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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Enero 30 de 2016
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Para un pueblo de montaña, como eran los judíos —el pueblo marinero eran los fenicios en esa zona— el agua era un lugar de cuidado. Por eso llamaban mar al lago de Galilea que era de unos 22 kilómetros de largo por 10 de ancho y profundidad máxima de 50 metros. Ese mar era imagen de lo impredecible como leemos, hablando de la oración: «El que duda es semejante al oleaje del mar, agitado por el viento y llevado de una parte a otra» (St 1:6) o en las figuras apocalípitcas: «Después de esto vi a cuatro ángeles de pie sobre los cuatro ángulos de la tierra, que retenían los cuatro vientos de la tierra para que no soplara viento alguno sobre la tierra, ni sobre el mar, ni sobre ningún árbol» (Ap 7:1). Del mar rojo es salvado el pueblo en el Exodo. En la parábola sobre las dos casas construidas sobre arena y sobre roca el agua torrencial es la amenaza. Los puercos (impuros) del relato en Gerasa son precipitados al mar como si éste fuera habitación propia de demonios. Precisamente en la narración de hoy la barca arribará al territorio de los gerasenos. Jonás es arrojado al mar para calmar la tempestad. En los salmos se canta a Yahvéh como el que acalla el estruendo de los mares. En la tradición del relato de la tempestad apaciguada se puede ver lo cerca que están sorpresa y temor. Mateo habla de admiración, Marcos de miedo atroz y Lucas une ambos conceptos. En contraposición, ya en el Antiguo Testamento aparece Yahvéh que habla en la calma y no en la tempestad en el incidente de Elías en el monte Horeb. La revelación de Yahvéh no se da en la tempestad, el terremoto o el fuego sino en el susurro de la palabra. En las quejas del libro de Job leemos: «Te has vuelto cruel para conmigo, con mano desplegada en mí te cebas. Me levantas a merced del viento, me desbaratas con la tempestad». Para la mentalidad de la época tantos fenómenos meteorológicos inexplicables era necesario tratarlos como a los endemoniados, pues el cosmos era considerado como sacudido por el mal. Pero igualmente encontramos en los evangelios que el mar es el lugar del llamado de los discípulos, de la pesca abundante y del caminar de Pedro. Lo agreste, riesgoso, peligroso, demoníaco del mar puede controlarse con la fe en Jesús. En el libro de la Sabiduría, escrito para animar a la fidelidad a los judíos de Alejandría, con un claro esquema antitético entre judíos y no creyentes en Yahvéh, podemos leer que Yahvéh da lluvias y tempestades para los impíos, pero maná para los justos. Hay una confrontación de Yahvéh y el hombre a través del cosmos. En el Te Deum de David (salmo 18) Yahvéh es representado como el misterioso caballero envuelto en el manto negro de las nubes que, cabalgando sobre un querubín y desatando una tempestad, se inclina sobre las aguas del océano para recoger a su fiel «haciéndolo salir de las aguas caudalosas porque lo ama». La experiencia narrada para los discípulos posee un significado duradero y profundo para la comunidad. Entre un Jesús que duerme y un Jesús que muere, que apuntan a un Jesús ausente, la comunidad necesita sentir que hay presencia continua por encima del estar despierto o vivo, pues lo que determina el comportamiento cristiano es su presencia en la comunidad. Esta reconoce a Jesús como soberano de la tempestad y del mar, con un poder que provoca el estremecimiento ante su persona. Como los discípulos, la comunidad está invitada a una fe sin temores, a la plena confianza en su Señor. El poder de Jesús, aquí experimentado, se reconoce en el sentido intentado por el evangelista, a la manera de las expulsiones demoníacas que dejan sana a la persona por el poder de la palabra de Jesús. La palabra griega que se emplea para “increpar” o reducir violentamente al viento, aparece también en los exorcismos. En Marcos —a diferencia de Mateo y Lucas— se diferencia la furia (demonio) de la tempestad y del mar. A cada palabra de Jesús corresponde un efecto particular: «y se calmó el viento y sobrevino una gran bonanza», dos resultados para que se serenen las olas.

Se dice que esas tempestades se levantan repentinamente en el lago de Genesaret y pasan con cierta rapidez por su ubicación geográfica y los valles que lo circundan. Pero Marcos anota que la experiencia es peculiar pues antes del incidente hay angustia de muerte y luego de hecha la calma hay otro «temor» ante quien ha realizado todo aquello con unas breves palabras de mando. También esta reacción de los discípulos se describe de modo parecido a la del pueblo después de las primeras expulsiones de demonios. Sin embargo, el mismo Jesús es presentado de una manera “humana” en el incidente. Las fuerzas divinas presentes en él no lo hacen un ser extraño; pues, como pescador habitual se cansa y duerme sobre un cabezal. Jesús se presenta por completo como un hombre después de un día de jornada. Ni siquiera se despierta con el estruendo de la tempestad y de las olas embravecidas y es a los discípulos a quienes les toca despertarlo y acudir a él incluso con cierto reproche: «¿No te importa que nos hundamos?». El motivo de la salvación de un peligro marítimo es antiguo —historia de Jonás y diversas narraciones tanto judías como paganas—; pero siempre el que salva es Yahvéh o es la oración de hombres piadosos la que aporta la ayuda. ¿Quién es éste? es la pregunta que tienen que resolver los discípulos y la comunidad creyente enfrentados a un Jesús que sienten como dormido, despreocupado y luego de la cruz quizás también como muerto. Todo el relato es tanto como una instrucción para los discípulos que les tocará seguir navegando con una presencia que a veces no entienden. En Mateo la última palabra de asombro la pronuncian los hombres como danto a entender que los discípulos ya conocían suficientemente a Jesús y no se asombran; en Marcos, que es un evangelio crítico de los discípulos, son éstos los que se asombran. El peligro de muerte les hizo olvidar a quién tenían en medio de ellos; las fuerzas a las que se veían entregados sobrepujan su fe. Así lo expresa abiertamente la palabra de reproche de Jesús: son miedosos y cobardes. Mateo en el relato paralelo habla de «hombres de poca fe». Una fe que no era tanto reflexiva a la luz de las Escrituras sobre el ser de Jesús sino la capacidad para mirar nuevas situaciones como oportunidades y no como amenazas. Oportunidades para una confianza creyente en los momentos de pánico natural. Para la comunidad el relato pasa a ser una exhortación apremiante a mantener una fe inquebrantable en medio de su existencia en el mundo. A menudo y muy claramente en los Padres de la Iglesia, será comparada la comunidad con una barca que navega en medio de tormentas. Ya sabe de persecuciones y tribulaciones desde la existencia misma al lado de Jesús en las tareas más cotidianas: navegar en Galilea.

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1 El Dios fenicio más temible era el de la tempestad y el fuego y Yahvéh establece un contraste con él.

2 (epitimao) honras fúnebres; poner pena; castigar; hacer reproches, censurar; intimidar, requerir, exigir severamente