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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Febrero 14 de 2016
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

El relato de las tentaciones de Jesús nos permite acercarnos a un Dios que es verdaderamente hombre y que asume toda nuestra naturaleza menos en el pecado, en palabras de Pablo. Narradas por los tres sinópticos luego del bautismo, nos muestran la realidad de la naturaleza humana y el recorrido de sus descarríos. Para algunos autores los relatos de tentaciones de Mateo y Lucas (Marcos no habla del contenido de las tentaciones ni del ayuno en el desierto) tienen el estilo del midrash haggádico y como referente las tentaciones del pueblo judío en el desierto. Según el Deuteronomio, Israel que era hijo de Dios, fue conducido por él al desierto para tentarlo durante cuarenta años. Igual quien acaba de ser proclamado Hijo en el Bautismo, es conducido por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo durante cuarenta días. El paralelismo es perfecto. A la estancia del pueblo en el desierto nos remite también una serie de temas como el pan, la montaña, los ángeles, etc. No solamente porque para el judío no existe propiamente el individuo pues no es nada si no es parte de una comunidad, sino porque las tentaciones son tanto individuales como colectivas. Por esto se habla de pecado personal y de pecado social o estructural en la moral contemporánea. Las tentaciones de Jesús pueden ser meditadas entonces como tentaciones de la comunidad o tentaciones de la iglesia. Ya en el relato del Génesis aparece la tentación como mecanismo por el que entra el mal, pues Adán se excusa en que es tentado por Eva, ésta se excusa en que es tentada por la serpiente y ésta no tiene en quien excusarse. En los relatos de las tentaciones el interlocutor es el diablo pues según la creencia judía habitaba en el desierto. Sin embargo, el diálogo de Jesús puede entenderse consigo mismo y su conciencia o con la imagen de Dios que la había transmitido el judaísmo, en contraste con la imagen de Dios Padre (Abba) que reflejará en su vida pública. Las dos primeras tentaciones —panes y reinos— recogen el tema de la filiación divina que se proclama en el bautismo: «Tú eres mi hijo; hoy te he engendrado» (Lc 3:22). Un carácter de hijo que entendido en el ambiente de la época le daría todos los derechos del padre; pero Jesús los va a entender de una manera muy diferente con el sentido de siervo en vez de hijo. De ahí que la primera tentación parte de adular a Jesús con la expresión: «Si eres hijo de Dios» puedes convertir las piedras en panes. Si Jesús es de veras el amado de Dios, podrá servirse de él para resolver el problema humano del hambre. El tentador acepta la realidad de la filiación de Jesús, pero intenta sacar de ella unas consecuencias que Jesús no sacará. La respuesta de Jesús equivale a decir: la filiación divina no elimina nada de la condición humana; no lo hace un superhombre como pretende serlo un mago o un adivino. Si hay que convertir los desiertos en pan, no será a base de rogativas, sino del esfuerzo mancomunado en bien de la humanidad. Cuando en otro momento los sacerdotes pongan a Jesús en parecida tentación, afirmando «si es Hijo de Dios que baje de la cruz» (Mt 27:40), Jesús no bajará de la cruz; y no a pesar de ser Hijo de Dios, sino precisamente por serlo. Es una vuelta al revés de todo lo que el hombre religioso espera de Dios, tanto en el judaísmo como muchas veces en el mismo cristianismo. Jesús no usa a Dios, ni a su especial relación con él, como un privilegio personal para aligerar o eludir la condición humana, sino que más bien verifica su relación con Dios en el apurar y soportar hasta el fondo esa misma condición humana. El ayuno de cuarenta días, que puede reflejar el hambre y sed de Israel durante cuarenta años en el desierto, resalta la importancia de los panes. La respuesta de Jesús es bien significativa pues el ser humano no se agota en la satisfacción de sus necesidades biológicas. De hecho en su vida pública critica fuertemente al que acumula y no comparte o el que hace sufrir hambre al débil; en cambio, se narrará seis veces la repartición de panes, sin excluir en ella a los gentiles. El pueblo de Israel sucumbió a menudo a las tentaciones en el desierto pero Jesús no sucumbirá. En la segunda tentación sobre los reinos de la tierra se refiere a un mesianismo de Jesús basado en el poder. Tal era el sueño judío de un mesías conquistador de todos los reinos a favor de Israel. Jesús vivió seriamente la sugestión de dar a su mesianismo una configuración distinta de la que tuvo pero tampoco sucumbe a ella. Aún en el juicio delante de Pilatos es interrogado: «¿Eres tú el rey de los judíos?» (Lc 23:3) y ante Herodes aclara «Mi reino no es de este mundo» (Jn 18:36). La aclaración de Jesús, «adorarás al Señor tu Dios y a él solo darás culto» ya insinúa que su manera de entender a Dios no coincide con la manera como lo entendían los judíos. No era un Dios de poder sino de servicio, como pide que sean sus seguidores. La triple tentación nos muestra a la vez el proceso de destrucción de una imagen de Dios y nos revela la verdadera relación Dios-hombre. Podemos calificarlas como tentación de la religión, tentación del poder y tentación del prestigio o de la prueba. La tercera tentación en el alero del Templo, alude a la esperanza mesiánica de que el Mesías aparecería en ese lugar. La aparición de los ángeles para protegerlo sería una prueba decisiva de hasta qué punto Dios estaba con él. Así se eliminaba toda oscuridad en su misión, que dejaría sin piso la expresión en la cruz « «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has desamparado?» (Mc 15:34). Jesús saldrá exitoso en su misión corriendo el riesgo que supone la fe, pues el pueblo apoyaría a un Mesías bajado del alero del Templo. Parece una tentación más desinteresada por ser a favor del pueblo, de la misión de Jesús, pero un mesianismo de espectacularidad es contrario al que manifiesta Jesús especialmente en Marcos. Huye de las multitudes que lo buscan por taumaturgo, hace sus curaciones por compasión y a costa de su prestigio (tocando impuros que lo hacen igualmente impuro), pide que no hablen de la curación a nadie (secreto mesiánico) y es incomprendido por sus mismos discípulos. En la concepción judía o griega este habría sido el camino a seguir, como los dioses poderosos y caprichosos del Olimpo o como el Yahvéh Sabaot de los ejércitos que vencía a los enemigos de Israel. Pero Jesús no elige ese camino. Por el contrario, este hubiera sido para Jesús “tentar a Dios”. Lo que entenderá la comunidad en la experiencia de Pascua es que Jesús llevó a cabo su misión con la fe y el riesgo propio de todas las misiones entre los hombres; sometido a la crítica, el rechazo, la burla, la oposición e incluso la traición. De esta forma, la fe de Jesús en la voluntad del Padre (Abba) y en su lenguaje de misericordia termina marcando la manera como debe obrar igualmente nuestra fe. Las tentaciones de Jesús son las mismas tentaciones nuestras en nuestras imágenes de Dios, ideas del poder y del prestigio; siempre al acecho.

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1 Forma de describir un hecho del presente con el esquema de un hecho del pasado, añadiendo lo relevante o nuevo para el presente.
2 El pecado ecológico, por ejemplo, es claramente social o estructural por lo que el individuo no se siente aludido ni culpable. En la mentalidad judía era impensable el “yo soy” separado del “nosotros somos”.