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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Febrero 11 de 2016
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

De forma sucinta podemos decir que la opinión judía de que hombres que han vivido con Dios (especialmente los patriarcas), permanecen vivos después de la muerte, la comparte también Jesús y la funda en que donde está Dios, allí debe haber vida. Quien vive con Dios, puede sin duda morir (hecho biológico que se constata en la naturaleza) pero no puede cesar de vivir. El evangelio, en este sentido, nos muestra la vida terrena que da sentido a una vida eterna. De hecho toda la Biblia se interesa por la vida más que por la muerte, y ésta solamente es un llamado a la reflexión sobre el sentido de la vida. La muerte es la negación de relaciones. La Biblia no se interesa tanto por el “dónde” y el “por qué” de la muerte como por el modo de arrostrarla y por el sentido del morir. De ahí que el pecado por antonomasia sea el de Caín que mata a Abel (niega la relación fraternal), pues le corta la posibilidad de vivir significativamente . Pablo habla de una muerte singular al referirse a Cristo quien murió «dando muerte en sí mismo a la enemistad» (Ef 2:16), es decir, trayendo la reconciliación. En el judaísmo la muerte como tal no es objeto de temor y es bendición de Yahvéh la muerte en ancianidad y rodeado de la descendencia. No así la muerte prematura o violenta en la cual aparece la idea difundida de castigo de Yahvéh por culpa del hombre o por la maldad humana. Carecen de fundamento bíblico las reflexiones sobre la inmortalidad prelapsaria (antes de la caída) de Adán quien es castigado con el destierro del Edén. La relación de Yahvéh es con el pueblo y no primariamente con el individuo, quien recibe vida solamente como miembro de un pueblo. Luego del destierro a Babilonia, se individualizan las relaciones con Yahvéh y la muerte es considerada como un castigo por los pecados. En el Nuevo Testamento se sigue este punto de vista de manera que la posibilidad de relativizar la muerte por la vida duradera de un pueblo solidario aparece lejana aunque capaz de dar sentido a la vida (comunidad creyente). La frase más conflictiva puede ser la de Pablo cuando dice: «El pecado paga con muerte» (Rm 6:23). Pero Pablo no reflexiona acerca de la muerte biológica, sino como un fenómeno teológico, de tal manera que la universalidad de la muerte es la metáfora de la universalidad de la necesidad de salvación por parte del hombre; es decir, que todos podemos estar muertos en vida, como zombis que cumplimos funciones biológicas. Hay dos muertes para Pablo, para su antropología o concepción del hombre. El hombre no es sólo espíritu (= alma) más cuerpo, sino que también es Espíritu de Dios. No existe el hombre “natural”, pues es sobrenatural desde el principio. Puede tener una muerte cuando se muere lo divino y le queda solamente lo cósmico (espacio y tiempo), y una segunda muerte de esto último. O al contrario se puede morir lo cósmico y quedar lo divino . La muerte de lo divino es el pecado, que es la que contempla Pablo, es el reducir lo divino a la impotencia, a la total anulación. Jesús muere nuestra misma muerte como confesamos con el «fue sepultado» pero es una muerte a favor nuestro, por lo que su muerte no es en vano ya que lleva a la resurrección. Mirando la resurrección como el milagro por excelencia narrado en el Nuevo Testamento, entendemos que los milagros narrados en los sinópticos muestran el destronamiento de la muerte como ya operado; por ello al discípulo de Jesús se le puede decir: «Sígueme y deja que los muertos entierren a sus muertos» (Mt 8:22), porque la preocupación de la muerte bilógica ya ha desaparecido. Vivir con el Espíritu de Dios (el Resucitado) ya es vivir verdaderamente.

Lo que importa de verdad es lo que sucede en la vida. Una vida que a menudo se ve amenazada. Los símbolos asociados con la muerte así lo atestiguan: tinieblas, agua profunda, abismo, noche, silencio, sheol, gehena con una expresión simultáneamente de optimismo grupal. Morir es «reunirse con sus padres» (Gn 49:29). El deseo de vivir es siempre para el hombre bíblico el deseo de estar-con-Dios: la muerte destruye esta relación viva con Dios, que ya no es posible en el mundo de los muertos. Pero es suavizada cuando se muere dentro de una comunidad que lo honra y recuerda, es como seguir viviendo en la memoria de los vivos.

En los evangelios hay dos episodios del hombre ante la amenaza de la muerte que son la tempestad en el lago y el caminar de Pedro sobre las aguas. En ambos momentos está la recriminación de Jesús «¿Por qué tan miedosos? ¿Por qué no tienen fe?». Solo podemos escapar de ella mediante la fe que nos libera de la angustia existencial. También vemos en los evangelios a otros que enfrentan la muerte por pérdida de sus parientes: Jairo y su hija; la viuda de Naín; las hermanas de Lázaro. Jesús se solidariza con las personas que ven rotos sus vínculos familiares y se propone a sí mismo como superación de lo insoportable: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá» (Jn 11:25). Jesús vino a liberar al hombre de la angustia y la desesperación de tener que morir, no a exonerarlo de la muerte. En el evangelio de Lucas se trasluce esta enseñanza. Jesús no pronuncia las palabras de abandono en la cruz que registra Marcos sino «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» y «el oficial, al ver lo que había ocurrido, daba gloria a Dios diciendo: “Verdaderamente, este hombre era justo”» (Lc 23:47). Cristo murió para nosotros, por nuestros pecados, no en lugar nuestro. Murió por todos, realmente solidario de aquellos que durante su vida están sometidos al temor de la muerte. El "morir por" es el gesto supremo de amor: «Dios mostró su amor para con nosotros en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rm 5:8). Cristo transformó la muerte, viviéndola como acto de amor. Él "vivió" su muerte no como un rito cultual, sino como sacrificio personal existencial. Ese es el que recordamos y repetimos en la Eucaristía. Es el cumplimiento supremo de una vida de fidelidad en el amor a Dios y a los hombres. Jesús le dio al morir un sentido nuevo, y transformó incluso la muerte de sus discípulos que mueren como él y con él. La propuesta de Jesús es que nos demos nosotros mismos por la vida del mundo. Los evangelios, centrando su atención en la muerte de Jesús, quieren también decirnos cuál es el modo de morir del cristiano que sigue a Jesús. Para nosotros es válida la expresión en la que resume su vida: «Porque quien quisiere salvar su vida, la perderá; pero quien quisiere perder su vida por amor de mí, la salvará», y esto depende de que seamos capaces de tomar nuestra cruz y seguirlo en la muerte, pero igualmente en la resurrección.

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1 Aunque en teologías como la Tomás de Aquino, e incluso en el catecismo de Juan Pablo II, la pena de muerte es justificada, no lo es así para la mayoría de los moralista contemporáneos ni para Francisco (discurso ante el Congreso de USA, 2015).
2 El “olvido de la resurrección” llevó a interpretaciones de la muerte de Jesús con esquemas sacrificiales del Antiguo Testamento y de otras literaturas: reconciliación, muerte vicaria, rescate, compra, propiciación, descenso al Hades, todos conceptos jurídico-cultuales, sin mayor implicación en la vida presente del creyente que es lo que realmente interesa en los evangelios.