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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Febrero 17 de 2016
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

En los debates teológicos que terminaron en definiciones dogmáticas de los concilios, se formulaban diferentes relaciones entre el Padre, el Hijo y el Espíritu. Todas las definiciones conciliares pueden condensarse en que son iguales pero diferentes. La igualdad se dice mejor en lenguaje religioso como comunión y diferencia como sinergia (acción conjunta) para la salvación. Algunas advocaciones trinitarias logran en mayor o menor grado expresarlo: “Al Padre por el Hijo en el Espíritu”, “en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu”, Hablar del Padre es hablar del Hijo y del Espíritu. Donde esté el Padre, está el Hijo y el Espíritu. Sin embargo, dado el funcionamiento del conocimiento y el actuar humano, a menudo nos adentramos en una “persona” divina separándola como si fuera individuo . Así terminamos caracterizando la fe como teocéntrica, cristocéntrica o pneumatocéntrica, siendo cualquiera de ella incompleta. En el evangelio de hoy se pide a Jesús un signo o señal y la respuesta de Jesús, además de calificarla de perversa generación, es que el signo ya está dado en Jonás. Una interpretación corriente es que el signo son los tres días y apunta a la resurrección. Pero los signos en el campo religioso suelen ser más complejos que lo pueden aparecer a primera vista, como cuando decimos que el humo es signo de fuego. De hecho podemos definir a Jesús como signo del Padre (lo que entraña que lo sea también del Espíritu) en una frase tan densa como confusa. Es un signo que no se limita a indicarnos al Padre como Abba misericordioso, sino también a que el Espíritu nos mueva a misericordia y a mostrarse él mismo como parábola de la misericordia. Jonás es toda una leyenda con varias enseñanzas. Es descrito como una típica persona terca, egoísta, de corazón estrecho; con una actitud negativa frente a las posibilidades de salvación de los ninivitas; el profeta Jonás es representante típico del odioso y ridículo particularismo de muchos hebreos. Para mostrarlo entrelaza en la narración el motivo mitológico del pez (que se traga al profeta, pero lo vomita luego en la playa debida) y la irritación ante la demostración de la bondad de Dios. Así como Amos insiste en la igualdad de los pueblos ante la justicia de Dios, Jonás debe proclamar la igualdad de los pueblos ante el amor de Dios . La conclusión del libro, que en términos populares sería: “a quien no quiere caldo se le dan dos tazas” pues Jonás tiene que predicar a despecho la conversión de Nínive, tiene en el libro un final formulado en la teología de la misericordia. La parábola del ricino, del gusano y del viento, destinada a ilustrar la pregunta teológica fundamental con que se cierra el libro: «Tú te enfadas por un ricino que no te ha costado fatiga alguna, que no has hecho tú crecer, que en una noche ha nacido y en una noche ha muerto, ¿y no voy a tener yo compasión de Nínive, en la que hay más de ciento veinte mil personas...?» (Jonás 4:11). El signo cronológico de los tres días, categoría teológica que se encuentra 27 veces en el Antiguo Testamento, significa un tiempo salvífico (Oseas 6:1) y puede releerse como que el signo definitivo que da Jesús en su vida pública es la resurrección, base de la fe cristiana. En Mateo se alude directamente a tres días y tres noches. Esta divergencia de enfoque de los evangelistas sobre el “signo” de Jonás puede responder a tradiciones distintas o a interpretaciones distintas de los evangelistas; quizás primitivamente se aludía sólo al “signo” que puede ser tan ambiguo en la época como ahora. El signo de Jonás puede ser el del llamado universal a la conversión al alcance de todos, como manda Jesús predicar a los discípulos: «Conviértanse porque el reino de Dios está cerca» (Mt 4:17). El signo pues era Jonás mismo, con las dificultades propias que puede tener este personaje. Lo que a continuación se nombre tiene un carácter similar. La reina del Mediodía, o de Sabá, o Makeda representa al pueblo judío que quedó en Egipto y migró a Etiopia en vez de la Tierra Prometida; Salomón representa la sabiduría para la tradición judía. Pero Jesús alega una novedad que no está ni en Salomón ni en Jonás. Esa novedad es la que no logran captar los oyentes que piden signos especiales. Salomón incurre en varias faltas que terminan por dividir el reino de David. Las fallas del mismo David están narradas en la Biblia y aunque eran personajes simbólicos para los judíos, no agotaban todo lo que esperaban de Yahvéh. Como todo signo revelaban pero a la vez ocultaban. Para el creyente Jesús revela con claridad lo que es el Padre y deja su Espíritu para que sirva de guía a la plenitud de la revelación. Lo que revela se conoce y lo que no revela no lo oculta porque se conocerá. La verdad plena pertenece al futuro . Decir que Jesús es hijo de Dios es decir que revela la plenitud del Padre. Hoy tenemos una riqueza mayor de signos para leer que los mismos apóstoles. Tenemos las narraciones bíblicas, la asistencia del Espíritu, el libro de la naturaleza (junta con la Biblia son los dos libros de la revelación), una larga historia de dos mil años. Se espera de nosotros mayor finura en la lectura de los signos que a las generaciones pasadas. Los signos externos, como el fuego que Elías hace bajar del cielo, la zarza que ardía en el Sinaí, el paso del Mar Rojo, lograron algún efecto pasajero en el pueblo. Pero para la comprensión total del signo hay que convertirse, reformarse interiormente. Sólo el que escucha y acepta de buena gana la palabra de Jesús, está capacitado y pronto para captar las señales que hace Jesús para indicar una novedosa imagen de Dios Padre; un reino de Dios que se inaugura con el comportamiento aparentemente contradictorio de Jesús. El monoteísmo judío no lograba conciliar su imagen de Yahvéh con alguien que se pretendiera igual a él. No realiza en Nazaret las señales que se le exigen, porque sus compatriotas no creen al considerarlo un artesano más de su poblado. Pero el signo no lo es tanto por su poder intrínseco sino porque se lee diferente. El humo no significa lo mismo para un pirómano que para un bombero. En lectura alegórica tan estimada por muchos padres de la Iglesia, Ambrosio hace de la reina de Sabá la imagen de la Iglesia que va a buscar a Salomón como figura de Cristo y hace penitencia como Nínive. Hoy la exégesis no es tan aventurada. Jesús es el signo por excelencia.

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1 En la teología latina se tradujo la definición conciliar de “prosopon” por persona, que terminó siendo individuo. En la teología oriental se prefirió “hipostasis” que enfatiza la colectividad trinitaria. Aquí persona es relación.
2 Algunos autores consideran el libro de Jonás como un signo alegórico de que Israel tenía que llevar el mensaje divino a las naciones, pero que no pudo hacerlo por habérselo tragado Babilonia (el cetáceo o ballena).
3 En parte la misma liturgia nos aclara. No se celebró la resurrección de Jesús en un tercer día, sino desde el principio en sábado por la mañana. Después del Vaticano II aparece la misa vespertina (según el conteo judío) en la que se pasó la celebración de la mañana al sábado por la noche.
4 Hoy se confirma con la existencia de los judíos Fellashas de piel oscura.
5 Máximo el Confesor esquematizaba la revelación diciendo que el Antiguo Testamento era la sombra (iskia), el Nuevo Testamento la imagen (icono), y el futuro la verdad (aletheia).