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Apuntes del Evangelio

  •   Domingo Febrero 20 de 2016
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.

En los evangelios a menudo aparecen los enemigos de Jesús tipificados de diferentes maneras: fariseos, escribas, sumos sacerdotes, saduceos, judíos en general. En el Antiguo Testamento, la palabra enemigo aparece unas 450 veces para traducir el que está en confrontación bélica, pero también los enemigos personales del hombre. Por ser enemigos de Israel, fácilmente se pasa a declararlos enemigos de Yahvéh. Así lo muestran las expediciones de conquista en el libro de Josué, las guerras del tiempo de los reyes, también las figuras femeninas de Judit y Ester, y el combate enconado contra los gobernantes paganos en el tiempo de los Seléucidas en las luchas de los Macabeos. Así se hizo costumbre (no ley) complementar el mandamiento del amar al prójimo con el del odio al enemigo. En el Nuevo Testamento aparece 32 veces la palabra enemigo a menudo como enemigo personal de alguien y con la idea de liberación total solamente en la era mesiánica. Cuando en Mateo se llama a contraponer el mandamiento del amor al de odiar al enemigo, apenas puede ponerse esto en conexión con pasajes del Antiguo Testamento. En ninguna parte del Antiguo Testamento se lee que se deba odiar al enemigo como tal, pues como odio activo aparece es en la comunidad de Qumrán, en la cual sus seguidores se comprometían a «amar a todas las cosas que él (Dios) acepta y a odiar a todo lo que él ha rechazado» y además a «amar a todos los hijos de la luz y a cada uno según sus méritos en la comunidad de Dios, y a odiar a todos los hijos de las tinieblas, a cada uno según su culpa, en la venganza divina». Terminaban no amando más que a los miembros de su propia comunidad. Pablo dice que en Cristo ha llegado la amistad y se han reconciliado los judíos y los gentiles. El mensaje radical de Jesús sobre el amor a los enemigos sitúa a los discípulos en las manos de Dios en cuanto al bien y el mal. Así, se usa el odio (con un sinónimo griego miseo) en frases que nos resultan extrañas: «quien no odia a su padre o a su madre… no puede ser discípulos mío» o «bienaventurados cuando os odien». Algunas traducciones suavizan la expresión usando “amar menos”. De hecho hay muchos términos en el lenguaje religioso que se manejan fácilmente con una oposición de sentidos: luz y sombra, tierra y cielo, amor y odio, gracia y pecado, contra el que el monoteísmo trinitario nos pone en guardia. La física más avanzada nos muestra que la oposición frio-calor no existe pues ambos se reducen a movimiento molecular, es decir, que el frio no es más que ausencia de movimiento. En el lenguaje de un Dios que es amor, sombra sería escasez de luz divina, el odio escasez de amor, el pecado escasez de gracia. No existe el “cero absoluto” en asuntos de fe. En la literatura judía Babilonia se vuelve la figura del poder mundano enemigo de Dios (incluso en el Apocalipsis) pero los profetas Amós y Jonás nos dicen que también para los gentiles puede haber juicio salvador de Dios y conversión salvífica. En el relato de Balaán, el enemigo puede ser paralizado con una maldición y Yahvéh lo obliga a bendecir. A los discípulos de Cristo se le invita (romanos y corintios) a responder a las maldiciones, persecuciones, insultos y desprecios de los enemigos con la bendición. Enemigo no es pues un estado permanente de nadie sino una especia de estado inestable respecto al creyente: un amigo potencial, un objeto de amor por lo que puede llegar a ser. En el Antiguo Testamento el pueblo pudo convertirse temporalmente en enemigo de Yahvéh, en amada infiel, incluso en mujer prostituida pero Yahvéh no deja de amarla. Hay algo transhistórico, atemporal que permite salir del caos. Dietrich Bonhoeffer definía la “gracia cara” propia de la fe cristiana como la capacidad para odiar el pecado y amara al pecador, la capacidad para entrar en el caos en que el otro puede encontrarse. «Cristo nos ha rescatado de la maldición de la ley, haciéndose él mismo maldición por nosotros» (Gal 3:13) con lo que la dualidad presente en el relato del Génesis (árbol del bien y mal) ha desaparecido no quedando como verdadera opción más que el bien. Sólo es válido para los cristianos el principio de bendecir sin límites ni fronteras. En contraste (al menos parcial) con el Antiguo Testamento, en los evangelios la bondad de Dios abarca también a los ingratos, a los malos (a los pecadores rebeldes) y puesto que carece de fronteras, se sigue que para los seguidores de Jesús la exigencia del amor incondicional al enemigo es posible. En Tomás de Aquino se suaviza hasta decir que no es necesario para salvarse el amor a los enemigos aunque es un ideal de perfección y un consejo evangélico. En Pablo hay un modelo (paradigma) de quien es el enemigo final y es la muerte, que no se relaciona con el fenómeno biológico sino con la muerte del espíritu. En esta visión el enemigo no corresponde a ningún ser humano, ni al demonio, ni a los tronos, ni a las potestades sino a lo que puede aminorar o aniquilar la vitalidad del espíritu en el creyente. El esquema mental amigo-enemigo que resulta tan productivo en las relaciones de los individuos, de las sociedades y las naciones es proyectado en el evangelio al perdón de Dios en Cristo, que aunque parezca abstracto es el único que nos permite salir de mera palabrería en las ciencias sociales, un perdón para quien nos ofende y perdón también por los enemigos, con el cambio de mentalidad que implica el orar por los que nos persiguen. Más allá del perdón, que en los evangelios es comienzo y no fin, aparece la conversión como llamado desde dentro y la reconciliación como llamado externo a quien puede reconciliar. Es la obligación moral de quien está primero y debe hacerse último. En sentido evangélico no es el esclavo el que se “reconcilia” con su amo, sino el amo el que reconcilia al esclavo. El derecho absoluto tiene por consecuencia la muerte y la aniquilación, como se expresa culturalmente con las venganzas o crímenes de sangre. Pero Dios no quiere que el fin del hombre sea la muerte sino la vida. El coloca su amor que perdona, en lugar de la justicia consiguiente. En la cruz de Cristo se manifiesta claramente que el perdón no es debilidad o transigencia, sino que procede de la fuerza que vence a la muerte y la enemistad. Jesús descubre el sinsentido oculto tras la práctica transmitida por tradición. En el desquite privado se terminaba aplicando: Como tú hiciste conmigo, así haré yo contigo. Pero para la manera de pensar de los discípulos ya no debe valer el esquema mental amigo-enemigo. Como lo expresa la parábola del buen Samaritano, de todo hombre necesitado debo hacer un prójimo. Su tarea siempre es la misma: vencer el odio con el amor. Un ideal que no cabe en un planteamiento meramente humanista, que nos resulta siempre demandante hasta el final (idea de perfección en Mateo) como lo es la conversión. La imagen final nos muestra que requerimos de ampliar el horizonte visual a toda la naturaleza o la creación. Esta fue una decisión de amor, en palabras de Francisco, obispo de Roma. Procede de tal forma, dice Jesús, que prodiga su bondad sin reserva: hace salir el sol y regala la lluvia sin prestar atención a la dignidad o gratitud de los hombres, sobre todos. También en esto la naturaleza nos puede enseñar.