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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Febrero 10 de 2016
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

Jesús representa para los creyentes la plenitud de la salvación, es decir, que ya tenemos a la mano todo lo indispensable para hacer de nosotros lo que Dios quiere que seamos. En el Antiguo Testamento hay un proyecto de Yahvéh para su pueblo escogido que nunca se realiza plenamente. El Mesías, como quien llevaría a su plenitud la salvación, sigue siendo esperado por el judaísmo pues aún no ha llegado. Para los cristianos empieza en la vida pública de Jesús (los relatos del nacimiento y vida oculta responden a otras inquietudes de los creyentes) y culmina con su resurrección . Hoy, con la ceniza se enfatiza el llamado a la conversión con las palabras “conviértete y cree en el evangelio” que podría traducirse en el lenguaje de Pablo: “conviértete y cree en la resurrección”. En la alocución de Francisco a los presos de Curra-Fromhold (Filadelfia) decía: «Jesús vino a salvarnos de la mentira que dice que ninguno puede cambiar». El cristianismo es el optimismo de Dios sobre el ser humano a pesar de sus errores, pasiones y maldades. En el pasado, se sobreenfatizó la penitencia como el objetivo de la predicación de Jesús, pero ésta no es sino uno de los medios para la conversión que es el objetivo real. En el Antiguo Testamento hay varios intentos de Yahvéh por cambiar a la humanidad mediante el castigo. El diluvio universal no consiguió creer una nueva raza humana, como tampoco los jueces condenando a muerte por delitos graves (pecado mortal se decía porque se castigaba con la muerte), ni los profetas profiriendo amenazas, ni los reyes con el poder militar y jurídico lo consiguieron. La apuesta de Jesús es construir una nueva humanidad contando con la libertad humana y el poder del amor. Por supuesto que en Antiguo Testamento también se buscaba la conversión de la gente y para ello se acudía a varios signos externos. Revistiendo la cabeza un significado especial, se rapaba con ocasión del duelo, el consagrado no se cortaba el pelo, se cubría en señal de penitencia o se le desparramaba ceniza. Todos los días un sacerdote levita quitaba de sobre el altar las cenizas grasosas de la quema de los sacrificios de animales y las llevaba “a un lugar limpio fuera del campamento”. Según el libro de los Números, se degollaba una vaca roja sana y sin defecto sobre la que no había venido ningún yugo y se la quemaba fuera del campamento. Las cenizas de esta “ofrenda por el pecado” se depositaban en un lugar limpio en el exterior del campamento, de modo que se conservaba una parte para mezclarla con agua y rociar a las personas o cosas inmundas que había que purificar. El apóstol Pablo habló de la limpieza figurativa de la carne por medio de ‘la ceniza de novilla’ para resaltar la limpieza, mucho más importante, de la “conciencia. Solamente la pasión (sangre) de Cristo limpiaba la conciencia. Era costumbre en tiempos bíblicos quemar las ciudades conquistadas, de modo que ‘reducir un lugar a cenizas’ hacía referencia a su destrucción completa, como se muestra en los casos de Tiro, Sodoma y Gomorra. En tiempos bíblicos era costumbre sentarse sobre ceniza o arrojársela encima como símbolo de duelo, humillación y arrepentimiento. Job, afligido, se sentó «en medio de ceniza» (Jb 2:8). Se asociaba igualmente con el vestido ralo. El saco y las cenizas se asociaban con ayuno, llanto o pesar. Un ejemplo es el caso de Nínive en el tiempo de Jonás, cuando incluso su rey «se cubrió de saco y se sentó en las cenizas». Jesús utiliza similar figura (Mt 11:21) para invitar a la conversión. Miremos brevemente el derrotero que ha seguido esta celebración que nos renueva en el empeño de la conversión. Marca el primer día de cuaresma o sea 6½ semanas antes de Pascua, con cuya fecha varía. Su duración variaba en la primitiva iglesia pero en el siglo VII se añadieron 4 días antes del primer domingo de cuaresma para completar los 40 de ayuno que dicen los evangelios hizo Jesús luego del bautismo (Juan no los menciona). En Roma, los penitentes empezaban su periodo de penitencia pública (pensada para los catecúmenos) el primer día de cuaresma. Los catecúmenos eran los adultos que iban a bautizarse en Pascua. También para los penitentes. En la mañana del jueves santo se celebraba el rito de la reconciliación de los penitentes que ya habían cumplido todo su camino penitencial siguiendo una rígida disciplina para los pecados graves, que les habían excluido de la participación en la eucaristía. El miércoles de ceniza, el obispo les había impuesto el cilicio; después permanecían excluidos hasta el jueves santo, día en que eran absueltos para que participasen en la eucaristía de la noche de pascua. Hoy no existe ya esa antigua y rígida disciplina penitencial. Arrepentimiento y penitencia eran los sentimientos que, particularmente en la Edad Media, iban vinculados a las diversas prácticas ascéticas penitenciales (dormir sobre ceniza, echarse ceniza en la cabeza, etc.). Cubrirse de ceniza se convierte en una confesión pública de la miseria espiritual a que el pecado ha reducido al hombre, a fin de obtener el perdón. Se les rociaba con ceniza, se vestían de saco y se les obligaba a permanecer alejados hasta el jueves antes de Pascua. Cuando cayó en desuso esta práctica (entre los siglos VIII-X) se simbolizaba poniendo ceniza en la cabeza de toda la congregación. En la iglesia Ortodoxa la cuaresma empieza el lunes y por tanto no se observa el miércoles de ceniza.

En hebreo la palabra para cenizas se confunde con la palabra polvo por lo que en el antiguo ritual cabría decir: “recuerda que eres cenizas y en cenizas te convertirás. La asociación más directa de las cenizas es con la muerte, como en el sacrificio de la vaca roja en los Números o la cremación de los difuntos en diferentes culturas.

Hoy, se busca dar más realce a la Pascua, como celebración principal de la fe cristiana y al triduo pascual que destaca el servicio (lavatorio de los pies), la eucaristía (de la cual nace y se nutre la iglesia), la muerte de Jesús como expresión máxima de su amor y la resurrección como misterio que debe abarcar toda la vida cristiana. El Vaticano II hace la conversión propia y de los demás el fin de la misión de la Iglesia. Así dice en el decreto Ad Gentes # 13: «Dondequiera que Dios abre la puerta de la palabra para anunciar el misterio de Cristo a todos los hombres, confiada y constantemente hay que anunciar al Dios vivo y a Jesucristo enviado por El para salvar a todos, a fin de que los no cristianos abriéndoles el corazón el Espíritu Santo, creyendo se conviertan libremente al Señor y se unan a El con sinceridad, quien por ser "camino, verdad y vida" satisface todas sus exigencias espirituales, más aún, las colma hasta el infinito».