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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Enero 28 de 2016
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Hay muchas instrucciones puntuales de Jesús para los discípulos en los evangelios. Todas ellas pueden mirarse desde una perspectiva amplia de misión o envío, como lo realiza el mismo Jesús mismo, modelo de todo creyente. Jesús define su misión como la de quien “no ha venido a ser servido sino a servir”. El Padre envía al Hijo por amor, para que el ser humano pueda llegar a la plenitud de ese mismo amo, su propia plenitud. Esto suponía cambios fundamentales en la manera de entenderse el judío a sí mismo, sus relaciones con los demás, con el mundo y con otros pueblos. Así, conocemos la realidad última del hombre; al iluminarse sus rincones más profundos. Jesús, unido al hombre alcanza a toda la humanidad. El Vaticano II dice: «En virtud de su misión y naturaleza, la Iglesia, no está ligada a ninguna forma particular de civilización humana ni a sistema alguno político, económico y social, por esta su universalidad, puede constituir un vínculo estrechísimo entre las diferentes naciones y comunidades humanas» (LG #42). Aunque el contenido mismo del mensaje cristiano puede resumirse de múltiples maneras, es dable hacerlo como predicar la paternidad común y fraternidad para todos. De ahí que no es posible pensar dicho mensaje como algo secreto, de saberes misteriosos para unos iniciados, que mejor corresponden al concepto de secta religiosa. La exhortación de Francisco, obispo de Roma, Engelii Gaudium nos pide «¡No nos dejemos robar la alegría evangelizadora!». La misión, propiamente tal, es compartir la alegría de la fe que en la transformación que produce en quien cree, hace que la fe no crezca por proselitismo sino por atracción. En los primeros siglos de la fe cristiana, una de las tentaciones y amenazas más fuertes —que de alguna forma sigue vigente— fue el gnosticismo que buscaba saberes secretos, ocultos, conocidos de unos pocos . Sus raíces vienen del helenismo grecorromano, su poder cultural y político. El gnosticismo insistía en la salvación mediante una sabiduría secreta (o gnosis). Proclamaban el conocimiento superior basado especialmente en principios filosóficos, misterios de iniciación, ciertas doctrinas cristianas y elementos de magia. Su carácter ecléctico le permitió penetrar las comunidades cristianas de los primeros siglos. Tiene (como el dualismo) una lucha entre el Dios bueno creador del alma y un demiurgo o dios malo creador de la materia. La creación del mundo material sería el resultado de la caída de la Sofía (sabiduría). Un redentor enviado por Dios traería la salvación mediante la gnosis o saber secreto. Mezcla elementos de la fe cristiana con creencias orientales y judías, y presume conocer los secretos ocultos de Jesús; prolifera en multitud de sectas en las que se accede a los secretos por grados y por etapas. Pero las enseñanzas de Jesús, si bien son difíciles de vivir porque entrañan el propio sacrificio, no son misteriosas ni alambicadas. En el evangelio de hoy, se habla de que las enseñanzas de Jesús sean conocidas por todos. La imagen, fácilmente comprensible, de la lámpara que se pone sobre el candelabro, alude a ello. A los discípulos Jesús les dice que han de ser como la luz del mundo, pero también el mismo Jesús es considerado como «luz para alumbrar a las naciones». Jesús predicó, enseñó y actuó en público. Aunque se diga que en privado instruía a sus discípulos, o bien lo que se refiere de esas enseñanzas son alegorías de las parábolas o no se menciona qué contenía la instrucción, que al no recogerla los evangelios muestran su intrascendencia. Aunque hay variaciones en los evangelios, podemos decir que si escribas, fariseos, saduceos (sacerdotes) y sectores de la población no aceptaron las enseñanzas de Jesús no fue porque fueran extrañas y mistéricas sino porque parecían muy en contravía de la religiosidad de la época. Los discípulos (entre ellos “los doce”) igualmente con variaciones, tienen una relativa comprensión de Jesús en su vida pública y total aceptación luego de su muerte. Pero tampoco ellos alcanzaron saberes secretos ni mistéricos, sino que terminaron entendiendo el «misterio del reino de Dios» como algo por lo que podían sacrificar hasta sus propias vidas. En la comparecencia de Pedro ante el sanedrín, deja claro y a nombre de los apóstoles, que nada podrá detenerlos: «Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hc 5:29). Si la comunidad creyente se hubiera circunscrito al círculo de Jerusalén o Galilea, sería como aquel que pone una lámpara debajo del almud o de la cama. Algo similar a lo que sucede al grupo de seguidores de Jesús le pasa a Pablo. Cuando tiene la experiencia por la cual Dios «se dignó revelar en mí a su Hijo para que lo anunciase a los gentiles» (Ga 1:16) se siente impelido a llevar esta alegría a todos los no judíos; hasta llegar a expresar: «Porque evangelizar no es gloria para mí, sino necesidad. ¡Ay de mí si no evangelizara!» (1 Co 9:16). El mensaje del evangelio no podía quedarse oculto solamente para un pueblo o una región donde Jesús había ejercido su misión; debería manifestarse y darse a conocer porque no estaba atado ni a las tradiciones ni a la esperanzas del pueblo judío. Las parábolas del reinado de Dios como grano de mostaza, levadura en la masa, semilla que crece sola, sembrador pródigo, apuntaban hacia la expansión de un reinado que no dejara a nadie por fuera, al menos como oferta; que no todos recibirían, pero podrían tener la posibilidad de rechazar. La exhortación «el que tenga oídos para oír, que oiga» que había sido dicha en el círculo reducido de quienes oyeron las parábolas, se aplicaba ahora a toda la humanidad. La comunidad creyente debe prestar oído atento y comprender el encargo que tiene de actuar en el mundo, pues de otra forma el reinado de Dios no se realiza. Llevar una existencia escondida sería contrario a la voluntad de Dios . Los creyentes no pueden encerrarse en un gueto ni convertirse en una secta clandestina. Esta tentación surgió durante las persecuciones hasta llegar incluso a la “disciplina del arcano” por la cual ni oraciones como el Padrenuestro debían ser conocidas fuera de la comunidad creyente. También hay una exhortación a los misioneros: «Atended bien a lo que oís». No indica simplemente una actitud receptiva, sino que exige además una participación personal, la voluntad de aplicarse lo oído y de hacerlo fructificar para la propia vida. Quien presta atención al evangelio y siente cómo transforma su vida, se vuelve un anunciador de dicha transformación para otros. La medida de este anuncio no puede ser otra que la expresada en la parábola del sembrador: pródigamente sin mirar terreno, seguro de que no quedará improductiva su siembra. La existencia nuestra como creyentes confirma que no fue improductiva la siembra de la primera comunidad creyente.