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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Enero 29 de 2016
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Las parábolas con base en la agricultura son comunes en los evangelios. Juan Bautista hablaba de producir buenos frutos; igual idea aparece a menudo en los evangelios. Ya los griegos sabían que todo ser vivo viene de una semilla por lo que al origen del ser humano hablan de semen de la fecundación como sementera. El pueblo judío se interpretaba como semilla o simiente de Abrahán y en el evangelio de Mateo se muestra a Jesús como de la simiente de David. En la parábola del sembrador se habla de los diferentes suelos en que puede caer la semilla. Juan dará el sentido más concorde con la pasión y muerte de Jesús cuando habla de la semilla que cae en tierra para morir y dar fruto. Pablo, al explicar cómo puede ser la resurrección acude a idea similar para decir «se siembra lo corruptible, resucita lo incorruptible» (1 Co 15:42). Contrapone la semilla desnuda que se deposita en la tierra y la planta que de ella nace. Los hombres de ese tiempo no veían el desarrollo de la planta como algo puramente biológico sino como fuerza divina que la hace crecer. La manera como el Deuteronomio describe la tierra prometida es muy significativa: «La tierra en que vais a entrar para poseerla no es como la tierra de Egipto..., donde echabas la semilla y la regabas con tu pie, como se riega una huerta. La tierra en que vais a entrar para poseerla es una tierra de montes y de valles que riega la lluvia del cielo. Esta tierra depende del cuidado del Señor; sobre ella tiene fijos sus ojos el Señor desde el comienzo hasta el final» (Dt 11:10-12). Las parábolas que comparan la venida del reinado de Dios con la semilla nos dan una idea de que no podemos apresurar su venida ni por la lucha contra los enemigos (como los zelotes), ni imponiendo el costoso cumplimiento de la ley (como los fariseos) sino esperando con paciencia y con confianza su venida: grano de mostaza, levadura en la masa, semilla que crece sola. Con Jesús, presentado como logos (palabra, verbo) en Juan que ha sido dado a todo hombre y que llevó a varios Padres de la Iglesia a hablar de “semillas del logos ” o “semillas del espíritu”, podemos decir que así como en todo hombre están la semilla de Adán que lo ata a ser terreno y finito, está igualmente la semilla de Cristo resucitado (nuevo y verdadero Adán, según Pablo) que lo llama y le posibilita a la infinitud, a la vida eterna. Depende el resultado del terreno que resultemos siendo y cómo germine la semilla. El Vaticano II lo expresa: «El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre» (GS # 22). Para el creyente no es dable entender al hombre sin Cristo resucitado y no se comprende adecuadamente a Cristo resucitado sin referirlo al hombre. Es una semilla que dará fruto más allá de que la dejemos ser planta desarrollada. Hasta tal punto llega la confianza optimista en la semilla que en esta parábola del crecimiento espontáneo se dice que es «la tierra por sí misma» produce, usando la palabra automático (en griego, automáte) que lleva a la maduración. Sólo Lucas identifica la semilla con la “palabra de Dios” en la alegoría que hace del sembrador. Los demás evangelio queda abierta la identificación. “Palabra de Dios” sin embargo, no se reduce a las meras palabras o léxico de los evangelios; en la época de Jesús aludía a la acción de Dios, quien actuaba y acontecía en quien recibía su palabra. No era un mero consejo o una orden sino un acontecimiento de la palabra. Por ello se dice en el Génesis que Yahvéh crea el mundo con su palabra. Quizás no sea tan fácil dar mucha trascendencia a la palabra porque la hemos devaluado o desgastado. En los pueblos primitivos la palabra era un documento público con igual o mayor valor que un documento escrito y firmado . Toda experiencia de Dios se puede volver “palabra de Dios” si se discierne a la luz de la Biblia. Así, podríamos establecer la siguiente ecuación: Reino de Dios = Semilla = Palabra de Dios = Acción creadora de Dios.

La acción del Espíritu como pequeña semilla que crece en silencio, nos hace pensar que el poco de fe, esperanza y caridad que pueda circular en una comunidad cristiana puede producir probablemente más frutos de lo que normalmente parece que se puede comprobar. Admitir esto exige vivir en la fe, pues a menudo podemos convertir el evangelio en un proyecto humano a la manera de las grandes empresas comerciales. Tal puede ser el caso de algunas actitudes que no tenían mucho valor en el judaísmo y que son inesperadamente usadas por Dios para construir su reinado como la esterilidad y la viudez; y de una manera más clara en los relatos del nacimiento, de la virginidad, de los que se hacen eunucos (célibes) por el reinado de los cielos.

Dejando las parábolas un amplio campo para la intuición en la el caso de la semilla que crece sola podemos pensar si el reinado de Dios es semejante a la semilla o a lo que sucede cuando se siembra la semilla; si es semejante al crecimiento o a la siega. Si pensamos que el reinado de Dios es semejante a la semilla, a su principio germinativo interno, nos acompasa con las palabras de Jesús: «El reino de Dios está dentro de vosotros». Es capaz de transformar toda la persona y a través de ella toda la sociedad. Concuerda con Mateo en quien «el que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre». Si pensamos que el reinado de Dios es semejante al proceso de crecimiento, entonces pensaríamos en una dinámica, en una energía divina inmanente al mundo que lo va llevando a su plenitud. Aquí la palabra «espontáneamente» (automaté) y la enumeración de los estadios de crecimiento nos llevaría a pensar en el evolucionismo como mecanismo común a la naturaleza y también al hombre . Toda la creación se encamina a la siega. La acción de Jesús estaría inscrita en todo, como dice el evangelio apócrifo de Tomás: «El reino de Dios está en ti y a tu alrededor; corta un trozo de madera y ahí estaré, levanta una piedra y me encontraras». Cristo como omega de toda la creación. Si pensamos que el reinado de Dios es semejante a la siega, y el resto del relato se subordina a la siega, tenemos la interpretación escatológica (futura) que era corriente en la literatura de la época. El sentimiento era que el reino de Dios (incluido Jesús en esta escuela) vendría muy pronto, en virtud de una intervención divina catastrófica. La siembra habría sido inaugurada por Juan Bautista y proseguida por la predicación de Jesús. El segador seria el mismo Jesús cuando, muy pronto, se revele en gloria. Esta atractiva interpretación, ante el retardo de la segunda venida, de la parusía, del fin, queda revisada en el mismo Nuevo Testamento. El fin no pertenece a la temática de la revelación, pues ni Jesús mismo lo sabe, es competencia del Padre que está en los cielos. Cualquier lectura de la parábola nos alimenta el optimismo frente al reinado de Dios. Un reinado que no se construye sin la libe colaboración de los creyentes, de la que nadie está excluido a priori. Desde Agustín de Hipona, pasando por Calvino y su doble predestinación, el reinado de Dios se ha entendido como un club privado de salvados; pero el evangelio no dice otra cosa.