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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Enero 27 de 2016
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

En las parábolas de Jesús se perfila un pasado más de agricultor que de artesano. Hay varias parábolas que tienen que ver con la tierra, la semilla, el cultivo, el crecimiento, el rendimiento de las cosechas, los frutos, los pájaros, las lluvias, el verano, el invierno. Una parábola muy significativa del reinado de Dios es la semilla que crece sola y la del sembrador que bien puede considerarse como una ampliación de ésta, con alusión a las circunstancias que pueden condicionar su crecimiento. El crecimiento vegetal es como la venida del reinado de Dios con una evolución que en la manera de entender de entonces (sin los conocimientos agronómicos que hoy tenemos) no podía ser sino milagroso y obra de Dios mismo. Hay en griego incluso una raíz común para logos (la palabra) que es la que se encarna en el evangelio de Juan, con la palabra lego que es el trabajo de sembrar cuando se recolecta la cosecha. En la alegoría que se pone como explicación de la parábola, aparecen las rocas donde cae la semilla y en Mateo se nos dice que al morir Jesús tembló la tierra y se hundieron las rocas; que José de Arimatea depositó el cuerpo de Jesús en un sepulcro excavado en la roca y de hecho entendiendo la “palabra de Dios” como lo que entendían en la época, bien puede Jesús ser la semilla misma. En la concepción hebrea la palabra es lo más sublime que hay en el hombre, así como en algunos Padres de la Iglesia será el entendimiento (la razón, el intelecto) y por la palabra se da la comunicación entre Dios y el hombre. En el monte Horeb, la revelación de Yahvéh a Elías no se presenta en el terremoto ni en el fuego sino en el susurro de la palabra. El signo por excelencia de Pentecostés es la palabra (hablar en lenguas). En la concepción hebrea, en donde Dios crea con la palabra (davhar) se significa la palabra y la cosa misma. Se sigue que en la palabra siempre se contiene algo de la cosa y que la cosa es accesible solo por la palabra, con lo cual ésta no puede ser separada de su contenido ni el contenido lo puede ser de la palabra. “Palabra de Dios” (lo usamos al proclamar las lecturas eucarísticas) era en la época de Jesús el acto mismo creador de Dios. La palabra del profeta se consideraba configuradora de la historia, iluminadora de la alianza y por ello era una palabra que implicaba serios riesgos al pronunciarla. Las palabras acusadoras contra el Templo y los escribas le ocasionaron a Jeremías la condena a muerte y al centro de los sufrimientos de su vida no está tanto en su pasión como en la historia de los sufrimientos de la palabra de Yahvéh. En el mismo Jeremías se narra la historia del libro (=rollo) como una historia de pasión de la palabra. Pero en las difíciles situaciones de los profetas, en que les toca guardar la fidelidad a Yahvéh frente a los desmanes de la monarquía y el Templo, la palabra que pronuncian es de juicio, de desgracia, de calamidad. Sin embargo, las palabras del juicio de Yahvéh no son presagio destinados necesariamente a cumplirse sino que apuntan a la conversión para evitar el castigo anunciado; así, las acusaciones se convierten en exhortaciones. En el evangelio hay buenas bases para pensar que Jesús es la palabra, es decir, la semilla misma. El es el acto creador de Dios (davhar) y el mismo Jesús no utiliza la expresión «palabra de Dios» cuando habla o actúa. En los Hechos de los Apóstoles si aparece la expresión «palabra de Dios» para designar la predicación apostólica que no puede tener otro referente que el mismo Jesús. Más bien, utiliza un lenguaje parecido al de la palabra creadora: «yo os digo». No es un lenguaje como el de los profetas y rabinos que buscaban ser intérpretes legítimos de la ley de Dios sino que se pone a sí mismo en oposición o en vez de la Torah (ley). Su palabra sustituye la Torah porque es la misma palabra hecha carne. En los relatos de curaciones, éstas se siguen a la palabra. De ahí que la hemorroisa es curada cuando habla con Jesús, no cuando toca la fimbria de su manto. La prioridad la tiene la palabra sobre la obra y ésta está subordinadas a la palabra. La confesión del centurión es clara «basta una palabra tuya para que mi criado se cure» (Mt 8:16). Cuando Jesús prohíbe en Marcos que los curados divulguen sus curaciones, es porque no es por estos relatos que debe conocerse el mesianismo de Jesús sino por la pasión misma, que es otra forma de su palabra. Esa será la palabra definitiva, pues la cruz constituye la clave de todo el leguaje que sin ella es figurado sin posibilidad de ser descifrado. La cruz misma como clave de interpretación de todo el evangelio (clave hermenéutica) resultaba escándalo para el judío que anhelaba experimentar el poder de Dios y locura para el griego que buscaba experimentar la sabiduría de Dios. Marcos da una interpretación alegórica a la parábola del sembrador como la da Mateo de la cizaña y ambos atribuyen estas interpretaciones a Jesús. Hoy es común el consenso de que corresponden a la comunidad creyente las alegorías. Corresponderían el borde del camino, las aves, las espinas y el suelo pedregoso a criptogramas de la persecución, la seducción de las riquezas, etc. Pero sin la alegoría la parábola sigue teniendo fuerza y provocando intuiciones valiosas en todos los tiempos. Los mimos accidentes en la siembra pródiga evocan el gran esfuerzo que ha de realizar el agricultor y ponen de relieve la satisfacción que, a pesar de todo, produce la cosecha. No son pues ni para calificar el terreno digno de la semilla ni para desanimar la siembra pródiga sino por el contrario para animarla. Habrá cosecha de todos modos. La semilla pródigamente sembrada (Jesús, el llamado a la conversión, la compasión, etc.) llena las expectativas del reinado de Dios. Hoy, la alegoría puede ser muy variada, dependiendo de tiempos, lugares y personas. Pero siempre será válido que aunque se malgaste mucho esfuerzo, puede lograrse una buena cosecha si se siembra pródigamente. En el caso de Jesús como semilla sembrada y muerta (imagen de Juan) apenas consiguió un puñado de seguidores que a su vez se convirtieron en semilla. En la alegoría recogida por Mateo de la parábola de la cizaña «el que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre» con ese giro de tercera persona para referirse Jesús a sí mismo. Pero aplicado el criterio antes dado de la cruz, es Jesús quien se siembra a sí mismo: muriendo. La parábola, como está en Marcos, supone un largo período durante el que la eficiencia y la autenticidad de la fe cristiana se vieron sometidas a prueba por «las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas» y por «la persecución y tribulación a causa de la Palabra». La parábola se propone dar una lección y servir de aliento a los cristianos en tales circunstancias. Hoy, en circunstancias muy diferentes, todo fiel cristiano puede ser un sembrador pródigo. Una gran parte de su obra quedará estéril. Algunos oyentes nunca abrazarán la fe. Otros se desalentarán ante las dificultades o se dejarán seducir por la prosperidad. No obstante, el predicador puede estar seguro de que al fin sus esfuerzos producirán fruto. La parábola sigue animando hoy como entonces incluso revisando la siembra para hacer nuevas re-siembras. ¿Quién puede decir que ha llegado al fin de su conversión o de la siembra?


1 La raíz es - (leg-) juntar, recolectar, decir, discurso.
2 Platón decía que pensar era tener un diálogo con uno mismo.