaísmo a no ser a nivel profético (Jeremías permanece célibe). Hoy ciertamente tenemos desafíos nuevos. La familia actual es un “invento” relativamente reciente con su carga jurídica. “Mi casa es mi castillo” parece ser una buena consigna de lo que se entienda hoy por familia, con rasgos aún marcados del patriarcalismo y con poca apertura al testimonio del evangelio o de servicio al prójimo. Los “valores familiares” como bandera de los políticos no van más allá de mi casa, mi carro, mi trabajo, mi mujer, mis hijos con poca apertura el prójimo. Sería impensable tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. En éste, la verdadera familia o «casa de Dios» es sin duda la comunidad. Ella es lo que se ocupa de las viudas, los huérfanos, los pobres. Los dones (carismas en Pablo) son para utilizarlos al servicio de la comunidad y los falsea quien los usa para auto edificarse. Así lo tipifica Pablo: «El que habla en lenguas se edifica a sí mismo; el que profetiza edifica a la Iglesia» (1 Co 14:4). Muchas concepciones de familia hoy han terminado alimentado el egoísmo colectivo con poco sentido evangélico. Por lo general, al hablar de los valores familiares nos contentamos con valores puramente naturales como si en este aspecto Jesús no tuvieran nada nuevo que añadir a no ser bendecir lo que tenemos. Se dice con facilidad y casi como dogma que la familia es base y célula de la sociedad. ¿Pero de qué tipo de sociedad? No parece que fuera la cristiana. Los israelitas esperaban formar un pueblo de hermanos y se enfrentaron a la opresión dentro de sus propias tribus. Intuyeron que sólo un padre (Yahvéh) común podría superar las luchas intestinas, no los patriarcas de las tribus. La familia, desde el evangelio, no es una organización dada por una unidad biológica de cohesión grupal, los hermanos no lo son a nivel de carne y sangre, sino que se “hacen familia”, como se “hace prójimo” el buen Samaritano en la parábola de Lucas, en la medida en que asumen los valores del evangelio, optan por ellos y se vinculan para realizarlos. La familia evangélica no es un privilegio que algunos reciben por nacimiento y que defienden y conservan ante otros (ricos ante pobres, propietarios frente a despojados, poderosos frente a dominados). En este contexto no resulta extraña la respuesta que da Jesús a su madre y sus hermanos que lo buscan. «He aquí mi madre y mis hermanos. Quien hiciere la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre». Seguramente muy pocos de los presentes entendieron esta respuesta y tampoco se “hicieron familia” de Jesús, pero estaba en ciernes una nueva idea de lo que deba ser una familia cristiana: abierta a la trascendencia, que supere las limitaciones que impone lo biológico, en la que prime el sentimiento maternal (no el dominio patriarcal o peor aún el machismo) y en la que todos seamos hermanos. Una familia así escapa a cualquier Estado o legislación pero a veces la logramos percibir en la compasión y solidaridad humana.

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1 Dejando de lado el tema del manejo del parentesco en la Biblia, Juan utiliza αδελφοι (adelfoi) que significa tanto hermano como pariente próximo o allegado.
2 Jefté pide a su padre que la deje ir con sus amigas a llorar su virginidad en los montes (Jc 11:37).