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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Febrero 08 de 2016
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Tocar como acto religioso
Marcos 6:53-56, febrero 8 de 2016

La expresión más solemne de tocar como acto religioso, en el Antiguo Testamento, es la unción con aceite; con el efecto de consagrar. Al el aceite de oliva, usado ya antes de Moisés con fines medicinales y curativos, se añada en el Exodo especias costosas como mirra, canela, casia y caña aromática. Quien era ungido se “contagiaba” de santidad (Ex 30:29). Su contacto era lo que producía rango sacerdotal, de manera que el Sumo Sacerdote era llamado “el ungido”. Igual unción se aplicará los reyes. Simultáneamente, el uso de tal aceite con objetivo profano era considerado mortal. En el libro de Samuel leemos que los filisteos (quienes habían robado el Arca de la Alianza) con solo tocarla o mirarla recibían la muerte. Hay similar literatura en los pueblos vecinos del Oriente. Aun cuando el Arca fue colocada en el Santo de los Santos (dabir en hebreo) tocada por un judío se presumía que le acarrearía la muerte. Igualmente en el Exodo, cuando se establecen los templos como sitios de refugio para evitar el homicidio, se extiende la creencia de que con solo tocar el altar se conseguía la gracia de la inmunidad. En el ofrecimiento de las primicias, ya asentados en la tierra prometida, pasaban a ser propiedad del sacerdote solamente cuando éste las tocaba. También el relato de la lucha ente Jacob y el ángel, es vencido solamente cuando el ángel le toca el muslo. En la Edad Media, tocar el hombro de un guerrero con la espada, era hacerlo efectivamente caballero, cambiar su naturaleza de esclavo arrodillado a andante miembro de la caballería. En los ataques de Celso al cristianismo primitivo criticaba a los creyentes de querer ver a Dios con los ojos del cuerpo, de oír su voz con los oídos y de tocarlos con las manos, mientras que solamente se le podía ver con la mente. Esta anotación (muy platónica por cierto), es refutada por los cristianos con el argumento de que con la encarnación Dios se hizo visible, audible y palpable para el ser humano. Sin embargo, a su favor estaban otras formas de acceso a la divinidad como la plegaria, las visiones, los sueños, las revelaciones, los oráculos que permitían contacto con la divinidad. Desde el punto de vista fisiológico el tacto, el contacto, el tocar, es el sentido más extenso en la clasificación clásica de vista, oído, olfato, gusto y tacto, pues se extiende por toda la piel sin concentrarse en un órgano definido. En el saludo en diferentes culturas el contacto se da en diferentes partes del cuerpo. Desde las culturas chamánicas hasta las formas modernas de culto se puede encontrar la función del contacto, el tacto, el tocar como expresión de relación (religión). En los ritos órficos griegos, se tocaba una serpiente para entrar en el riesgoso mundo de la sexualidad. En el antiguo ritual eucarístico, en el momento de la elevación, el acólito tocaba el borde inferior de la casulla para que fluyera el poder de la consagración. Recordaba el relato de la hemorroísa que tocó la fimbria de la túnica de Jesús. En el Antiguo Testamento, Yahvéh toca al hombre, bien para transformarlo interiormente (1 Sm 10:26), bien para castigarle con la enfermedad (2 Re 15:5) o la miseria (Jb 19:21). En el Nuevo Testamento lo que toca Jesús es la miseria humana, sin preocuparse de las leyes de pureza ritual. Luego de resucitado, no deja que la Magdalena lo toque (o retenga según otra versión) y Tomás tampoco termina metiendo sus dedos en las heridas. En acertada frase de Blas Pascal: «Tras su resurrección, Jesús, me parece a mí, solo permite que se toquen sus heridas» heridas que son las de la humanidad. En el evangelio de Marcos, dos de las tres curaciones anónimas y masivas, que son las menos representativas de su relato, se realizan mediante el contacto, porque sospechan que «de él salía una fuerza que los curaba a todos» (Lc 6:19). Esa fuerza (dynamis en griego) es muy similar a la chamánica y otras más, a las fuerzas re-energizantes del contacto con lo primordial incluso reforzada por la frase en el relato de la hemorroisa: «Alguno me ha tocado, porque yo he conocido que una fuerza (dynamis) ha salido de mí» (Lc 8:46). Pero vale la anotación de que la mujer lo ha tocado con una fe real, viva: «tu fe», dice Jesús (y no “el hecho de tocarme”) «te ha curado» (Mc 5:34) y esto luego de un diálogo personal con Jesús. El que no cree sólo lo toca exteriormente y no experimenta nada, como la muchedumbre que lo aprieta en el mismo relato. También las mujeres, siguiendo una costumbre de la época, con los doctores de la ley, llevan los niños para que Jesús los bendijera, rezara por ellos y «para que los tocara». El texto excluye la concepción “mágica” del contacto que aparece a menudo en las creencias populares, aunque conserve su carácter de experiencia sensible capaz de desatar otras experiencias menos epidérmicas. En el relato de la resurrección y aparición a Tomás, los discípulos pueden “ver” las manos y los pies para cerciorarse de que el resucitado es el mismo crucificado pero no pueden “tocarlo”. En casa de Simón (el leproso) el escándalo de Jesús es que se deje “tocar” , lavar y ungir los pies por una mujer pecadora a juicio del fariseo. Dadas las leyes judías sobre impureza, el “tocar” de Jesús ya era de por sí un gesto novedoso, independiente de que se añada o no el sentido de sanación. El texto de hoy es un compendio de la actividad de Jesús en la ribera oriental. En sí mismo no contiene nada nuevo que no haya aparecido en otros textos (perícopas) anteriores. Después de las manifestaciones más significativas de Jesús como la repartición de panes y el paso sobre las aguas, vuelve Marcos a la imagen habitual y muestra que la actitud del pueblo sigue invariable: la gente busca a Jesús como taumaturgo —el que obra signos admirables— sin que germine en su corazón un sentido más profundo. En cierta forma, incluso en contrario de lo que busca Jesús que es mostrar su seguimiento como el seguimiento del camino de la cruz. Pese a los acercamientos y contactos, se descubre el distanciamiento interno entre Jesús y el pueblo; en menor medida entre Jesús y sus discípulos que tardarán en entender el accionar de su Maestro. No es que Jesús se retire del pueblo o se dé por vencido, como no se ha retirado de las gentes que le siguieron hasta la soledad. Allí les enseñó y aquí vuelve a curarlos. Genesaret indica una localidad de la llanura de Genesar, en la ribera occidental, una fértil franja de terreno, de unos cinco kilómetros de larga, entonces densamente poblada. Era la patria de María Magdalena quien acompaña a Jesús con una perspectiva diferente a la de los discípulos: «de la cual habían salido siete demonios» (Lc 8:2); es la región de la más intensa actividad y el lugar donde tendrán los desalentados discípulos la experiencia Pascual que dará origen a la fe cristiana. Entonces habrían “tocado” al Resucitado, pues el haber “tocado” a Jesús no los había cambiado.